Educar a la Familia hoy: ¿Quién  y  cómo se hará?

 

La familia es el segundo “útero” que termina de gestar la identidad social del ser humano. 

Por Gregorio Cataldi

Mucha tinta ha corrido sobre la Familia. El tema que presentamos es espinoso por dos motivos de peso: 1º)  Familia, ¿Conjunto de extraños individuos de vínculos efímeros que viven bajo un techo?; y, 2º) Y las familias tradicionales – las que restan – ¿Qué valores manejan?

La familia es el primer hábitat natural del ser humano: “El humano necesita no sólo una morada donde vivir (puede hacerlo en cualquier otro sitio), pero y sobre todo, necesita un hogar donde se sienta acogido y comprendido. Fuera de él las relaciones se hacen superficiales y susceptibles de rechazos e incomprensiones. El hogar debe ser para el hombre un espacio de libertad” (Discurso Roger Texier)

¿Quién hará la titánica tarea, si los miembros están desestructurados? Hace falta un método para educar, una huella a seguir y capacidad para humanizar; es decir, capacidad de educar la razón y la libertad, de modo que pueda construir una humanidad menos técnica y más humana. La familia es la institución primera y fundamental; es un segundo “útero” que termina de gestar la identidad social del ser humano.

La familia hace sociedad. Observando el núcleo social, advertimos que – en general – la familia está in-firmis (enferma), no firme en el ámbito moral y cristiano. En la sociedad consumista impera el individualismo y el anonimato; la despersonalización del ser humano es reducido a sus necesidades personales, es decir, al desear por sobre el necesitar. Entonces, ¿Constituye la familia actual centro y corazón de la civilización del amor?.

El imperativo categórico es ser feliz. La felicidad de las personas guarda relación con el amor familiar. Por ello, muchos de los sufrimientos que marcan la vida de tantos hombres y mujeres hoy tienen que ver con expectativas frustradas en el ámbito del matrimonio y de la familia. Se afirma que la familia es la base y sostén de la sociedad. La familia, por consiguiente, compone y descompone la tarima social (y las redes sociales). Todo lo dicho hasta aquí, es harto sabido.

Educar, ¿En qué?  (Educar  significa metamorfosis -cambio- de conducta, más que instruir):

  1. Metamorfosis en la libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero en medio de una sociedad agresivamente consumista.
  2. La sexualidad como expresión de amor hecho entrega y servicio, frente a una sociedad que banaliza la sexualidad. Dice Juan Pablo II “La educación para el Amor como don de sí mismo constituye también la premisa indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada”. ¿Estamos los padres posmodernos preparados para este gran compromiso?

EDUCAR: desde el respeto al hijo: desde la verdad; desde la exigencia comprensiva – no permisiva; desde la paciencia, (la educación es lenta siembra, la cosecha vendrá después); desde la coherencia de vida: “Mi conducta como papá grita tan fuerte que lo que digo, mis hijos no escuchan”.

Feliz familia aquella en la que la autoridad se manifiesta como servicio. Feliz familia en donde los más fuertes o inteligentes viven sirviendo a los más necesitados, viviendo y des-viviéndose en el encuentro. Y desgraciadas familias, por el contrario, aquellas en donde ser “cabeza” de familia se cree “ombligo del mundo”, constituyéndose por añadidura, torpe cabezota, y donde la autoridad se reivindica por la vía infértil del autoritarismo.

La familia es por excelencia comunión de tiempos: indecente es abandonar a los niños a su propio destino ante la tecnología para que se distraigan porque nosotros “siempre estamos muy ocupados”. Así comienza la complicidad entre los padres y la futura delincuencia de los hijos, porque la televisión y redes sociales hoy, más que telegénica, es delicto-pornogénica, dirá el maestro Carlos Díaz.

Dijimos: Educar es cambiar de conducta. Instrucción, en cambio, es capturar conocimientos de la naturaleza e introducirlos en la bóveda mental. De ahí el contrasentido: muchos inteligentes, curiosamente cometen inexplicables torpezas.

