Examinando una vocación

Inicia la Segunda parte de las reflexiones del Padre Emvin Busuttil, S.I sobre las vocaciones.

Para poder examinar una vocación es preciso ante todo saber qué es. Y, sin más, hemos de declarar que es un acto de misterioso amor de predilección por parte de Jesús hacia un alma a la cual Él llama al sacerdocio o a la vida religiosa.

¿Qué es? Condiciones para la vocación
-Esencialmente es un acto de amor. Lo dice el Evangelio cuando habla del joven que asegura al Maestro Divino el haber observado siempre los Mandamientos, pero que con todo siente que todavía le falta algo. Entonces, dice San Lucas, el Salvador «intuitus eum dilexit eum» (mirándole, le amó, y le dijo), posó sobre él su mirada, mirada divina, escrutadora y creadora, y en aquella mirada puso todo su Corazón. Fue una mirada de amor… Nos recuerda un poco a aquella otra frase del Evangelio, a propósito de otro llamamiento: «Rexpexit humilitatem Ancillae suae» (Ha mirado la humildad de su esclava).

– Es un acto de amor misterioso, porque siempre será verdad que nadie sabe por qué Jesús
llama a este joven más bien que a aquel otro. No son los méritos o la bondad del individuo los que determinan su llamamiento; depende únicamente de la libre elección hecha por el Redentor. «Non vos me eligistis, sed ego…» (No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo…). Sólo Él obra en este negocio; Él llama a quien quiere y porque quiere.

– El que es llamado, pues, es un elegido, un predilecto, un privilegiado. Para él está preparado el trato de una intimidad divina con el Redentor. El se pondrá a Sí mismo en sus manos, obedecerá a su palabra, le confiará lo que le es más querido: las almas.

¡Qué tonto fue el joven del Evangelio en no aceptar aquel acto de predilección! Y todo…
«porque poseía muchas riquezas». No importa si quizá pecó o no rechazando la propuesta; lo que sí es cierto es que lo perdió todo, se quedó siendo uno de tantos y por añadidura se fue con la tristeza: «abiit tristis!».

UN POCO DE TEOLOGÍA

Veamos un poco la definición de vocación, o mejor, lo que según los teólogos se debe tener y basta tener para estar ciertos de ser llamados por Dios. Distingamos varios puntos.

Vocación general: Sería la invitación a la perfección que Jesús dirige a todos los fieles, pero que no implica necesariamente un estado de vida particular. De hecho todos somos llamados a santificarnos, cada cual en su propio estado.

Algunos, sin embargo, insisten diciendo que existe un llamamiento general que se refiere a los consejos evangélicos y, por lo tanto, a la vida religiosa, y aducen como prueba de su aserto las palabras de Jesús al joven del Evangelio: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes… y ven, sígueme». Y como estas frases de Jesús, bien que dichas a un individuo en particular, suele dirigirlas el Maestro Divino para enseñanza de todos, se puede también pensar que Él haya querido dar a todos aquellos «que desean ser perfectos» el consejo de venderlo todo y de seguirle en la pobreza, castidad y obediencia.

Tanto más existiendo otras palabras de Jesús aún más genéricas, con las cuales promete el ciento en esta vida y también la vida eterna a todos los que dejaren padre, madre, hermanos, hermanas, campos, hijos, etc., «propter nomen meum» (Por mi nombre). Y aquí, ciertamente, se habla de vocación.

De donde nació la sentencia de algunos teólogos que afirman que, en cierta manera, todos estamos llamados a la vida religiosa; basta que queramos ser perfectos. No queremos insistir sobre esta conclusión; bástenos saber que muchos sostienen esta sentencia. No sería oportuno aquí hacer una defensa o una refutación.

Vocación particular: Es el llamamiento individual que Dios hace solamente a quien Él quiere llamar al estado sacerdotal o religioso. Especialmente consiste:
A) En dotar al llamado de aquellas dotes morales, espirituales y físicas que le hacen apto para tal estado de vida, y

B) En darle una gracia interna, mediante la cual el joven llegue a juzgar la vida religiosa como un estado más perfecto que el estado laico y que más fácilmente conduce a la salvación eterna; pero este juicio no ha de ser únicamente teórico y efectuado considerando los dos estados en sí mismos y objetivamente, sino que ha de llegar a la persuasión y a la convicción de que prácticamente y para él la vida religiosa es mejor, más perfecta en orden a su santificación y más segura en orden a su salvación eterna.

Sin esa gracia interna y sobrenatural el joven podrá llegar a entender que la vida religiosa es más perfecta que la vida laica como lo llegan a comprender aun los no católicos, pero no llegarán nunca a la convicción práctica de que para él (con su carácter, dotes, circunstancias de vida y aspiraciones) la vida religiosa es el camino que mejor que cualquier otro le conducirá a la consecución perfecta y completa del fin por el cual Dios le ha creado.

Esta sería la vocación interna ya que la ha hecho Dios privada, individual y particularmente en el interior del alma.

Vocación externa: Es la definitiva admisión del candidato hecha por la legítima autoridad en nombre de la Iglesia.

Realizada esta admisión la vocación no es ya de carácter interno y privado, sino que se completa y sanciona definitivamente y, casi diría, se concreta por la autoridad competente.
Alguien ha dicho que la vocación propiamente dicha consiste sólo en esta vocación externa,
pero los más sostienen que se requiere también aquella interna; de otro modo tendríamos la
«forma» pero no la «materia».

Ciertamente es necesaria la admisión por parte del superior de modo que «ninguno tiene derecho a ser ordenado antecedentemente a la libre elección del obispo», pero esto sería más bien un  «completar la vocación exteriormente y de frente a la Iglesia» .

De aquí no se sigue que la vocación esencial y adecuadamente (esto es completamente) se reduzca a la sola aceptación por parte del obispo o del superior religioso. De hecho éstos no pueden hacer apto al individuo ni infundirle la recta intención, porque sólo Dios es el que puede dar estas dos condiciones necesarias.

Ni se ha de pensar que el obispo o el superior religioso esté directa e infaliblemente iluminado por Dios para saber quiénes son los escogidos para el ministerio divino. Antes de dar su consentimiento debe investigar y examinar para ver si Dios, cuyo representante es, llama o no al joven que se le presenta.

Así, pues, en resumen, la vocación se constituye de estos tres elementos:

1ro.) Que el joven tenga recta intención, la cual consiste en que esté convencido de que para él el estado religioso o la vida sacerdotal le conducirá mejor, más perfecta y seguramente a la consecución de su último fin. Por consiguiente, escogerá el estado religioso o sacerdotal por motivos sobrenaturales no por motivos de interés material o natural.

2do.) Que esté adornado de aquellas dotes intelectuales, morales y físicas necesarias al estado que quiere abrazar.

3ro.) Que sea admitido por el superior de la diócesis o de la religión en la cual quiere entrar.
Nada más parece que pida el Derecho Canónico que, en el canon 538 dice: «Puede ser admitido en la religión cualquier católico que esté libre de impedimentos, que esté movido de recta intención y que sea idóneo para satisfacer las obligaciones de la religión» (esto es, que sea capaz de observar las reglas, penitencias y demás deberes).

Pero ¿quién ha de juzgar la idoneidad del candidato? Aquellos que tienen el poder de admitirle en la religión o en la diócesis, o sea los superiores (Cf. Canon 543).

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas” del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I. – Editado por Formación Católica  

 

 


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