La realeza de Cristo

Cristo es nuestro Dios. Y Dios es «el único Soberano, el Rey de los reyes y Señor de los señores» (I Tim 6,15).

 Extraído del tercer capítulo del libro “Cristo Rey”
Tihamer Toth

¿Qué entendemos por «Realeza de Cristo»? ¿Cuáles son los derechos de Cristo a la realeza? Cristo es nuestro Rey, porque es nuestro Redentor y nuestro Dios. Como Redentor, compró sus derechos sobre nosotros a muy alto precio. «Fuisteis rescatados…, no con algo caduco, oro o plata…, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero inmaculado y sin tacha» (I Pedro 1,18-19). Nuestro Señor Jesucristo nos compró «a gran precio» (I Cor 6,20), de suerte que nuestros cuerpos han llegado a ser miembros de Cristo (I Cor 6,15). Cristo es nuestro Dios. Y Dios es «el único Soberano, el Rey de los reyes y Señor de los señores» (I Tim 6,15). Y fijaos: la promulgación de los derechos de Dios es la primera proeza que hizo Nuestro Señor Jesucristo al bajar a este mundo, al hacer que los coros angélicos proclamasen la gloria de Dios en la noche de su nacimiento.                                          

La primera revolución que se hizo en el mundo, llevada a cabo por Adán y Eva en el Paraíso e inspirada por Satanás, no fue otra cosa que la proclamación de los derechos del hombre contra los de Dios. Los mismos fines han perseguido muchas otras revoluciones, como la Revolución francesa. Por esto, la Redención comenzó haciendo todo lo contrario, promulgando por encima de todo los derechos de Dios. Dios es mi Señor, mi Soberano absoluto. Si Cristo es nuestro Dios, por tanto, es nuestro Rey. Además, la realeza de Cristo está en concordancia con el espíritu del Evangelio, tal como lo ponen de manifiesto muchas citas de la Sagrada Escritura. Pero principalmente me llaman poderosamente la atención dos frases del Señor. ¿Cuál es la primera frase? Una frase muy conocida, y muy repetida del Señor: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35; Mc 13,31). ¡Qué frase más impresionante! Fijémonos en el contexto. Era de noche. El Maestro estaba sentado con sus discípulos en la ladera del monte de los Olivos… Frente a ellos, el monte Moriah, coronado por el templo de Jerusalén. Estaban descansando, después de una pesada jornada… Uno de los discípulos apunta con orgullo al templo: Maestro, mira qué piedras y qué edificio más magnífico. Y el Señor le responde: «¿Veis todo esto? Yo os aseguro no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida.» Pedro y Santiago, Juan y Andrés le llevan aparte y le preguntan: «Maestro, ¿cuándo sucederá esto? Y ¿qué señal habrá de que todas estas cosas estén a punto de cumplirse?»… Es la pregunta que esperaba el Salvador. Era una noche tranquila…; en torno del pastor estaba atenta la grey. Y el Señor empezó a hablarles. ¡Qué persecuciones habrán de sufrir por su fe! Pero de antemano les advierte que ellos no deben turbarse. Después les habla de la destrucción del templo de Jerusalén. Y finalmente y con mucha suavidad pasa a la catástrofe final, y saca la moraleja, por la cual había dicho todas estas cosas: Todo, todo lo que veis en el cielo y en la tierra perecerá: No hay más que una sola cosa que resiste triunfalmente a la destrucción de los siglos: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. No hay frase que exprese mejor la realeza de Cristo. Más de veinte siglos han pasado desde que pronunció tal profecía, y, una tras otra, se han cumplido sus palabras. Hubo varios de los Apóstoles que pudieron ver todavía la destrucción de Jerusalén. Pereció el imperio griego: el tiempo lo barrió. Pereció el colosal imperio romano, que, por decirlo así, contenía todo el mundo conocido. Lo mismo le pasó al Sacro Imperio romano, que se partió en trozos. Igual sucedió con el imperio de Napoleón, que abarcó prácticamente toda Europa. ¿Y al final?… Napoleón acabó desterrado en un islote… Y sucedió lo mismo en los tiempos que precedieron a Jesús. Pacientes excavaciones han sacado a la superficie antiguas ruinas: las de Babilonia, Alejandría… Pueblos, naciones, individuos, nacieron, crecieron y pasaron por el escenario de la Historia… ¿Qué cosa nos dicen los antiguos imperios en ruinas? El cielo y la tierra pasan: las palabras de Cristo-Rey no pasarán. ¿Qué sucedería si el Señor apareciese hoy entre nosotros y nos llevará a un promontorio desde donde nos enseñase una de las ciudades más populosas del mundo? Hace una hermosa noche, y yo le digo con orgullo al Señor: «Mira, Señor, cuántos magníficos edificios…, el Parlamento, las iglesias, los bellos monumentos… Mira qué iluminados se ven… Mira los grandes estadios y centros de diversión, cómo se agita la muchedumbre…» Y dice el Señor: «Todos estos hoteles, palacios, monumentos, museos, tan magníficos…, todo, todo perecerá; de todo esto no quedará más que el recuerdo…, aún más, ni siquiera el recuerdo se conservará.» Y al oír tales palabras, exclamamos con sorpresa: «Señor, no puede ser. Tanto trabajo ha costado…» Pero así ha pasado a lo largo de la historia.

