Dotes necesarios para la Vocación (Parte II)

«El joven que tiene algunas de estas señales y todas las dotes requeridas tampoco puede decir que lo tiene todo. Se requiere todavía que él, conociendo su estado y convencido de la Voluntad de Dios, sostenido por la gracia divina, libre y conscientemente con un acto de voluntad diga: “¡Quiero!”» es lo que señala el Padre Emvin Busuttil al concluir la segunda parte de esta grandiosa obra que habla sobre las vocaciones.

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas” del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I. – Editado por Formación Católica

Oremos antes de tomar una decisión, convencidos de que en esta materia somos pobres inexpertos que tenemos verdadera necesidad de la luz de lo alto para saber buscar con sinceridad y pureza de intención, no a nosotros mismos ni nuestro pequeño ambiente, sino la gloria de Dios y el bien de la Iglesia y de las almas.

En cambio es necesario excluir a los inconstantes a los que durante tres días son buenos y quince son malos para luego volver a ser buenos durante otros tantos días. Los jóvenes que no están seguros de su vocación cambian de idea cada semana y a veces mucho más a menudo. Los que son esclavos del vicio no tienen reservas ni energías para dominarse. Y poco más o menos así son los afeminados, corrientemente demasiado melosos, que tienen necesidad del afecto de cualquier criatura, que corren tras simpatías ridículas y humillantes.

3) Dotes físicas

Se necesita un cuerpo sano, libre de enfermedades hereditarias o graves que dejan alguna perturbación en el organismo como la tisis, enfermedades nerviosas y otras semejantes. Los jóvenes destinados al sacerdocio deberían estar libres de ciertas deformidades del cuerpo que impiden el cumplimiento de su oficio sacerdotal y alejan de los fieles aquella estima y confianza con la que debe estar aureolado el sacerdocio católico.

En general se puede decir que una salud ordinaria, o sea, la que gozan los jóvenes que “están bien”, es suficiente. No es necesaria una robustez especialísima, un absoluto dominio de los nervios, una naturaleza completamente libre de cualquier debilidad física. Por más sano que se esté, alguna pequeña anomalía, alguna predisposición, algún defecto en las funciones orgánicas, casi siempre se encontrará.

Con todo, si uno quiere abrazar alguna Orden religiosa de vida más austera y penitente, se le exigirá una salud más fuerte y en esto mídanse bien las fuerzas para no sufrir después una desilusión.

—Es una pena —me decía un religioso de vida muy austera—ver jóvenes tan buenos, robustos y llenos de buena voluntad entrar en el Noviciado y de diez sólo llega uno.

— ¿Y los otros? —pregunté.

—No resisten. Nuestra vida es demasiado dura. Se han de levantar a media noche, hacer tres cuaresmas de ayunos, mucho silencio, mucho estudio, y las generaciones modernas no pueden con todo esto.

Y una superiora religiosa me decía:

— ¡Ay, Padre! Muchas de nuestras novicias se vuelven neurasténicas y las tenemos que mandar a sus casas.

— ¿Cómo es eso?—pregunté sorprendido.

—Tenemos demasiado silencio. Las naturalezas vivaces no resisten, empiezan a tener muchos escrúpulos y después… a hacer rarezas.

Y me contó el caso de varias jóvenes, llenas de esperanza para su Congregación, que tuvieron que volverse a sus casas… con los nervios deshechos.

Pero por fortuna no todas las órdenes religiosas presentan esas dificultades particulares. En general sus reglas se adaptan a los tiempos y a las fuerzas de cada miembro de la comunidad.

Lo que tendría se que mirar bien es que el joven no sea admitido si no está todavía bien desarrollado no sólo físicamente sino también moralmente. En otras palabras, es necesario que el joven sea un joven y no un chiquillo; que tenga ya su poquillo de bigote y un juicio un poco maduro, que dé verdadera garantía de comprender el paso que da y a lo que renuncia. Se necesita que comprenda de cuantas energías es capaz y dé el paso a sabiendas, no con los ojos cerrados. No quiero decir que conozca o haya experimentado el mal. La juventud no se manifiesta sólo en el pecado o en ciertos impulsos peligrosos, sino en otras muchas cosas que dan al individuo aún más vivaz una cierta seriedad y madurez.

No es cuestión de edad. En algunos sitios los chicos a los trece años son ya jóvenes; en cambio, en otros de la misma región a los dieciséis aún son niños, tanto física como moralmente.

Estos jóvenes así preparados sabrán superar las tentaciones del Noviciado, comprenderán la importancia de aquellos años de formación y serán capaces de formarse personalmente; no se maravillarán de las defecciones de otros compañeros; no serán artificiales o exteriores en su formación y ciertamente no saldrán con aquella frase insulsa en que se refugian con frecuencia los que han perdido la vocación: “¡Nunca tuve vocación! ¡No sabía qué era vocación!”.

