La oración del cuerpo: la mortificación

Los santos de ayer y de hoy han enseñado siempre la necesidad de la mortificación para unirse a Cristo. 

La mortificación es una práctica ascética que lleva al cristiano a renunciar a cuanto pueda ser obstáculo al perfecto amor a Dios y al prójimo, dominando las tendencias desordenadas del amor a sí mismo y a las cosas creadas, haciendo posible así que la gracia de Cristo sea más eficaz en él. Los Padres de la Iglesia siguieron siempre esta doctrina y reconocieron la necesidad de la mortificación y consideraron su práctica como una manifestación del amor de Dios.

San Pablo considera la práctica de la mortificación como una manifestación del Espíritu Santo: «Hermanos, no somos deudores a la carne, para vivir según la carne; porque si viviereis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis; porque los que se rigen por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Romanos 8,12-14). Además nos recuerda cual es el fin de la mortificación: «Y siendo hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Jesucristo, si padecemos con Él, para que seamos con Él glorificados» (Romanos 8,17). En la Epístola a los Gálatas confirma esta doctrina: «los que son de Cristo tienen crucificada su propia carne con los vicios y las pasiones. Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el mismo Espíritu» (Gálatas 5,24,25).

¿Por qué es necesaria la mortificación?

Mortificar significa, literalmente, “dar muerte”, “hacer morir”. Esto no se refiere a dar muerte al cuerpo -a la materialidad de nuestra dimensión física- sino al pecado y a la inclinación a este. (cf. Col 3,5). Así, pues, la mortificación es necesaria para la salvación por cuatro motivos principales: 1- Porque el mismo Cristo la pide. 2- Porque nos sana de las consecuencias del pecado original. 3- Porque nos sana de las consecuencias de nuestros pecados actuales (Penitencia). 4- Porque nos asemeja a Cristo crucificado.

Porque el mismo Cristo la pide

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Nuestro Señor Jesucristo habló en muchas ocasiones sobre la mortificación. Todo sufrimiento en su vida fue ofrecido al Padre por la redención de las almas. En el Sermón de la Montaña, nos enseña la necesidad de la mortificación, es decir de la muerte al pecado y a sus consecuencias, insistiendo sobre la sublimidad de nuestro fin sobrenatural que consiste en ser “perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial” (Mt 5,48).

Porque nos sana de las consecuencias del pecado original.

“La vida del hombre sobre la tierra es una lucha” (Job 8,1). Esta batalla interior ha sido descrita en la tradición bíblica y espiritual de la Iglesia como la “lucha entre la carne y el espíritu”, entre el “hombre viejo y el hombre nuevo” (Ef 4,17-32), “porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí”  (Gál 5,17). Esta lucha no es contra la corporeidad que en sí misma es buena, sino contra los apetitos desordenados de la carne.

El viejo hombre, tal como nace de Adán, encierra un desequilibrio no pequeño en su naturaleza herida. Lo vemos claramente si consideramos lo que era el estado de justicia original, antes del pecado original. Era una armonía perfecta entre Dios y el alma creada para conocerle, amarle y servirle, y entre el alma y el cuerpo; en tanto el alma guardaba esa sumisión a Dios, las pasiones de la sensibilidad permanecían también sometidas a la recta razón iluminada por la fe, y a la voluntad vivificada por la caridad; el cuerpo participaba por privilegio de esta armonía, y no estaba sujeto ni a la enfermedad, ni a la muerte.

Esta armonía fue destruida por el pecado original. El primer hombre, por su pecado, como lo dice el Concilio de Trento, “perdió para sí y para nosotros la santidad y la justicia original”, y nos transmitió una naturaleza caída, privada de la gracia y herida. Preciso es reconocer, con Santo Tomás, que venimos al mundo con la voluntad alejada de Dios, inclinada al mal, débil para el bien, con una razón que fácilmente cae en el error, y la sensibilidad violentamente inclinada al placer desordenado y a la cólera, fuente de injusticias de toda clase.

Existe, también el desorden de la concupiscencia, de la inclinación al mal. En lugar de la triple armonía original entre Dios y el alma, entre el alma y el cuerpo, entre el cuerpo y las cosas exteriores, nació el triple desorden de que nos habla San Juan cuando escribe (1 Jn 2,16): “Porque todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; lo cual no nace del Padre, sino del mundo.”

A este “hombre viejo”, no sólo hay que moderarlo y someterlo; es preciso mortificarlo y hacerle morir. De lo contrario, nunca conseguiremos el dominio sobre nuestras pasiones, y siempre seremos esclavos suyos. Y habrá oposición y perpetua guerra entre la naturaleza y la gracia.

La mortificación nos es, pues, necesaria contra las consecuencias del pecado original, que continúa existiendo aún en los bautizados, como ocasión de lucha, y hasta de lucha indispensable para no caer en pecados actuales y personales. No tenemos por qué arrepentirnos del pecado original que no fue voluntario sino en el primer hombre; pero debemos esforzamos por hacer desaparecer las pecaminosas consecuencias de ese pecado, en particular la concupiscencia, que inclina a los demás pecados.  

Porque nos sana de las consecuencias de nuestros pecados actuales (Penitencia) .

