La luz de la resurrección

Reflexiones sobre la Noche de Pascua: “De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados”.

 

Por Cristian Alfonso

En la noche de la Vigilia Pascual, en medio de la oscuridad, se yergue luminosa, frente al templo, una gran fogata; de ese fuego bendito se enciende el cirio pascual, y de éste, todas las velas de los fieles. Esta luz que vence a la oscuridad, es la luz de Cristo que venció al pecado y a la muerte, la misma que alumbró a la humanidad desterrada, la misma que iluminó el sepulcro de Cristo en el momento de la resurrección y que habita en cada hijo de Dios, desde su bautismo. Por eso, la luz de la resurrección que el cristiano contempla en la noche de Pascua, es la mayor de sus alegrías; la alegría de ver a su Dios que se hizo hombre y murió por él, resucitar de entre los muertos.

 

La Pascua es el tiempo litúrgico más importante del año por el gran misterio que contiene y celebra: “la resurrección gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos”. Pues toda la fe de la Iglesia está fundada en la resurrección de Cristo. Ya bien lo decía el Apóstol San Pablo que si Jesucristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe.

La Pascua judía

En el Antiguo testamento, se ve prefigurada esta importante celebración, desde que los judíos, por manos de Moisés, dejaron la esclavitud de Egipto y cruzaron a pie el Mar Rojo, empezando su éxodo hacia la tierra prometida. Los judíos celebran el 14 del mes de Nisán o mes de las espigas, la Pascua, o paso de la esclavitud a la libertad; esta celebración judía es el símbolo de aquello que en la Iglesia se celebra: el paso de la esclavitud de la muerte por el pecado a la libertad de los hijos de Dios.

La celebración de la Pascua judía consistía en una cena: tenían que sacrificar un cordero de un año, sin manchas, y comerlo sin quebrar ninguno de sus huesos. De la misma manera, en la Pascua real y definitiva, Jesucristo será el cordero que se sacrificará y a quien, como lo canta David en sus salmos, no le han roto ninguno de sus huesos.

En esta cena pascual, comían además panes ácimos, es decir, sin levadura, y cuatro copas de vino. Prefigurando el banquete eucarístico que envolverá la celebración de los misterios pascuales en la Santa Misa. Durante esta cena, en la cual participaba toda la familia, el padre, o el hijo mayor en ausencia del padre, contaba a los más pequeños los prodigios que hizo Dios con el pueblo de Israel, sacándoles de Egipto, abriendoles el mar rojo, enviándoles maná para que se alimentaran, haciendo brotar agua de la roca, dándole la tierra prometida, y la victoria sobre sus enemigos. Así también la Iglesia, con la liturgia, canta las proezas que Dios ha hecho con sus hijos, a quienes ha dado el mismísimo cielo.

La pascua cristiana

Después de la Ascención de Jesucristo a los cielos y tras la venida del Espíritu Santo, los apóstoles salen de su encierro y predican la resurrección de Cristo, formándose así las primeras comunidades cristianas, que se reunían generalmente en lugares ocultos -como en catacumbas- para la fracción del pan, liturgia que celebraba el “Dies Domini” (Día del Señor), o sea domingo, “día en que Cristo venció a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal” (Plegaria Eucarística I). Centraban así el culto a Dios en la resurrección de su Hijo, conscientes de que es el Misterio que da sentido a su fe.

Con la posterior posibilidad de construir templos y testimoniar la fe libremente, la celebración de la Pascua fue desarrollándose en cuanto a los ritos pero no en cuanto a su esencia que fue y será la misma en todos los siglos pasados y venideros. El Misterio Pascual es celebrado desde entonces y cada vez con mayor solemnidad, con mayor reverencia, fruto de una mayor fe, de un amor mayor a Dios Padre, para que todo el crea en él se salve.

La pascua semanal

Jesucristo, al resucitar un día domingo, santificó ese día, así como Dios santificó el séptimo día de la creación. Dios Padre había santificado el último día, como término de la creación del universo. Pero Dios Hijo, santificó el primer día, como inicio de la nueva creación que se abría por medio de la gracia y de la fe en Cristo.

Es por eso que los domingos la Iglesia celebra los misterios de la fe, con la máxima de las solemnidades. Es un día de profunda y verdadera alegría pascual, la alegría de la resurrección de nuestro Señor.

La misa dominical constituye el centro de la semana, la acción litúrgica y de piedad obligatoria para todo católico en su virtud de sacerdote, profeta y rey, desde el momento del bautismo.

La pascua anual

Pero la pascua semanal, tiene su sentido de ser a partir de la Pascua anual. La solemnidad de las solemnidades, la fiestas de la fiestas, la alegría de las alegrías. Es una alegría que se extiende por cincuenta días , es decir, siete semanas, como símbolo de plenitud e imagen de eternidad, por ser el 7 el número de la perfección, de la divinidad, de la plenitud, de eternidad.

La Pascua es el tiempo para el cual nos fuimos preparando durante cuarenta días, con ayunos, mortificaciones y sacrificios. Y como las cosas podemos medirlas por el tiempo y por el grado de preparación, una preparación intensa de cuarenta días, que es lo que Iglesia nos pide cada año en la Cuaresma, nos habla de cuan importante es el acontecimiento que celebramos cada año en la Pascua. Tan central es este misterio que la Iglesia lo celebra con una octava, es decir que todos los días de la semana desde el domingo de Pascua hasta el siguiente domingo, son como si fueran un solo día.

La resurrección de Cristo

Jesucristo resucitó al tercer día después de su muerte, volviendo a unirse a su divinidad su cuerpo y alma, ahora glorificados, para nunca más morir. Lo testimoniaron primero los ángeles, luego las mujeres, después los apóstoles; todos ellos lo pregonaron a los cuatro puntos cardinales. Pero fue la Virgen la primera, según una venerable tradición, que vió a Jesús resucitado y glorioso, por ser ella la que más esperaba este hecho anunciado.

Ninguna otra noticia puede ser comparada a esta: que Jesucristo, nuestro Rey y Señor, que quiso sentarse en el trono de la cruz, muriendo en él, resucitó, volvió a la vida, con sus propias fuerzas o por su propia virtud. Ninguna penuria, ni ningún sacrificio, ninguna tentación nos apartaría del amor de Dios, si meditáramos más en la Resurrección de Cristo. Porque ella acompaña una promesa: “nuestra propia resurrección”. Si meditáramos más en la resurrección de Cristo, se acrecentará nuestro deseo de resucitar con Él. Y en pos de esa resurrección no habrá sacrificio que no aceptaremos gustosos. Porque lo que el mismo Jesucristo hizo -abrazar la cruz- lo hizo porque sabía que iba a resucitar.

Bendito sea Jesucristo que no se quedó inmóvil en el sepulcro, sino que victorioso salió de él.

 

Deja un comentario