Es Necesario Probar Las Vocaciones

Es Necesario Probar Las Vocaciones

Es necesario que la vocación se asegure, eche raíces profundas de convicción, se alimente con la oración, la conversación y el apostolado, y finalmente sea probada.

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas” del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I. – Editado por Formación Católica

Decimos que debe probarse finalmente, es decir, al fin, cuando ya la vocación no es una tierna plantita sino que va convirtiéndose en árbol, o sea, cuando el joven se ha dado cuenta de lo que hace y el tiempo le ha dado la posibilidad de asimilar en su corazón todo el complejo de obligaciones, gozos espirituales y sacrificios que tendrá que experimentar en el nuevo género de vida que libremente ha elegido.

Así pues, se equivocan enteramente los que acogen los primeros ímpetus del joven que siente vocación con un jarro de agua fría, como suele decirse. Estos tales se preocupan demasiado en hacer ver el lado difícil y lleno de sacrificios que tiene la vocación y con un celo digno de mejor causa procuran alejarlo de su propósito.

Algunos sacerdotes obran así para que se vea que son ajenos a todo espíritu de proselitismo y que no quieren de ninguna manera influir en la decisión del joven; quieren hacer ver que en tal asunto ellos no están interesados. Sin embargo, no caen en la cuenta de que su modo de proceder puede ser contraproducente en el joven, el cual ve en el sacerdote su amigo y su ideal y obedece con docilidad a todo lo que le manda. El muchacho ciertamente habrá alcanzado una victoria sobre sí mismo para revelar su secreto guardado con celo y espera de nuestra parte una comprensión completa; más aún, se figura que nos da una alegría manifestándonos su vocación.

Pensad qué desilusión ha de ser para él oír: «¿Tú, religioso? ¡No me hagas reír! ¿Te parece quizá que es cosa fácil llegar a ser sacerdote? ¡Deja esas tonterías que te vienen a la cabeza! Eres joven y apuesto, ¿quieres encerrarte en un convento? ¿O enmohecerte en las sacristías…? ¡Dios  llama a jóvenes santos no a los que son como tú…! Si quieres un consejo piensa en estudiar y en ser un buen cristiano en el mundo».

¡Y éstas son frases auténticas! No es ésa la manera de probar las vocaciones. Es inútil decir después que si el joven resiste a vuestra frialdad inicial cambiaréis de manera de obrar y lo tomaréis en serio. El joven si es inteligente no volverá más y hará muy bien, y si llegáis a acercároslo de nuevo y hablarle animándole, no os creerá; porque ha visto que no fuiste sincero con él.

Y con todo eso quedará perplejo, disgustado y quizá desorientado antes de tiempo.

Conviene, en cambio, tomar la cosa seriamente y con gravedad desde el principio, y eso puede hacerse muy bien sin dar la sensación de que le queréis influenciar.

«¿De veras? ¿Tienes vocación? Sería una grandísima gracia de Dios. Te deseo eso, que puedas llegar, porque, en verdad, serías un joven feliz. Pero, cuéntame, un poco, ¿cómo te ha venido ese pensamiento?». Y así, con calma, sale todo fuera con sinceridad y con un cierto sentido de amistad y confianza y a la vez puede examinarse el caso con tranquilidad. El joven será vuestro amigo y viendo vuestra sinceridad se abrirá con vosotros convencido de que poniéndose en vuestras manos estará bien guiado.

Antes de seguir adelante es necesario que tengamos ideas claras sobre este particular. Podrá parecer inútil porque el que tiene verdadera vocación piensa seguirla no porque se le obliga, sino porque él mismo desea alcanzar lo antes posible su ideal. Pero el demonio puede asaltarle con fuertes tentaciones, haciéndole aparecer bellísimas las diversiones del mundo y terriblemente insoportables los sacrificios de la vida religiosa, tanto que muchas veces después de poco tiempo estos jóvenes sienten la necesidad de preguntar:

«Padre, ¿es pecado no seguir la vocación?».

Si él, andando el tiempo, se va convenciendo de que su decisión fue tomada en un momento de entusiasmo y que realmente la vida religiosa no es para él por razones que su Padre espiritual aprueba, está claro que no peca si se retira de su decisión. En este caso su decisión puesta a prueba aparece como no bien hecha o equivocada.

Lo peor es cuando el joven, convencido de tener verdadera vocación, no la quiere seguir por razones humanas y fútiles o por capricho: «¡Me gusta el mundo! Me fastidia ser religioso. Me parece que haré el ridículo con el hábito. No quiero porque no quiero».

Y son hechos reales que suceden.

Conocí a un joven bueno, muy inclinado a la piedad, amigo sincero de la gracia de Dios. Hablé con él de vocación y le encontré ya casi decidido. A los pocos días estaba convencido de que Dios le llamaba y radiante de alegría hablaba a cada momento de su vocación. Pasaron dos meses; había hasta intentado atraer a otros hacia el ideal de la vida religiosa; meses de apostolado y de fervor.

Un día vino a mi aposento todo desencajado. Se sienta y me dice exabrupto:

— ¡Ya no quiero ser religioso!

Creí que bromeaba y me reí.

—No; lo digo en serio.

—Pero ¿por qué?—pregunté poniéndome serio yo también.

—Porque no quiero.

—Pero, ¿es que tienes alguna dificultad en la vocación? ¿Es que te has dado cuenta ahora de que Dios no te llama?

—No, estoy convencido y segurísimo de que tengo vocación, pero no la quiero seguir. No diré que sí al Señor.

¡Quedé espantado! Procuré hacerle ver que se trataba de una tentación del demonio, el cual ciertamente preveía el gran bien que haría una vez fuese sacerdote.

Todo fue inútil. Se cerró en un mutismo hermético, ni siquiera me miró una sola vez a la cara.

Cuando le despedí tuvo aún la preocupación de decirme:

—No me considere más entre los que quieren hacerse religiosos.

Después, poco a poco, empezó a dejar la comunión, la oración, hablaba contra los que se querían hacer religiosos (probablemente para acallar su conciencia), después dejó el colegio y ya no se le vio casi nunca.

¡Misterios del corazón y de la libertad humana!

 


Si quieres ver los demás artículos de esta serie:

Deja un comentario