La penitencia es la mortificación que se hace para reparar por nuestros pecados personales. Es pues cosa clara que la mortificación es para nosotros una necesidad en razón de las consecuencias de nuestros pecados personales. El pecado actual repetido engendra vicios. Cuando confesamos nuestras faltas con contrición o atrición suficiente, la absolución borra el pecado, pero deja en el alma cierta disposición a volver a caer en el mismo vicio, que es consecuencia del pecado. De modo que aun después del bautismo queda el fondo de todas las malas pasiones. No hay duda, por ejemplo, que aquel que se ha dado al vicio del alcoholismo y se confiesa con atrición suficiente, si bien recibe, con el perdón, la gracia santificante y la virtud infusa de la templanza, conserva, sin embargo, la inclinación a aquel vicio y, si no huye de las ocasiones, volverá a caer en él.

Por ese espíritu de penitencia hemos de mortificarnos para expiar los pecados pasados y ya perdonados, y evitarlos en lo venidero. La virtud de penitencia, en efecto, no sólo tiene por fin detestar el pecado, que es ofensa de Dios, sino también la reparación; y, para esto, no basta dejar de pecar; es también necesaria la satisfacción ofrecida a la justicia divina, ya que todo pecado merece una pena o castigo, de la misma manera que cualquier acto inspirado por la caridad es acreedor a la recompensa. Por este motivo, cuando se nos da la absolución sacramental, que borra el pecado, se nos impone a la vez la penitencia o satisfacción, para que así obtengamos la remisión de la pena temporal que aún nos quedaría por pagar. Esta satisfacción es parte del sacramento de la penitencia por el cual se nos aplican los méritos del Salvador; y contribuye así a devolvernos la gracia o a aumentárnosla.

Así queda saldada, en parte al menos, la deuda contraída por el pecador con la divina justicia. Para conseguir tal efecto, debe ese pecador aceptar con resignación las penalidades de la vida; y si esta paciencia y resignación no son suficientes para purificarlo del todo, deberá pasar por el purgatorio, pues nadie entra en el cielo sin antes haberse purgado totalmente. El dogma del purgatorio es, de esta manera, una confirmación de la necesidad de la mortificación, al enseñarnos que toda deuda ha de quedar cancelada, ya por los méritos en esta vida, o bien por el fuego purificador en la otra.

Tampoco hemos de pasar por alto que tenemos que luchar contra el espíritu del mundo y contra el demonio, según las palabras de San Pablo (cf. Ef 6,10-20). Para resistir a las tentaciones del enemigo, que primero nos inclina a faltas ligeras para llevarnos después a otras más graves, Nuestro Señor mismo nos ha exhortado a recurrir a la oración, al ayuno y a la limosna. Así la tentación se convertirá en ocasión de actos meritorios de fe, esperanza y amor de Dios.

Porque nos asemeja a Cristo crucificado

Otro de los motivos por el cual nos es necesaria la mortificación, es la necesidad de imitar a Jesús crucificado. La santificación consiste en un proceso cada vez más intenso de incorporación a Cristo. Se trata de una verdadera cristificación, a la que debe llegar todo cristiano bajo pena de no alcanzar la santidad. El santo es, en fin de cuentas, una reproducción de Cristo, otro Cristo, con todas sus consecuencias. Ahora bien; el camino para unirnos y transformarnos en Él nos lo dejó trazado el mismo Cristo con caracteres inequívocos: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). No hay otro camino posible: es preciso abrazarse del dolor, cargar la propia cruz y seguir a Cristo hasta la cumbre del Calvario; no para contemplar cómo le crucifican a Él, sino para dejarse crucificar al lado suyo.

Mortificación interior y exterior, corporal, activa y pasiva

Los santos han vivido la mortificación interior —sufrir con paciencia y humildad, por amor a Jesús (que también los sufrió), desprecios y humillaciones— y la mortificación que exterior (ayunos y prácticas de mortificación corporal), recordando siempre que esta mortificación exterior sin la mortificación interior es falsa.

Mortificación interior: lleva a la humildad, al autodominio, al control de la imaginación y de la memoria, alejando de la mente los pensamientos y recuerdos que llevan al pecado; y, especialmente, reprimiendo el amor propio y la soberbia, del afecto.

Mortificación exterior: es la mortificación de los sentidos externos: la vista, el oído, el gusto, la lengua, evitando, por ejemplo, las murmuraciones.

Mortificación corporal: es la que los cristianos hacen -de forma moderada, prudente, ordenada y humilde- con su cuerpo, uniéndose al sufrimiento de Cristo en la Cruz, con deseos de corredimir, mediante ayunos, uso del cilicio, disciplinas, etc. Esta mortificación tiene tradición evangélica, que abarca desde los primeros cristianos, pasando por el Canciller de Inglaterra, Tomás Moro, hasta la actualidad.

Mortificación activa: es la que se busca directamente:

-soportar un ofensa.

– ayudar a los demás cuando cuesta.

-hacer un acto de mortificación ( por ejemplo, ayunar un día, etc.)

Mortificación pasiva: es la mortificación que no se busca, pero que, cuando viene se lleva por amor de Dios, con serenidad: por ejemplo, la mortificación de una madre que pasa las noches en vela cuidando a sus hijos.

San Josemaría, fundador del Opus Dei, recordó la necesidad de la mortificación en las cosas corrientes de cada día: «Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia…

Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas. Ése es el amor sacrificado, que espera Dios de nosotros»

Tomado de www.lazosdeamormariano.net

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