Las siete palabras de Nuestro Señor en la cruz

Jesucristo es la primera y eterna palabra de Dios; por eso cada una de sus palabras están revestidas de eternidad. “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.” (Mateo 24:35).

Pero las últimas palabras de Nuestro Señor adquieren un grandísimo valor al estar contextualizadas el viernes anterior a la Pascua de los judíos, en las afueras de Jerusalén, en el monte Calvario, en una cruz; el cielo se había oscurecido, romanos y judíos contemplaban al Dios hecho hombre colgado de la cruz, clavado por tres clavos.

Jesús quiso hablar a toda la humanidad a lo largo y a lo ancho de la historia, en esa hora, a través de siete palabras. Siete palabras que resumían y rubricaban, con su propia sangre, todas aquellas que había pronunciado durante tres años de campaña apostólica, y daba las claves para entender todas ellas. Fueron siete palabras breves, justas y exactas. Fueron palabras crucificadas por el dolor, la sangre, el sudor y la angustia. Siete palabras que Nuestro Señor repartió entre los cuatro evangelistas como preciosos tesoros. Tres son exclusivas de San Lucas, lo humano, los pecadores, los ladrones. Otras tres también son exclusivas de San Juan, las más íntimas; su madre, su sed, su empresa cumplida. San Marcos y San Mateo coinciden en la elección de una misma y sola palabra, la más incomprensible y misteriosa, el abandono de Dios. Nosotros reunimos las siete en un solo racimo para saborearlas luego una por una; y aunque han pasado veinte siglos desde que Jesucristo las pronunció, “solo Él tiene palabras de vida eterna”. Es el testamento que nos da la vida, y nos la da por amor.  

Primera palabra: “Padre, perdónalos no saben lo que hacen”

Jesús pronuncia estas palabras en el momento en que se realiza la mayor injusticia de la historia. La injusticia del viernes santo afecta a la misma divinidad. Jesús es la víctima. Tres tribunales lo condenaron injustamente; para el tribunal religioso es un blasfemo, para el tribunal de Herodes, un loco; y para el tribunal de Pilato un revoltoso político. Infinita mentira. Cristo atropellado por la religión, por el poder y por la política, condenado a la mayor de las ignominias junto con dos ladrones, tratado como el peor de los criminales. ¿Qué responde Cristo a esto? Tan solo responde: “Padre, perdónalos no saben lo que hacen”.

¿Por qué Jesús, quien ha venido a instaurar la justicia, responde de ese modo ante tal injusticia? ¿Por qué morir, perdonando? Estas palabras no son pura retórica, es la mismísima verdad, pues Cristo es la verdad, la verdad infinita de su inconmensurable perdón. Solo hay una clave para poder entenderlo, y esa clave es el amor. Jesús perdona así porque ama. El Redentor que perdona ya no habla sino con el corazón, y un corazón que ama hasta el extremo, y que no siente por sus verdugos más que amor, solamente amor.

Segunda palabra: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”

En el calvario no hay una sola cruz sino tres; Cristo, en su infinita sabiduría, quiso morir entre dos ladrones. Pero ¿quiénes son esos ladrones? No son otros sino nosotros. No atracamos a mano armada, pero practicamos un robo aún mayor. Cuántos pecados tenemos en nuestro haber, cuántas imperfecciones, cuántos apegos; y con ellas pretendemos robarnos un paraíso aquí en la tierra. Sobre la cabeza de Cristo, había una inscripción en tres idiomas que lo proclamaba como Rey. Uno de los ladrones, Dimas, llamado “el bueno”, quiso pedir un ambicioso favor a su compañero de patíbulo que era Rey: “acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Jesús inmediatamente responde superando inmensamente su diminuta petición de un recuerdo con “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Sin embargo, el otro crucificado, Gestas, llamado “ladrón malo”, le formuló otra proposición quizá mucho más lógica: “Bájate de la cruz, bájanos y creeremos en ti”.

