Describiendo psicológicamente una vocación

Cómo se reconoce una vocación desde el punto de vista de la psicología del llamado.

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas”
del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I.

No sé si saldré con mi intento. Con todo probaré. Tal vez sea como tantas definiciones que lo dicen todo y después se aprieta, se aprieta y no dicen casi nada. No daré una definición sino trazaré una descripción discutible, pero quizá no inútil. Hablo de una vocación nacida tranquilamente como una perla que se forma poco a poco, con tiempo, sin ruidos ni empujones bruscos, y no de aquellas instantáneas o violentas que caen como una cascada.

 

Vamos paso a paso.

1) DESEOS DE UNA FELICIDAD MAYOR: El alma empieza a sentir un sentimiento indefinido como de una felicidad desconocida. Ella misma no sabe lo que siente, pero no obstante, ve que no está hecha para pegarse a la tierra, comprende que hay otras felicidades muy superiores a aquellas mezquindades tras las cuales corren ávidamente tantas almas.

Todo lo que le rodea le parece pequeño, insignificante, ni siquiera lo piensa, porque sabe que es capaz de gozos más intensos y de felicidades más embriagadoras pero también más puras.

2) NO QUERER SER COMO TODOS: Al mismo tiempo le rodea otro sentimiento, y es el de no querer ser una persona vulgar, “uno más” que pierde el tiempo, sino que quiere sobresalir, quiere hacer sentir su personalidad, distinguirse en algo, separarse del común de los hombres para vivir una vida más noble y para hacer algo grande.

Son pocos los jóvenes que pensando en su porvenir se resignan a ser simples unidades de una masa insignificante que han de sufrir las influencias de otros sin imponer las propias. La mayoría se imagina que llegarán a ser jefes, centro de irradiación, acogidos con aplausos, circundados de admiración, de estima, bendecidos de muchos por ellos protegidos.

Hacer bien; repartir felicidad“; es el ideal acariciado en los momentos de soledad y de calma: vivir una vida que valga la pena vivirla.

3) DESEOS DE GRANDEZA EN EL TESTIMONIO:  Mientras tanto esos pensamientos y sentimientos -que podrán ser iguales a los de cualquier ambicioso o presuntuoso- empiezan a unirse con el pensamiento del mártir, del misionero, del santo.

Y he aquí a nuestro joven que se siente soldado de Cristo, que quiere militar bajo la bandera del Gran Capitán; para él las cosas grandes no son la caducidad de la tierra, a la cual ya desprecia, sino las cosas eternas, las gestas de los Santos. Eso le entusiasma y alguna vez se sorprende representándose como un mártir que confiesa con valor su fe, o un héroe que defiende a un inocente o que salva perdonando.

4) SE ENTREGA A UNA VIDA CRISTIANA NO COMÚN: Pero no para en la imaginación. En este momento comprende que ha de hacer oración, que debe rogar más que los otros, que ha de entregarse a una vida cristiana no común. Aun el sacrificio y la mortificación se le convierten en una necesidad, o mejor, en un placer. Piensa con gusto en las cosas del cielo, tiene hambre de la palabra de Dios, quiere ser familiar con los sacerdotes, asistir a las funciones religiosas y a todas las otras cosas de la Iglesia.

5) DESPRECIO POR TODO LO QUE HUELA A MUNDO: Al mismo tiempo se va posesionando de él un acentuado sentido de desprecio de todo lo que le habla de mundo. Las riquezas y los honores son para él cosas vacías y sin sentido. No encuentran sitio en su corazón. Y en cambio, crece el estado de “búsqueda”. El joven desea encontrar “algo” que él mismo no sabe lo que es, su alma busca (como el joven del Evangelio) y está sumergida en un estado de continua ansiedad.

Hablad a este joven del ideal religioso y sacerdotal y el noventa y nueve por ciento dirá en su corazón: “¡Exactamente es eso lo que yo buscaba! ¡Eso es lo que me conviene!

 


Encontré en tal estado a un joven de trece años. A la segunda entrevista le aprieto fuerte la mano. El ve en este apretón de manos a un amigo que le quiere bien y con sinceridad, y la primera cosa que me dice en aquel momento es: “¡Le quiero decir un secreto!” Seguro de mí mismo le respondí: “Ya conozco tu secreto. Más aún, en tus ojos leo cierta cosa que tienes dentro y que tú mismo no conoces todavía”.

