Elogio del pudor

El mundo secular apenas conoce hoy el valor del pudor.

Por P. José María Iraburu

Siguen creciendo en el mundo y en la Iglesia el impudor y la lujuria. Y siguen los predicadores silenciando en gran medida el Evangelio del pudor y de la castidad. Ésta es la causa principal de la degradación del mundo y de tantos cristianos en esta grave materia.

Es obvio que la situación del mundo y de la Iglesia hace necesario insistir en la predicación de esta virtud natural y cristiana. Señalo brevemente diez verdades principales con relación a esta materia.

1.–El pudor está ordenado a favorecer la castidad (STh II-II, 151,4). Y como la virtud de la castidad es tan valiosa en todos los estamentos del pueblo cristiano, por eso es también tan grave mal la pérdida del pudor. Difícil es que se mantenga firme la castidad donde reina el impudor en el vestir, en el hablar, en los espectáculos y medios de difusión. El ser humano, que está llamado a ser para sus prójimos «imagen de Dios», se degrada por el impudor, convirtiéndose en instrumento del diablo.

2.–El mundo secular apenas conoce hoy el valor del pudor, también desconocido en gran parte del mundo antiguo. Y la situación actual del mundo en el impudor y la lujuria es semejante a la que halló la Iglesia en los primeros siglos, o quizá peor.

Los cristianos degradados se hicieron mundanos, ignorando que «todo lo que hay en el mundo –concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de la riqueza– no procede del Padre, sino que viene del mundo» (1Jn 2,16).

3.–Dios infunde el pudor en Adán y Eva, después de su pecado. Así como la predicación de la Iglesia afirmó la verdad original del matrimonio, librándolo de muchas corrupciones –«al principio no fue así» (Mt 19,8)–, también reveló al mundo con su predicación que Dios mismo, después de la caída del hombre y de la mujer, quiso al principio librarlos de la vergüenza que sintieron al verse desnudos: «les hizo vestidos y los vistió» (Gén 3,7.21). El vestido es, pues, con-natural a la naturaleza del hombre caído; y la desnudez es una indecencia y un peligro.

4.–El Evangelio del pudor fue una gran novedad que la Iglesia predicó al mundo antiguo con gran fuerza. El testimonio del pudor en los primeros siglos fue para la Iglesia ocasión de muchas conversiones, y también de muchos casos de martirio. Y así como el Occidente cristiano difundió con la luz de Cristo por todo el mundo el pudor y la castidad, ahora, caído en la apostasía, es lógicamente el mayor difusor del impudor y de la lujuria entre las naciones. Corruptio optimi pessima. Por eso es evidente que uno de los elementos de la nueva evangelización ha de ser la predicación y el testimonio del Evangelio del pudor y de la castidad, que es desconocido, es algo nuevo para el mundo y para gran parte del pueblo cristiano.

5.–El impudor es una ocasión próxima de pecado. La vanidad y la sensualidad de la mujer le llevan al impudor, y éste despierta fácilmente en el hombre la lujuria: «todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5,28). Y lo mismo, mutatis mutandis, ha de decirse del hombre en relación a la mujer. Por eso todas las formas de impudor en vestidos, palabras, costumbres, espectáculos, libros, son un escándalo.

Y «al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!» (Mt 18,6-7).

Madre e hijas modestas

6.–La gracia de Cristo mueve al recogimiento de los sentidos, por ejemplo, el de la vista, cuando sobreviene la tentación del impudor. Y lleva también a evitar la frecuentación de aquellos lugares en los que el pudor se ve agredido con tentaciones especialmente graves, como sucede en ciertas playas o espectáculos. Si el cristiano no se ejercita con la gracia de Cristo en la mortificación habitual de sus sentidos, será para él imposible evitar el pecado y más imposible aún ir adelante en el camino de la santidad.

7.–El mundo presente, al ser una gran Escuela de Impudor, es por eso mismo una gran Escuela para ejercitar la virtud del pudor. El mundo trata de inculcar el impudor y la lujuria ya desde la escuela, y en todos los ambientes y ocasiones. Y esta agresión al mal solo puede ser resistida con un ejercicio muy continuo y enérgico de las virtudes. Ahora bien, cómo éstas crecen precisamente con los actos intensos (SThI-II, 52,3; II-II, 24,6), por eso, si cada vez que los sentidos del cristiano reciben una incitación al pecado rechaza con la gracia de Dios la tentación, crecen en él mucho el pudor y la castidad. Y crecen al mismo tiempo con ellas todas las virtudes morales, pues todas están conexas y crecen juntamente, como los dedos de una mano (I-II, 65,1). Y quiera Dios que en este santificante ejercicio el cristiano, al rechazar la tentación, no se limite a realizar actos negativos –aunque, en realidad, todos los actos son positivos–, sino que siempre motive sus negaciones con actos positivos de amor y fidelidad a Cristo Esposo: «Señor, centra en ti mi corazón por el amor, y hazlo libre de toda criatura».

8.–La predicación insuficiente del Evangelio del pudor y de la castidad es la causa principal de la degradación creciente de estas virtudes en el mundo y en la Iglesia. Concretamente la Iglesia viene sufriendo en estas materias escándalos muy dolorosos. La causa principal de éstos no es la maldad del mundo circundante, sino el silenciamiento de la doctrina cristiana sobre estas materias, e incluso una aceptación ideológica del impudor como si fuera un progreso de la conciencia moral de la humanidad moderna. Solo la predicación del Evangelio, solo la verdad, puede vencer los males del mundo o al menos hacernos libres de ellos.

9.–El pudor cristiano no se limita a no-escandalizar, sino que pretende expresar la santidad de Cristo en formas nuevas que iluminen la oscuridad del mundo con su bondad y su belleza. Los cristianos no hemos sido enviados por Cristo al mundo para no hacer males, sino para difundir y acrecentar en él toda clase de bienes. Es decir, para re-novar el mundo a la luz del Evangelio, creando nuevas formas, modas y costumbres. La mejor manera –o la única a veces– que tiene el cristiano para negarse a participar de los males presentes es afirmando nuevos bienes.

«No os conforméis a este siglo, sino transformáos por la renovación de la mente, para que procuréis conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta» (Rm 12,2).

10.–Laicos, sacerdotes y religiosos, todos los cristianos estamos llamados a la santidad, también evidentemente en el pudor y la castidad. En lo referente al vestir, por ejemplo, tanto las religiosas como las seglares deben ser reflejo de la santidad, pobreza y dignidad de Cristo. Aunque en modos diversos, según sus distintos estados, unas y otras deben vestir en formas absolutamente decentes. De hecho, una heterogeneidad extrema en el vestir de religiosas y laicas es ajena a la tradición católica, y solamente ha podido producirse en tiempos de apostasía generalizada entre los bautizados, y en clave de mundanización.

Que la Llena-de-gracia interceda por nosotros.

Deja un comentario