Un ladrón pensaba en el paraíso, el otro pensaba en la tierra. Cristo tenía poder para bajar de la cruz, y para bajar a los dos ladrones, pero no lo hizo. Porque quería darles un bien mucho mayor que librarlos de ese sufrimiento terreno. Quería librarlos del sufrimiento eterno, del sufrimiento que no acaba, a ellos y a toda la humanidad. Porque sus palabras “estarás conmigo en el paraíso”, las dirige a todo aquel que acepte morir con él. No puede ser nuestro salvador alguien que suscumbe ante el sufrimiento, prefiriendo las comodidades, tal como nosotros. Jesucristo no baja de la cruz, para que nosotros no bajemos de la nuestra, para que cuando muramos, estemos con Cristo en el paraíso. La segunda palabra de Jesús sigue resonando en los siglos llamándonos al paraíso.

Tercera palabra: “Mujer, mira a tu hijo. Hijo, esa es tu madre.”

Aquel viernes santo, María, la madre de Jesús, estaba a los pies de la cruz, junto al Redentor; lo atestigua Juan, el único evangelista que presenció la escena; no solo estaba presenciando la muerte de su hijo, sino que sufría como compartía como ninguno los dolores de Cristo en la cruz; era su propia carne la que pendía de ese madero. Jesús, habla de modo solemne a su madre. Y le dedica la más larga de sus siete palabras, que consta de dos frases, con dos encargos, dos mandatos entrañables; a la madre y al discípulo. Que incluso supone que nuestro Salvador inclinó la cabeza para hablarles. Se dirige primero a María. En el momento cumbre, cuando el Hijo de Dios, entregaba su vida para remisión de los pecados, cuando de su costado abierto nace su Iglesia, cuando el cielo se oscurecía a las tres de la tarde y los temblores de tierra anunciaban la muerte de Dios, en ese momento mesiánico, Jesús nos entregaba como madre de todos los cristianos, a la suya propia. “Este es tu hijo”.

María ocupa el primer lugar después de Jesús en el calvario. El calvario es el primer templo del cristiano, norma y modelo de todos los templos que vendrían después. Con la plenitud del sacrificio de la sangre de Cristo, con la máxima adoración y acción de gracias que se haya tributado a Dios jamás, estaba María en un lugar más que privilegiado. Si Cristo quiso dejarnos a María es porque la necesitamos, y mucho. Si abrazamos nuestra cruz, María estará a los pies de ella.

Cuarta palabra: Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado?

La cuarta de las sagradas palabras de Cristo en la cruz es la más asombrosa, la más misteriosa. Jesús experimentó en la cruz esa vivencia tan humana de sentirse abandonado por Dios. No esconde su angustia, sino que la proclama a los cuatro vientos. Qué pavorosa debió ser esa desolada vivencia. Encierra un doble misterio; el que Cristo se haya sentido abandonado por su Padre y que no sepa la sabiduría infinita, el porqué de ese abandono. Demuestra así Jesús su humanidad desgarrada por el dolor.

En esta cuarta palabra se acerca íntimamente a toda la humanidad, habla como nosotros, utiliza nuestras palabras.

El mayor porqué de la historia es Jesús colgado en la cruz abandonado por su propio Padre, un infinito por qué tan desconcertante que el mismo Cristo, se lo pregunta a Dios. La cruz es un signo formado por dos maderos que se cruzan, pero podría también estar clavado en un signo de interrogación. Un Cristo que pregunta a su Padre, ¿por qué?

La lección que nos da Jesús en esta cuarta palabra, es la búsqueda de las soluciones en Dios. Porque Cristo quiere mostrarnos el camino; el único camino, aún en las más desfavorables situaciones es Dios. Un Dios entrañablemente metido en tu vida y en tu corazón. Cristo a pesar de sentir el más terrible de los abandonos, antepone a Dios un afectivo posesivo, “Dios mío.” Parafraseando es como que Jesús dijera: Dios mío, ¿por qué me haces esto, ya que soy tuyo?