Todo acabó ahí. Pero al cabo de dos semanas le escribí una carta para suscitarle de nuevo aquella tempestad espiritual, por si acaso se le había calmado. Copio algún fragmento de sus respuestas traduciéndolas del inglés:

Con su primera carta ha roto usted el hielo, y me dice además que tenga el grifo siempre abierto para que el agua continúe corriendo. La verdad es que no ha parado todavía.

El ‘secreto’ y aquel ‘algo’ que le quería decir se refería a la elección de mi estado. Por eso le pedí de modo especial sus oraciones. Estoy en la edad crítica y debo elegir, y ruego mucho para que elija lo que más le guste al Sagrado Corazón de Jesús.

Y en la carta siguiente:

“No estoy ofendido con usted porque quería conocer mi secreto a todo trance; al contrario, estoy contento por el paso dado por usted y me fío de usted como un verdadero amigo y aún como si fuera mi padre.”

“Me maravilla cómo usted supo conocer mi secreto y me gustaría saber qué es aquella ‘cierta cosa’ que usted leyó en mis ojos.”

“Estoy atravesando un punto crítico (mi elección de estado); soy guiado primero por el Sagrado Corazón de Jesús, después por las oraciones mías y de mis amigos, por los consejos de mi director espiritual y por los consejos de usted, reverendo Padre, al que aprecio muchísimo.”

“En un tema que hice hace tres años expuse mis deseos de ser sacerdote y puse también las razones que me empujaban a hacer esa elección, las cuales eran precisamente las mismas que usted me escribía en su última carta. El tema era: «¿Qué carrera quieres abrazar? ¿Por qué?»”

“Desde aquel año empecé a tener ese deseo y oigo continuamente las palabras: «Ven, sígueme. ¡Sacerdote… Misionero!» Si todo eso es verdad, si Jesús ha llamado, entonces he de abrir a pesar de los obstáculos que ciertamente encontraré.”


 

Veamos otra carta de otro joven que también se encontraba en esta situación psicológica y que en un retiro, por una palabra dicha sin intención, encontró lo que tanto tiempo hacía que buscaba.

“Queridísimo Padre, las bellísimas palabras pronunciadas por usted en el día de retiro viven aún en mí. La vocación de ser misionero y el amor hacia el Niño Jesús crecen cada día más en mí. Ruego muchísimo para que el Señor me haga la gracia de ser misionero. Tengo gran confianza en el Sagrado Corazón de Jesús porque Él ha dicho: «Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá».”

“Cada mañana, como suelo, voy a comulgar. Padre, siento mucho la separación de usted (sic) y de sus compañeros, o mejor, Hermanos, los otros Padres del colegio. Deseo muchísimo oír y llenarme de sus santas palabras.”

“Padre, estoy seguro que Dios escuchará mi oración y que me hará la gracia de ser misionero para poder ser más puro, amar más al Sagrado Corazón de Jesús y predicar su santo nombre en tierras paganas.”

“Siendo Misionero tendré la mente en Dios y podré amarle mucho más. Mi alma se hará una sola con Jesús. Padre, mándeme por escrito sus santas palabras, mándeme también, si le es posible, libros sobre misioneros, etc. Sólo quiero llenarme de amor de Dios. Roguemos juntos y estoy cierto de que el Señor nos oirá.”

“Estoy contento y soy feliz.”

La mayoría de las veces estas vocaciones nacidas de esta manera van acompañadas de períodos llenos de afecto y de entusiasmo, llenos de eso que nosotros solemos llamar consolación espiritual. Estos jóvenes sienten la vocación y ven que la tienen sin necesidad de muchos razonamientos. Sin embargo, no podemos afirmar que el joven movido por estos sentimientos está cierto de tener vocación. Todavía estamos a los principios y tal vez remotos. Aún falta mucho por andar.

Antes de dar un juicio exacto y concreto es preciso que se manifiesten en el joven algunas señales más objetivas y sólidas que revelen un alma capaz de ser llamada a esa misión tan noble.


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