El mártir protector de la garganta

San Blas es conocido dentro de la tradición cristiana como “insigne protector” contra los males y enfermedades de garganta.

“San Blas bendito se me ahoga mi angelito” es una frase muy conocida dentro de la cultura paraguaya y la invocación de muchas madres que perciben que sus niños se atragantan, pues precisamente San Blas, conocido por la tradición de la Iglesia católica como el santo protector de la garganta, es el segundo patrono del Paraguay  y uno de los santos más populares de nuestro país. El Santo Obispo es invocado por aquellos que padecen afecciones en la garganta o los que tienen dificultades con el habla.

¿Quien piensa en los demás en el momento de las afrentas y torturas, sabiendo incluso, que se dirige hacia el más espantoso de los suplicios? Esto fue lo que sucedió con el Obispo Blas, quien  dirigiéndose a prisión, luego de ser capturado por los verdugos del gobernador Agrícola, se detuvo para cumplir el pedido de una madre desesperada que llevaba en sus brazos a su hijo agonizante por haberse tragado una espina de pez que quedó incrustado en su garganta, el amable Obispo detuvo la marcha, oró por el niño y siguió su camino.

Este es el milagro por el cual San Blas es conocido dentro de la tradición cristiana como “insigne protector” contra los males y enfermedades de garganta. De su vida se sabe que nació en Armenia, en la ciudad de Sebaste, actual Turquía, en la segunda mitad del siglo III. Fue médico de cuerpos y según cuenta la tradición era un hombre de mucha oración y moral intachable.

Cuando la persecución a los cristianos se respiraba en el ambiente allá por el año 320, bajo el gobierno del emperador Licinio, Blas ya era Obispo de la ciudad de Sebaste. El Obispo decidió huir de la terrible persecución y se refugió en un cueva, donde llevaba una vida entregada a la penitencia y a la contemplación. La actas que relatan la historia de San Blas señalan que la noche anterior a su arresto, se le aparece el Salvador instándole para que le ofrezca el sacrificio, entendiendo Blas que el Señor lo llamaba para ofrecer el cáliz del martirio, se levanta, ofrece los sagrados misterios y se presentan los ministros del prefecto. “Salte de tu gruta, le dicen”. Responde el Santo a la citación con rostro sonriente y las siguientes palabras: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”.

El traslado como reo de Blas a la ciudad de Sebaste constituyó un día memorable para los habitantes, todos salían al paso del tropel para ver al santo obispo, implorando su bendición y la curación de las dolencias. A pesar de los maltratos de sus opresores, Blas asistía a las súplicas de los que acudían a él, así como atendió el ruego de aquella mujer que cargaba con su hijo moribundo, a causa de una espina atravesada en la garganta, que se dirigía a él clamando: ¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo! el Santo oró por aquel niño y al instante sanó.

Presentado San Blas ante el prefecto, éste le pide con blandas palabras la renuncia al cristianismo y la adoración de los dioses. Blas rechaza enérgicamente con santa indignación la idolátrica propuesta. En consecuencia es apaleado terriblemente. El brutal castigo no arrancó del Obispo ninguna queja. Los sayones del gobernador cansados de ver al reo no desistir de su fe lo encerraron en la cárcel, incluso allí convirtió a muchos prisioneros.

No renegar de la fe en Jesucristo, era lo que encendía la furia de los hostigadores del Obispo Blas, cierto día lo colgaron de un madero y lo torturaron desgarrando su carne con garfios de hierro. Cómo veían que Blas mantenía firme su postura, el prefecto lo condenó a la decapitación junto a dos niños.

SanBlas-CDE-I

San Blas, Segundo Patrono del Paraguay

La historia de San Blas como patrono del Paraguay comenzó en 1538. Cuentan los historiadores que el fuerte de Corpus Christi era asediado por los indios caracaráes y timbúes debido a ciertos conflictos entre los españoles y estas tribus. Y, de hecho, los indígenas iban ganando la batalla cuando los españoles recibieron la ayuda de dos barcos y sus tripulantes, quienes llegaron al auxilio de sus compañeros. Dicen las crónicas recogidas por Ruy Díaz de Guzmán que estando en plena lucha contra los naturales, se divisó un hecho sobrenatural que causó el asombro de los indígenas. El acontecimiento  fue tan impactante que los indios cayeron deslumbrados por lo ocurrido, dejándose vencer por los españoles. Como ello ocurrió un 3 de febrero, fecha en que se recordaba a San Blas en Europa, los españoles atribuyeron aquel triunfo al Obispo mártir y lo nombraron patrono de los territorios del Paraguay (op. cit.)

Así mismo se cuenta que cuando Asunción fue elevada a la categoría de ciudad con la creación del Cabildo en 1541 por Domingo Martínez de Irala, fue esa institución la encargada de organizar las celebraciones, los organizadores prepararon para la procesión a dos estandartes con las figuras religiosas más importantes de la ciudad, la Virgen de Asunción y San Blas (Estragó, 1987).

El dia 3 de febrero, en nuestro país la tradición de la fiesta en honor a San Blas, se remiten a las ciudades de Piribebuy, Itá, Ciudad del Este y en la Colonia Obligado, estas ciudades tienen templos dedicados al Obispo mártir y durante las celebraciones los sacerdotes o diáconos bendicen a los feligreses  con esta fórmula: «Por la intercesión y los méritos de S. Blas, obispo y mártir, Dios te libre de los dolores de garganta y de cualquier otro mal».

El relato de la vida de San Blas y su valiente entrega como mártir de la fe debe impulsarnos a buscar por sobre todo una gran dependencia de Dios y su gran providencia. Invoquemos a San Blas en nuestras necesidades, no solo en las enfermedades de la garganta, sino también en nuestras necesidades espirituales, para que él que luchó con todas sus fuerzas contra los males de este mundo nos ayude a ser fuertes y perseverar hasta el final.

Oración a San Blas

Oh glorioso San Blas, que con vuestro martirio habéis dejado a la Iglesia un ilustre testimonio de la fe, alcanzadnos la gracia de conservar este divino don, y de defender sin respetos humanos, de palabra y con las obras, la verdad de la misma fe, hoy tan combatida y ultrajada.

Vos que milagrosamente salvasteis a un niño que iba a morir desgraciadamente del mal de garganta, concedednos vuestro poderoso patrocinio en semejantes enfermedades; y sobre todo obtenedme la gracia de la mortificación cristiana, guardando fielmente los preceptos de la Iglesia, que tanto nos preservan de ofender a Dios. Así sea.

Deja un comentario