Existencia de Dios 03: Por el movimiento, orden y vida de los seres creados

Los seres creados, su movimiento, vida y el orden en el que se desarrollan, hablan de un ser inteligente que hubo de haberles comunicado esas perfecciones.

Por el P. Hillaire
Tomado del libro «Religión Demostrada»

¿Se puede demostrar la existencia de Dios, por el movimiento de los seres creados?

Sí, porque no hay movimiento sin un motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo, obedece a algún movimiento que tiene que ser producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, es preciso que lleguemos a un primer motor, eterno, necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.

Primero: Sostiene la Mecánica, que es parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal, una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí solo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego para producir un movimiento, es necesario un motor.

Segundo: Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 km. de circunferencia, que realiza una rotación completa sobre sí misma durante cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad de 28 km. por minuto. En 365 días da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 km. por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas….

Tercero: Todo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido: hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento, es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.

¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el universo?

Sí, todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto es el orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.

Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.

Primero: No se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Si arrojamos sobre el suelo un montón de letras mezcladas, ¿acaso podrán producir un libro si no hay una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Juntemos en una caja todas las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde, para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!

Segundo: El orden que reina en el universo es perfecto: a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y la noche al día; las estaciones se suceden unas a otras. La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto. La consecuencia es esta: este orden tan admirable supone un ordenador.

Algunos dicen: este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce. Otros dicen que ello se da por consecuencia de las fuerzas o leyes naturales. Eso es correcto, pero, precisamente, la existencia de esas leyes, suponen la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe un legislador. ¿Quién ha dictado esas leyes?… ¿Quién las mantiene?… ¿Quién las dirige?… La materia es, de suyo, inerte; luego existe un ser distinto que la mueve. La materia es ciega; luego existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un orden perfecto.

Resumiendo: Todo efecto debe tener una causa proporcionada: el orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de Dios.

Para Newton, el mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo; por eso solía repetir las palabras de Platón: «vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente, porque observáis orden en mis palabras y acciones; concluid pues, contemplando el orden que reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que existe un Dios».

El mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento. Afirmaba que era preciso perder por completo el juicio para no deducir de la existencia del mundo la existencia de Dios, a la manera que a la vista de un reloj, deducimos la existencia de un relojero. Se discutía un día en su presencia sobre la existencia de Dios; y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la habitación había, exclamó:

¡Cuánto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si no lo hubiera construido un relojero!

 

¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los seres vivientes?

Sí, La razón, la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra. Y como ese Creador no puede ser sino Dios, se sigue que de la existencia de los seres vivientes, podemos concluir la existencia de Dios.

Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas, la de los animales y la del hombre?

La razón nos dicta que no ya la vida intelectiva del hombre, ni la vida sensitiva de los animales, pero ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la materia. ¿Razón? Porque nadie puede dar lo que no tiene; y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.

Los ateos no saben qué responder a este dilema: o bien la vida ha nacido espontáneamente sobre la Tierra, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo, que fecunda a la materia y hace germinar en ella la vida. Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de Pasteur, nadie se atreve a defender la hipótesis de la generación espontánea; la cien- cia establece que nunca nace un ser viviente si no existe un germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.

¿Y cuál es el origen del primer viviente en cada una de las especies? Re- montémonos cuanto queramos de generación en generación; siempre llegaremos a un primer creador de todos los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar seriamente a los ateos.

 

Todos los seres del universo, ¿prueban la existencia de Dios?

Sí, cuantos seres existen en el universo son otras tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de una causa que les ha dado el ser, de un Dios que los ha creado a todos.

Muy bien conocen los sabios los elementos que integran cada uno de esos seres; y, sin embargo, no son capaces de producir uno solo; no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba.

Preguntaba Lamartine a un picapedrero de Saint Pont: «¿Cómo puedes conocer la existencia de Dios, si jamás has asistido a la escuela, ni a la doctrina, ni te han enseñado nada en tu niñez, ni has leído ninguno de los libros que tratan de Dios?»

Le respondió el picapedrero: «¡Ah, Señor! Mi madre, en primer lugar, me lo ha dicho muchas veces; además, cuando fui mayor, conocí a muchas almas buenas que me llevaron a casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres. Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de Él, y aun cuando nunca hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias, ¿no existe otro catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun de los más ignorantes? ¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto, para leer el nombre de Dios? ¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido? Ignoro qué opinarán los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una estrella, sino una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena, sin decirle: ¿Quién es el que te ha creado?»

Lamartine replicó: «Dios – se responderá usted mismo.»

Así es, señor – añadió el picapedrero – esas cosas no pudieron hacerse por sí mismas, porque antes de hacer algo, es necesario existir; y si existían no podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las cosas. Usted conoce otras maneras más científicas para darse razón de ello.

No – repuso Lamartine – todas las maneras de expresarlo coinciden con la suya. Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.


 

 

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