El liberalismo es pecado 05: De los diferentes grados de Liberalismo.

Dentro del Liberalismo pueden darse, y de hecho hay, diversos grados. Es necesario poner atención para saber identificar lo que se nos presenta delante.

Por Felix Sardá i Salvany.
Tomado del libro: El Liberalismo es pecado.

 

El Liberalismo como sistema de doctrina puede apellidarse escuela; como organización de adeptos para difundirlas y propagarlas, secta; como agrupación de hombres dedicados a hacerlas prevalecer en la esfera del derecho público, partido. Pero, ya se considere al Liberalismo como escuela, como secta, ya como partido, ofrece dentro de su unidad lógica y específica varios grados o matices que conviene al teólogo cristiano estudiar y exponer.

Ante todo conviene hacer notar que el Liberalismo es uno, es decir, constituye un organismo de errores perfecta y lógicamente encadenados, motivo por el cual se le llama sistema. En efecto, partiendo en él del principio fundamental de que el hombre y la sociedad son perfectamente autónomos o libres con absoluta independencia de todo otro criterio natural o sobrenatural que no sea el suyo propio, síguese por una perfecta ilación de consecuencias todo lo que en nombre de él proclama la demagogia más avanzada.

La Revolución no tiene de grande sino su inflexible lógica hasta los actos más despóticos, que ejecuta en nombre de la libertad, y que a primera vista tachamos todos de monstruosas inconsecuencias, obedecen a una lógica altísima y superior. Porque reconociendo la sociedad por única ley social el criterio de los más, sin otra norma o regulador, ¿cómo puede negarse perfecto derecho al Estado para cometer cualquier atropello contra la Iglesia siempre y cuando, según aquel su único criterio social, sea conveniente cometerlo? Admitido que los más son los que tienen siempre razón, queda admitida por ende como única ley la del más fuerte, y por tanto muy lógicamente se puede llegar hasta la última brutalidad.

Mas a pesar de esta unidad lógica del sistema, los hombres no son lógicos siempre, y esto produce dentro de aquella unidad la más asombrosa variedad o gradación de tintas. Las doctrinas se derivan necesariamente y por su propia virtud unas de otras; pero los hombres al aplicarlas son por lo común ilógicos e inconsecuentes.

Los hombres, llevando hasta sus últimas consecuencias sus principios, serían todos santos cuando sus principios fuesen buenos, y serían todos demonios del infierno cuando sus principios fuesen malos. La inconsecuencia es la que hace, de los hombres buenos y de los malos, buenos a medias y malos no rematados.

Aplicando estas observaciones al asunto presente del Liberalismo diremos: que liberales completos se encuentran relativamente pocos gracias a Dios; lo cual no obsta para que los más, aún sin haber llegado al último límite de depravación liberal, sean verdaderos liberales, es decir, verdaderos discípulos o partidarios o sectarios del Liberalismo, según que el Liberalismo se considere como escuela, secta o partido.

Examinemos estas variedades de la familia liberal.

Hay liberales que aceptan los principios, pero rehúyen las consecuencias, a lo menos las más crudas y extremadas. Otros aceptan alguna que otra consecuencia o aplicación que les halaga, pero haciéndose los escrupulosos en aceptar radicalmente los principios. Quisieran unos el Liberalismo aplicado tan sólo a la enseñanza; otros a la economía civil; otros tan sólo a las formas políticas. Sólo los más avanzados predican su natural aplicación a todo y para todo. Las atenuaciones y mutilaciones del credo liberal son tantas cuantos son los interesados por su aplicación perjudicados o favorecidos; pues generalmente existe el error de creer que el hombre piensa con la inteligencia, cuando lo usual es que piense con el corazón, y aun muchas veces con el estómago.

De aquí los diferentes partidos liberales que pregonan Liberalismo de tantos o cuantos grados, como expende el tabernero el aguardiente de tantos o cuantos grados, a gusto del consumidor. De aquí que no haya liberal para quien su vecino más avanzado no sea un brutal demagogo, o su vecino menos avanzado un furibundo reaccionario. Es asunto de escala alcohólica y nada más. Pero así los que mojigatamente bautizaron en Cádiz su Liberalismo con la invocación de la Santísima Trinidad, como los que en estos últimos tiempos le han puesto por emblema ¡Guerra a Dios! están dentro de tal escala liberal, y la prueba es que todos aceptan, y en caso apurado invocan, este común denominador. El criterio liberal o independiente es uno en ellos, aunque sean en cada cual más o menos acentuadas las aplicaciones. ¿De qué depende esta mayor o menor acentuación? De los intereses muchas veces; del temperamento no pocas; de ciertos lastres de educación que impiden a unos tomar el paso precipitado que toman otros; de respetos humanos tal vez o de consideraciones de familia; de relaciones y amistades contraídas, etc., etc.

Sin contar la táctica satánica que a veces aconseja al hombre no extremar una idea para no alarmar, y para lograr hacerla más viable y pasadera; lo cual, sin juicio temerario, se puede afirmar de ciertos liberales conservadores, en los cuales el conservador no suele ser más que la máscara o envoltura del franco demagogo. Mas en la generalidad de los liberales a medias, la caridad puede suponer cierta dosis de candor y de natural bonhomie o bobería, que si no los hace del todo irresponsables, como diremos después, obliga no obstante a que se les tenga alguna compasión.

Quedamos, pues, curioso lector, en que el Liberalismo es uno solo; pero liberales los hay, como sucede con el mal vino, de diferente color y saber.


 

 

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