Hay otra frase del Señor que también me cautiva enormemente. La frase es ésta: «Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra…» (Mt 28,18), tal es así que ha podido llegar a decir: «Cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí» (Jn 12,32). ¡Oh Señor! ¿Cómo has podido decir semejante cosa? Parece que no piensas según la prudencia humana. Ya que, humanamente hablando, ¿qué es lo que podías esperar? Tenías ante Ti la cruz, la plebe llena de odio, y sólo te seguían doce pescadores vulgares… ¿Y éstos son los que han de extender tu reino? Veamos qué se hizo de la doctrina de Cristo. ¡Cómo fue realizándose, palabra por palabra, cuanto anunció Jesús! El grano que Jesucristo sembró creció sin parar: Samaria, Cilicia Capadocia, Frigia, Atenas, Roma, todos los pueblos acaban poniéndose al lado de Cristo. Después los pueblos bárbaros inclinan su dura cerviz bajo el yugo de Cristo… Siguen nuevos descubrimientos: marinos valerosos llevan la cruz a las orillas del Misisipi, a la región del Ganges, a los descendientes de los incas, a las tribus del Río de la Plata, a los dominios de China y del Japón, a las islas del mar del Norte, a las regiones del Polo Sur… Por todas partes se entona el mismo himno: «Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos…» Realmente, por toda la Tierra ondean los estandartes del Rey. Realmente, fue levantado en alto y nos atrajo hacia Sí. ¿Y si después de contemplar el pasado echamos una mirada a la situación actual? ¿Dónde hubo en la Historia universal un hombre, un soberano, que tuviera tantos vasallos como Cristo? ¿Un dominio tan extenso, que abarca países y continentes? ¿He de hacer mención de César, de Alejandro Magno, de Carlos V, de 20 Napoleón? Pero los dominios de estos no son más que montoncitos de arena si los comparamos con los de Cristo. ¿He de recordar la marcha triunfal del gran Constantino? Pero no es más que un paseo de niño si la comparamos con las multitudinarias procesiones de los Congresos Eucarísticos Internacionales, en que desfilan unidos hijos de todas las naciones del orbe, chinos y americanos, esquimales, negros, húngaros, italianos, españoles, alemanes, franceses, ingleses, y todos nos postramos con la misma fe ante Cristo-Rey. Y no olvidemos los grandes obstáculos que se oponían al triunfo de Cristo. ¡La exigente moral cristiana! Las enormes trabas que han puesto los judíos, paganos, turcos, incrédulos, socialistas, masones… Diplomacia y violencia, astucia y mañas, falsa ciencia y mala prensa… desde hace dos mil años hacen todo lo posible por vencer a Cristo. Amigo lector: dime un solo fundador de religión cuya doctrina haya librado tan duras batallas como la de Cristo. No tiene más que doce Apóstoles, hombres sencillos. El Viernes Santo aun éstos se asustan y se turban… Pero llega Pentecostés y sus discípulos ya se cuentan por millares. Herodes ejecuta a Santiago, los apóstoles tienen que salir huyendo de la persecución y, sin embargo, el Cristianismo comienza a extenderse. Contra él se lanza el perseguidor más enfurecido…; pero pronto Saulo se transforma en Pablo, que enseguida gana para Cristo todo el Asia Menor. En Roma empiezan las persecuciones: la sangre de los cristianos se derrama por doquier…, y, al final, el Cristianismo llega a conquistar Roma y mediante ella se convierte toda Europa. En Francia Voltaire da la orden: Écrasez l’infâme!: «¡Aplastad al infame!», refiriéndose al Cristianismo. Pero no lo consiguen; antes al contrario, el Cristianismo se propaga por el Nuevo Mundo y por los demás continentes… ¡Y cómo! No hay poder, astucia, fuerza capaz de cerrarle el paso. Es la marcha triunfal de Cristo-Rey. «Cuando Yo sea levantado en lo alto, todo lo atraeré a Mí.» ¡Todo lo atrae! ¡Y con qué fuerza! ¡Con qué amor somete los corazones!

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