PERO NO BASTA

Todo lo que hemos dicho hasta aquí no basta para darnos seguridad en una vocación. El joven que tiene algunas de estas señales y todas las dotes requeridas tampoco puede decir que lo tiene todo. Se requiere todavía que él, conociendo su estado y convencido de la Voluntad de Dios, sostenido por la gracia divina, libre y conscientemente con un acto de voluntad diga: «¡Quiero!». Jesús no se impone a la fuerza sino que quiere voluntarios, quiere generosos que le sigan por amor y no por la fuerza o porque no pueden hacer otra cosa.

El que trabaja por las vocaciones guárdese siempre de influir directamente sobre la voluntad del joven.

Podrá iluminarle, quitarle las dificultades que nazcan de cualquier error de juicio, conducirle paso a paso durante todo el período de su decisión, pero en el punto decisivo el joven debe quedarse solo con Dios. Debe tener la convicción de que es él el que decide, que la vocación la debe únicamente a Dios y a su voluntad. Así será su vocación no la vocación del Padre tal o del Hermano cual.

Sucediome una vez con un joven que vino a hacer los Ejercicios Espirituales para la elección de estado y solía venir a verme para aconsejarse. Un día me lo vi entrar completamente abatido.

—Padre, no sé qué decir: estaría contento si Dios me llamase a la vida religiosa pero también estaría contento si me quisiera dejar en el mundo. No tengo inclinación ni a una parte ni a otra. Dígame usted lo que debo hacer y haré lo que me diga como si me lo dijese Dios mismo.

Le miré fijamente. Era sincero. Pero pensé en el futuro. Mañana le vendrá cualquier tentación y él se dirá a sí mismo: «No escogí yo. Fui un estúpido sin voluntad que me dejé enredar».

—No —respondí—, no se puede hacer así. Has de ser tú el que escojas. Haz más oración.

Piénsalo mejor todavía. Yo ya sé lo que Dios quiere de ti pero no te lo diré nunca; has de ser tú el que lo descubras, tú eres el que has de escoger.

Hablamos todavía durante una hora pero la luz no vino: quedose en su estado de vacilación.

Antes de volver a su casa vino de nuevo.

—En resumen, no he cambiado nada: ¿cómo me las arreglo? Y el caso es que no quiero estar así, quiero tomar una decisión.

Le calmé y hablamos largo rato. Finalmente tomó esta decisión: volvería a casa con la idea de que se tenía que hacer religioso. Así debía estar durante un mes, rogando y obrando como si tuviese vocación. En este tiempo Dios tenía que manifestarse o dándole algún deseo o de algún otro modo. No obstante, no vendría a verme en este período sino que me escribiría a los quince días para decirme si había encontrado algo nuevo.

A los quince días me escribió. Lo mismo que al principio, no se había movido ni una hoja; calma, equilibrio perfecto entre las dos partes.

Le respondía que tuviese paciencia, que rogase todavía más. Pero a la semana le escribí nuevamente diciéndole que creía que él no era de los llamados; le exhortaba a deponer todo pensamiento de vocación y que empezase a ver otro ideal menos sublime.

Me escribió en seguida. Se maravillaba de mis palabras… mi carta fue una espina; así pues, ¿Dios no lo quería? ¿Y por qué? Terminaba diciendo que se resignaba… pero de mala gana. Dios con esto se hizo oír.

Le escribí con urgencia diciéndole que mi carta era un truco para sondear el terreno y que por su respuesta comprendía que Dios le daba a entender ciertamente que le llamaba.

Y así se decidió. ¡El sólo!  Y ahora veamos unos párrafos de una carta mandada en el período de su formación religiosa. Se trata de una de esas crisis por que atraviesan casi todos los religiosos. Él permaneció firme en su vocación, pero ¿hubiera tenido esa firmeza si en vez de escoger él mismo hubiera decidido yo su vocación?

«Busco hacer de la santidad mi ambición, espero ser un santo de cuerpo entero, un santo moderno. Aunque todavía no he abandonado la lucha, con todo dudo si creo en mi ideal. Siento el peso del deber, la responsabilidad de mi trabajo y la necesidad de desarrollar mis cualidades; además soy enemigo de la mediocridad».

«Pero esa lucha por vivir según este ideal me agota y me deja cansado, deshecho y lleno de ansia. Eso me hace amar un poco mi vida aquí (alude a la casa en la que se encontraba), siento que me encuentro fuera de sitio pero me agarro a mi vocación hasta la muerte porque estoy convencido de que Dios (lo subraya tres veces) me quiere aquí. Por favor, no vaya usted a creer que esté incierto o indeciso acerca de mi vocación. Nunca he dudado ni un solo instante de la certeza de mi elección, pero desde la muerte de mi padre no he estado nunca contento, excepto algún que otro momento luminoso».

Por fortuna, la crisis (como toda crisis) pasó y fue felizmente superada. Tres meses después me escribía: «Gracias por sus largas cartas, algunas veces las leo como lectura espiritual y como meditación. Estoy muy contento y he encontrado el camino de la confianza y del abandono en Dios».

 


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