La empresa matrimonial

Los primeros años de casados, constituyen la etapa donde se aprende a ser cónyuge.  

Por Gregorio Cataldi

La empresa matrimonial, como toda organización tiene sus procesos. Y cada retazo de estas etapas llega con sus propios desafíos. Dicen los expertos en la materia: La primera etapa sería la de transición y adaptación temprana, es decir, en la relación de pareja que dura los primeros años de casados. Es la difícil misión de aprender a ser cónyuge.

Es la etapa donde comienzan a aflorar desilusiones: “No era lo que yo pensaba”. Luego, pueden aparecer resentimientos y sentirse traicionados en sus deseos más íntimos. Ante esta realidad, para “salvar el matrimonio” hay parejas que callan y se guardan para sí las amarguras y los conflictos crecen.

Otros pelean, incapaces de ceder, nunca llegan a soluciones adecuadas. Por lo tanto es una etapa en la que se impone negociar desacuerdos. Ej.: Las crisis más frecuentes en este período son las influencias de sus familias de origen, que dificulta la autonomía que toda pareja necesita.

No es secreto que los problemas aumentan cuando hay dependencia de tipo económico o cuando los esposos son inmaduros para resolver por sí mismos sus diferencias. Las amistades también suelen interferir en la sagrada intimidad de los cónyuges.

La Paternidad –contradictoriamente- es, o puede ser otra etapa difícil. Ya opáma la luna de miel. El ser padres, produce grandes satisfacciones, pero también es una etapa de presiones constantes; todo cambia en el hogar cuando llegan los bebés; demandan mucha atención y tiempo. Algunos han llamado a este momento “el bache del bebé” y el peor error es centrarse demasiado en ellos y descuidar la relación de pareja.

Otro desafío: Los esposos tienen iguales derechos y obligaciones. Este tipo de relación nos puede parecer  la mejor y la más saludable, pero en la vida real se dan casos  en las que ambos “compiten por el poder”. En este tipo de relación quien cede acumula enojo y resentimientos, sintiéndose que no es tomado en cuenta y que es poco valorado, y como sabemos, más temprano que tarde, estas emociones van a aflorar en la relación conyugal. La idea de divorcio acecha.

Entonces, debemos “parar la pelota, mirar alto, respirar profundamente” y establecer alguna táctica como esposos y padres; estabilizar la barca conyugal en medio del agitado mar de la vida.

 

Cuber y Harroff clasifican a las parejas en cinco tipos:

1.- El matrimonio habituado al conflicto: Este matrimonio se caracteriza por tener constantes conflictos, pleitos, y se respira un ambiente de gran tensión. Realmente continúan juntos únicamente por los hijos, pero se sienten completamente infelices.

2.- El matrimonio desvitalizado: Se refiere a matrimonios que viven de manera paralela, con intereses y actividades diferentes. Son apáticos y fríos uno con el otro. El conflicto, aunque abiertamente no existe, se encuentra reemplazado por falta de vitalidad y entusiasmo, no comparten metas comunes.

3.- El matrimonio que congenia en forma pasiva: Este matrimonio es “placentero” para ambos. Hay un “compartir” en el área de intereses, pero existe también una interacción distante. Los contactos interpersonales son con el exterior y los intereses de ambos son con otras personas.

4.- La relación vital: Esta relación es excitante y satisfactoria, además  es importante para ambos en una o varias áreas, como la crianza de los hijos, el trabajo, la diversión, etc. Los cónyuges trabajan juntos con entusiasmo. El otro es visto como indispensable para el goce de las actividades que realizan en conjunto. A pesar conflictos ocasionales, es una unión enormemente satisfactoria y una fuerza en el crecimiento del individuo.

5.- El matrimonio total: El grado de acercamiento, en este matrimonio es similar al anterior. En él, todas las actividades son compartidas y el otro es indispensable para todo. Este tipo de relación es rara, pero posible. En toda pareja hay dificultades.

El divorcio es MÁS problema, NUNCA la solución.

 

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