El sentimiento en la Vocación

El que tiene la vocación ha de sacrificar familia, haberes, amistades, quizá cualquier amor o ideal humano, porvenir en el mundo, el propio querer y la comodidad.

Desde el artículo anterior, donde hemos visto las condiciones necesarias para la vocación, el Padre Emvin nos señala que «todo es cuestión de voluntad y de entendimiento con el cual se comprende y juzga lo que nos conviene para la santificación, perfección y salvación del alma, que busca su camino, y el del prójimo al que también quiere ayudar a salvarse».  Jesús dice: «Si quieres», y no: «Si te sientes atraído»

Están, pues, en un error los que exigen que el alma sienta una cierta atracción hacia el estado religioso, que vea claramente y se convenza sensiblemente de que Dios la quiere en la religión.  

Este fervor sensible y este sentimiento de certeza mezclada con entusiasmo acompañan muchas veces a una vocación verdadera, pero no son necesarios.

Muchas veces Dios los concede para que el alma se fortifique y supere una serie de luchas internas o externas por las que deberá pasar para llegar a alcanzar su ideal. De hecho, el que tiene la vocación ha de sacrificar familia, haberes, amistades, quizá cualquier amor o ideal humano, porvenir en el mundo, el propio querer y comodidad; debe dejarse a sí mismo… Sin una gracia que ayude a la naturaleza con las consolaciones espirituales, con un entusiasmo sensible, con una certeza y seguridad llenas de gozo, muchos no serían capaces de dar el gran paso y romper completamente con todo lo sensible y brillante para darse a lo que realmente vale más, pero que no nos es posible ni tangible porque es espiritual.  

Me acuerdo de un compañero mío de Noviciado. Siempre estaba pletórico de felicidad sensible y de consolaciones espirituales. Sentía a Jesús cerca de su alma, sentía la belleza de la vocación, la poesía divina del amor de Dios. Pasado un mes le pregunté:

— ¿Aún tiene consolación?  

— ¡Sí! Y si no, ¿cómo podría resistir todos estos sacrificios?  

Para él estas consolaciones eran necesarias; muchos, en cambio, no las tuvieron y perseveraron lo mismo en el propósito de servir a Dios hasta la muerte.  No se trata, por consiguiente, de sentir sino más bien de entender con el entendimiento, iluminado y elevado por la gracia, que, para mí , con todos mis defectos, debilidades, exigencias, deseos espirituales, carácter y circunstancias, la vida religiosa es lo más apto para salvarme , para ser santo o para vivir una vida digna de ser vivida.  

Lo dijo Jesús a San Pedro cuando éste, viendo que el Maestro había colocado el matrimonio en su primitiva seriedad y rigidez, exclamó: ¡Entonces no trae cuenta el casarse!  

—No todos entienden esto—le respondió Jesús—, “sed quibus datum est”, sino a aquellos a los cuales les es dada mi gracia. Y fue entonces precisamente cuando Jesús habló del voto de castidad, elemento esencial en la vida religiosa.  A primera vista parecerá que este libro está hecho para meter religiosos a todos sus lectores; ciertas pláticas sobre la vocación parece que no dejan ni una salida por donde poder escapar y, sin embargo, ¿cuántos se quedan fríos, escépticos, simples admiradores y por nada secuaces? Son aquellos “quibus datum non est”.  

A primera vista parecerá que este libro está hecho para meter religiosos a todos sus lectores; ciertas pláticas sobre la vocación parece que no dejan ni una salida por donde poder escapar y, sin embargo, ¿cuántos se quedan fríos, escépticos, simples admiradores y por nada secuaces? Son aquellos “quibus datum non est”.  

El que en cambio entiende que nuestra manera de razonar es exacta y que nuestra vida de religiosos es la más bella y juntamente ve que precisamente para él es lo que se requiere para hacerle feliz, ponerle a seguro, hacerle un bienhechor de las almas, etc., quiere decir que es uno de aquellos “quibus datum est”, ¡es un llamado ! ¡Y feliz él!

Por lo tanto, podemos concluir afirmando que: se tiene vocación cuando se está convencido (moralmente) de que la vida religiosa es la vida que mejor nos conducirá al fin por el cual Dios nos ha creado, con tal de que tengamos las condiciones requeridas y seamos admitidos por los superiores.


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