Dotes necesarios para la Vocación (Parte 1)

Ahora hablemos de los dotes que le son necesarias a uno que quiere consagrarse a Dios.

En la mitad de la segunda parte de las reflexiones del Padre Emvin Busuttil, S.I, encontramos otras condiciones que debe poseer aquella alma que desea servir al Señor.

1) Dotes de inteligencia

Que sea capaz para hacer los estudios requeridos por la Orden que quiere abrazar. Y ¡por Dios! no exageremos aquí ni en un sentido ni en otro. Hay superiores religiosos que si les escasean las vocaciones admiten con suma facilidad al primero que se les presenta. Lo mismo sucede a veces en ciertos seminarios con consecuencias poco recomendables para la Iglesia de Dios. Eso aleja las almas de la dirección espiritual y de aquel respeto que se debe tener en todo lo tocante a la religión.  

El sacerdocio es una responsabilidad. Ha de ser faro de luz, guía en el camino, consejo en la duda.

Muchas veces el sacerdote habrá de solventar cuestiones escabrosas, dirigir almas extraordinarias y difíciles, estudiar cuestiones intrincadísimas y casi siempre ser un dirigente, ser jefe.  

No todos están capacitados para ello. Pero tampoco hemos de caer en el otro extremo y hacer creer que para ser religiosos es preciso estar dotados de una inteligencia extraordinaria y que casi toque con el genio. Muchos fieles tienen esa idea y aún quizá no sólo los fieles. Por consiguiente se ven jóvenes dotados de todas las cualidades necesarias y a los que se les cierra la puerta de la religión, se les priva injustamente de un bien tan excelso y se hace derrochar inútilmente una gracia tan grande de Dios.  

Una inteligencia corriente puede bastar; como máximo puede pedirse que sea un poco superior a la mediocridad. Exigir más no sería justo. Frecuentemente el buen sentido común vale más que la mucha inteligencia.

2) Dotes de voluntad  

No precisa fijarse exagerada o exclusivamente en la inteligencia. Muchas veces esos inteligentísimos han dado mucho que hacer, y otras muchas han perdido la vocación por soberbia; o bien, ordenados de sacerdotes, se han entregado a una vida cómoda huyendo del sacrificio y del celo. Lo que más vale es la voluntad, la índole buena del muchacho, su espíritu de sacrificio, la fuerza de vencerse a sí mismo, la victoria del respeto humano, la docilidad en la obediencia, la sincera estima de su nulidad.

Esas cualidades son una buena señal de un carácter serio y muestran un conjunto de madurez espiritual que es segura garantía de perseverancia y seriedad en el futuro trabajo sacerdotal. Si un muchacho es dócil, tiene voluntad para el estudio (aún cuando quizá le cueste), tiene buen carácter, es sincero, tiene verdadero espíritu de oración, influye entre sus compañeros, sabe hacer apostolado, ofrece sacrificios a Dios y por su vida espiritual, es puro… todos estos dotes reunidos en una inteligencia más bien mediocre obtendrán un óptimo religioso.  

Es necesario recordar que en la vida religiosa hay muchas mansiones, y que al lado de los genios que dan un impulso extraordinario a las obras religiosas y hacen cosas grandiosas, se requiere de quienes se mantengan en el silencio de una vida sin pretensiones en el trabajo constante de la salvación y santificación de las almas, que se alimentan de confesiones, catecismo y dirección espiritual.  

Sin estos sujetos humildes, de posibilidades más bien limitadas, las obras más bellas, las asociaciones más florecientes, estarían condenadas a eclipsarse después de un pequeño período de apogeo, porque un religioso muy inteligente difícilmente se prestará a hacer de simple ayudante de otro aunque dirija de un modo genial.  

Y por lo demás, ¿no estamos viendo cuántos jóvenes rechazados de alguna Orden porque parecían poco inteligentes han ido a llamar a las puertas de otra Orden y una vez admitidos se han convertido más tarde en famosos oradores, directores de almas o prelados de mucha responsabilidad? Lo cual demuestra que existe la Providencia de Dios que sabe encontrar sus caminos aún prescindiendo de nosotros y demuestra al mismo tiempo que podemos equivocarnos soberanamente, precisamente cuando queremos hacernos los inteligentes y los prudentes.  

No estará de más notar aquí que no es fácil dar un juicio exacto de la inteligencia de un joven de unos dieciséis años. No es raro que todavía no se haya desarrollado completamente su inteligencia; algunas veces si no pueden con el Bachiller es por falta de base, por desgana o porque no tienen profesores aptos.

¡Cuántas veces estos jóvenes admitidos a prueba se han revelado más tarde inteligentes en la Filosofía y en la Teología!  En cambio, de la voluntad se puede juzgar con un poco más de seguridad. Basta conocer al muchacho, oír hablar de él, verle mientras juega o mientras hace lo ordinario.

Se ve en seguida si se tiene delante a un hombre o a un afeminado; a un caudillo o a un merengue; a un joven que tiene carácter y personalidad o a un adocenado.

Quisiera recomendar a los que se les ha confiado la misión de aceptar a los candidatos en la religión que no teman nunca a los sujetos que son movidos o díscolos, a aquellos que ejercitan sobre sus amigos una influencia extraordinaria, a los que no pueden estarse ni un momento quietos y se les señala por su demasiada vivacidad . Se quiere objetar que es medida de prudencia el no admitirlos porque difícilmente serán obedientes o no se podrán adaptar a nuestra vida. ¡Falsísimo! Estos sujetos, muy al contrario, dan pruebas de ser obedientes y maleables, llenos de buena voluntad, sinceros y leales, y son los que el día de mañana serán capaces de empezar un movimiento social, ser unos óptimos misioneros o unos insuperables educadores de la juventud.  

¡Cuántas vocaciones se echan a perder por nuestra falta de tacto que muchas veces no tiene su fundamento sino en la ausencia de vista sobrenatural y de humildad! ¡Y después nos quejamos de la escasez de vocaciones! Es el caso de preguntarnos si tal escasez no es un castigo del Señor por tantas vocaciones que hemos culpablemente desechado.  El criterio de la elección no ha de ser nuestro provecho en un próximo futuro, sino que hemos de considerar también y estimar y aceptar el trabajo de la gracia y el verdadero llamamiento de Dios.

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas”

del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I. – Editado por Formación Católica

 


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