Luego, se puede ser muy instruido y a la vez, muy maleducado. Nuestra sufrida patria, soporta esta chatura cívica. También los padres son los primeros catequistas de sus hijos. Por tanto, educar en la fe es tarea ineludible.

“Un obstáculo particular para la obra educativa es la masiva presencia en nuestra sociedad y cultura del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio “yo” con sus caprichos, y bajo la apariencia de la libertad, se transforma  para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio YO.

Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que las constituyen de la validez del esfuerzo por construir con los demás algo en común. Educa quien verdaderamente ama. (Benedicto XVI).

En esta iglesia doméstica, los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocación de cada uno, pero con cuidado especial la vocación sagrada.

Al relacionarse la iglesia y la familia cristiana, ambas salen beneficiadas. La gran iglesia recuerda que no puede ser ni funcionar como una sociedad o una empresa, sino que ha de ser la familia de los hijos de Dios, donde las vinculaciones afectivas tienen el relieve debido.

Y la pequeña iglesia que es la familia cristiana recuerda que no puede concebirse ni actuar como una estructura cerrada que se autoabastece, ajena a la misión eclesial. Como la Iglesia grande, sólo que a escala reducida, la familia cristiana es comunidad evangelizadora.

Papá y mamá, educando a sus hijos, completan el haberles engendrado y participan en la pedagogía de Dios que es al mismo tiempo  paternal  y maternal. “La educación es, pues, ante todo una dádiva de la humanidad por parte de ambos padres. Esto es también un dinamismo de reciprocidad, en el cual los padres-educadores son, a su vez, educados en cierto modo.

Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos. Reciben en el matrimonio la gracia y la responsabilidad de la educación cristiana en relación con los hijos a los que testifican y transmiten a la vez, los valores humanos y religiosos. (Mons. Manuel Sánchez Monge)

Una tarea urgente para los padres: Hacer que la excesiva polución informativa que oferta como “imprescindible” todo tipo de productos y servicios totalmente superfluos, no eduquen a los hijos como idiotas e indecentes morales, recomienda Carlos Díaz, y agrega:

“Viviendo de otro modo, con templanza. La templanza grita a los padres: ¡Moderen el despilfarro, tengan austeridad! Si lo hacen (no únicamente si lo dicen), los hijos aprenderán que no es más feliz quien más tiene. Si no se desea mucho, hasta las cosas más pequeñas parecerán grandes”.

Recordemos a Sócrates….!cuánto es lo que no necesito y lo que necesito, cuán poco lo necesito!  La familia sobria no piensa en lo que no tiene, se complace con lo que tiene.

La templanza se manifiesta de cuatro maneras en cuanto a los bienes: en la manera de conseguirlos, de conservarlos, de aumentarlos y de usarlos bien. El hombre superior ama su alma. El inferior, sus cosas. Las personas sobrias cuidan los pequeños gastos, sin caer en la avaricia, por eso gastan una moneda menos de lo que ganan.

Quien compra lo superfluo no tardará en vender lo necesario. Sólo un lujo es irreprochable: el lujo de despojarse de lo superfluo, un lujo bendito que comienza por educar mejor los hábitos del gusto y del consumo. La templanza, por lo tanto, es una virtud del día a día, de la vida corriente. (cfr. Carlos Díaz – Corriente Arriba p. 74)

Los hijos aprenden lo que viven sus padres. ¿Cuántos papás actúan como verdaderos monos con pantalones ante sus pequeños hijos, arrojando desde el vehículo basura a la calle? ¿Cuántos papás modernos convierten a sus hijos en verdaderos “monstruitos” sociales, porque todo lo permiten sin medida ni barreras en nombre de “Yo quiero”, “a mí me gusta”, “nadie va a decirme lo que tengo que hacer”, etc.?

Es decir, ¿cuántos padres son ejemplos de indecencia, mal gusto y deshonestidad para sus hijos?.  

 

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