Belle fleur du Carmel

Santa Teresita es un fenómeno espiritual extraordinario en la historia de la Iglesia por su profunda doctrina combinada con su gran sencillez.

En el mes de octubre recordamos a una de las más grandes santas de nuestra Iglesia Católica: Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Esta pequeña flor que el Carmelo nos ha regalado tiene sus albores al noreste de Francia, en la ciudad de Alenzón. Floreció el día 2 de enero del año 1873. Sus ejemplares padres fueron Luis Martin y Celia María Guerin. Siendo la última de cinco hermanas, ha tenido también dos hermanos, aunque ambos fallecieron.

Su vida: un canto de amor a Dios

Su vida fue enteramente un canto de amor a Dios, la vida confiante de quién sabe que vive una vida justa: «Si hay un cielo, es para mí».

Desde la más tierna infancia manifestó un deseo de Dios desde lo más sencillo de su día a día.

Santa Teresita, cuando pequeña, se había divertido mucho con el calidoscopio, instrumento en cuyo ocular se ven muy bonitos dibujos de diversos colores; girándolo varían los dibujos hasta el infinito. Ella decía: «Ese juguete me admiraba; no comprendía cómo podía producirse un fenómeno tan bonito, hasta que un día, después de un serio examen, descubrí que eran unos pedacitos de papel y de lana cortados de cualquier modo y echados allí sin orden ni concierto. Proseguí mis investigaciones y descubrí entonces tres espejos en el interior del tubo, lo cual me dio la clave del enigma. Esto fue para mí la imagen de un gran misterio; mientras nuestros actos, aun los más insignificantes, no salen fuera del foco, la Santísima Trinidad, figurada por los tres espejos, les da un tinte y belleza admirables. Mirándonos Jesús por medio de la pequeña luneta, esto es como a través de sí mismo halla siempre hermosas nuestras obras. Pero si  salimos del centro inefable del amor ¿qué verá?. Briznas de paja, acciones empañadas y sin valor algunos».

Santidad en las cosas ordinarias

Su santidad radicaba en que hacía las cosas ordinarias de manera extraordinaria, como alzar un alfiler por amor de Dios. Esa santidad escondida hallaba su profundidad en el Jesús que se escondía por ella en el Sagrario.

Conseguía  transformar las pequeñas cosas en amor de tal modo que todo para ella era amor. Y bajo la tutela de santa obediencia, y sólo a instancias de esta,  se decidió escribir los recuerdos de su infancia y luego de su vida. Sin preocuparse de una literatura florida fue deslizando su pluma sobre las cuartillas, sin formar un plan ni corregir nada: no era necesario. Porque la verdad sale de la boca de los pequeñuelos; de la abundancia del corazón habla la boca. Teresita tenía sabiduría abundante en el conocimiento del amor de Dios.

Santa Teresita tenía por lema que «antes de quejarse hay que llegar hasta donde permitan las fuerzas». Cuántas veces fue a maitines con vahídos o con violentos dolores de cabeza. Y gracias a esta singular energía, realizaba con sencillez actos heroicos.

Vocación: el amor

Teresita, dándose cuenta de la realidad, encontró la indicación de su verdadera vocación: El amor; amar y hacer amar al Amor. He aquí el móvil divino de su vocación, porque ella comprendió la importancia del amor. Dios es amor, y ese tierno e infinito amor que tiene a los hombres le impulsa a ejercer para con ellos, a cada momento, su infinita misericordia.

Hacer amar el amor: Esta vocación se injertó en los recónditos jardines de su angelical alma, desde aquel día que Jesús dijo: Dame de beber. «Jesús tenía sed –nos dice ella misma. Pero al decir: dame de beber, reclamaba el Creador del Universo el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor». Y Teresita se propuso ser la Buena Samaritana que daría de beber al Maestro hasta la consumación de los siglos, pues sólo entonces cesará su sed, porque el número de los escogidos estará ya completo.

Espíritu de sacrificio

Su espíritu de sacrificio era universal. Todo cuanto había de más penoso y menos agradable, lo tomaba como si le perteneciera por derecho; todo cuanto Dios le pedía, prontamente se lo daba sin acordarse de sí misma.

«Durante el tiempo del postulantado dentro del convento –dice– me costaba gran trabajo hacer ciertas mortificaciones exteriores que se acostumbran en nuestro convento, pero jamás cedí a mis repugnancias; me parecía que el crucifijo del patio me miraba con ojos suplicantes y mendigaba de mí aquellos sacrificios».

Su delicado estómago se amoldaba difícilmente a la alimentación frugal del Carmelo, por lo cual había ciertos platos que le hacía enfermar; pero ella sabía disimularlo con tanta maña, que nadie jamás sospechó. Una de sus vecinas en la mesa dice que en vano procuró adivinar que manjares prefería. Solamente durante su última enfermedad, cuando se le ordenó que dijese cuáles eran los platos que la dañaban, fue cuando se descorrió el velo de su mortificación.

Amor al prójimo

Santa Teresita es un fenómeno espiritual extraordinario en la historia de la Iglesia por su profunda doctrina combinada con su gran sencillez.

Ella en vez de evitar las humillaciones, las buscaba con gran diligencia; tanto así que se ofreció para ayudar a una hermana conocida por ser de difícil trato; su generosa proposición fue aceptada. Un día, cuando acababa de aguantar no pocos reproches, le preguntó una novicia por qué estaba tan contenta. Grande fue su sorpresa al oír esta contestación: «Es que la Hermana acaba de decirme cosas desagradables. ¡Oh, cuanto me he complacido! Quisiera ahora encontrarla para sonreírle». En aquel mismo instante, la hermana llamó a la puerta y la novicia maravillada, tuvo ocasión de ver  como perdonan los santos.

Patrona de las misiones sin salir del Carmelo

Esta monjita era también una misionera infatigable. Desde su escondida celda hizo amar al Amor a través de sus más bellos párrafos, verdaderas llamas emanadas del amor en que sentía abrazarse su alma.

Tenía pues mucha razón nuestra querida Santa al decir: «Presiento que mi misión va a comenzar. Mi misión es enseñar mi caminito a las almas».  

Es por eso que esta pequeña contemplativa, muerta a los veinticuatro años, es hoy celebrada como Patrona Universal de las Misiones.

Eres grandes, ¡oh Santita!, e innumerable tu familia espiritual. Eres grande, ¡oh alma pequeñita! ¡Pequeño tabernáculo de Dios vivo entre nosotros, te has convertido en el refugio de toda una humanidad que ruega, sufre y milita, y que cada día recurre a ti!

Su Pasión

Sus últimos tres meses en  enfermería lo pasó viviendo verdaderamente su pasión. Padecía crisis agudísimas, mientras salía de su amada concha. Fue mirando como diciendo adiós a aquellas cuatro paredes, testigos perpetuos y fieles de los muchos sufrimientos y virtudes del alma de nuestra Santa, cuyos encantos se reservarán para siempre y nunca jamás los dirán, sino solo a Dios.

¡Ah, si las paredes pudieran hablar!… pero ya hablarán el día de la glorificación completa de nuestra Santita cuando se nos darán a leer aquellas páginas que jamás se leerán en la tierra, porque las leeremos en el cielo.

El 30 de septiembre del año 1897, esta pequeña flor fue a adornar aquel bello jardín del Cielo desde dónde prometió que pasaría haciendo el bien, derramándonos una lluvia de rosas.

Por Hna. Liz Florentín, CMJ

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