Quinta palabra: Tengo sed

En la quinta palabra Jesús nos revela su mayor tormento físico: la sed. Pide un poco de agua a su pavorosa sed desértica. Por eso acepta la limosna de los soldados quienes al oír la queja de Cristo se conmueven y empapan una esponja con una mezcla de agua y de vinagre con la cual ellos refrescaban su propia sed. Ensartándola en la punta de una larga lanza y arriman a los labios agrietados del crucificado. Cristo llevaba tres horas de sed y viendo desde arriba cómo los soldados a sus pies tan cerca, aliviaban su sed de cuando en cuando con un trago de esa mezcla popular y eficiente. Por eso Cristo les agradece inmediatamente su limosna refrescante. Tengo sed es la única expresión de dolor que nos confía Cristo, escueta y tajante; sin lamentaciones que la subrayen. Cristo es un prodigio de aguante frente al dolor, lleva casi dieciséis horas de pasión y hasta ahora ninguna sola palabra que exprese su dolor. Su infinita tortura se resume en un solo vocablo: Tengo sed. Su sed corporal nos empuja a otra sed más profunda y entrañable; su sed de justicia, de caridad. Si Cristo llamó bienaventurados a los que tienen sed de justicia, en nadie como en él se da esa bienaventuranza, porque nadie le gana en sed; es el hombre más sediento de la historia. Cuando no ponemos nuestros mayores esfuerzos para alcanzar la santidad, dejamos a Cristo crucificado sediento.

Sexta palabra: Todo se ha consumado

La sexta palabra de Jesús en la cruz no es solo el reconocimiento de que todo se acabó, es mucho más que eso. Con esta palabra Cristo revela que nada que haya sucedido en la pasión escapa de los designios de Dios. Es un grito de satisfacción por el deber cumplido, es una rendición de cuentas, un comunicado oficial y solemne al Padre y la creación entera: “Consumatum est”.

Jesús cumple hasta el detalle el plan eterno de Dios; el esquema eterno del amor. Y nosotros somos parte de ese plan; es la historia de la salvación de la humanidad. Es el dibujo complicadísimo y la trama infinita de luces y sombras, no hay un pequeño punto que no esté ahí sin que Dios lo quiera. Es la mano amorosa del Padre la que la puso allí.

Estamos integrados a la empresa redentora de Cristo, necesita nuestra colaboración para cumplirla totalmente. Nuestros dolores, nuestras penas, nuestros pecados, nuestros amores, nuestros odios, nuestras luces y sombras. Nuestra vida y nuestra muerte. Pide Jesús que nosotros al morir sintamos también la satisfacción de haber pintado esa pequeña rayita, que es la que me correspondía en el magnífico plan infinito del Padre celestial, con la certeza de que lo que yo no pueda cumplirlo, lo cumplirá el mismo Jesús por mí. Para eso murió Jesús en la cruz y es nuestro su grito final. Él cumple por todos.

Séptima palabra: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Con estas palabras Cristo sella sus labios, rubrica y sella su pasión, su vida, su misión. Dedica a su Padre, sus últimas palabras. Porque en su vida, no habló sino de su Padre. En los cuatro evangelios no encontramos sino variaciones del mismo tema, el Padre celestial. Estaba en continua comunicación con Él. Jesús es la palabra del Padre y el que lo ve, ve al Padre. Es la síntesis suprema que realiza Cristo en el testamento de sus siete palabras. La máxima entrega de su vida en un diálogo vital con el Padre. Cristo viene del Padre y se entrega por los hombres y regresará al Padre entregándole a los hombres que rescató de las garras del pecado y de la muerte. Cristo lo dijo: “Nadie ama más que aquel que da la vida por sus amigos”, y lo cumple muriendo en la cruz. Muere rezando al Padre, no se cansa de rezar. Lleva tres horas hablando con su Padre y su última palabra es una oración filial: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Cristo acaba de morir. Después de su última palabra se callaron sus labios. Ya no habla. Se cerraron sus oídos y ya no oye. Solo se lo podía contemplar, como lo hizo San Juan quien en su evangelio describe esa contemplación con esta frase lacónica y profunda: “Y bajando la cabeza expiró”. La cabeza de Cristo se desploma sobre su pecho, la sede de la máxima sabiduría ha cedido ante la muerte. Su último gesto es bajar la cabeza; un gesto que todos haremos lo queramos o no. De esto nadie se escapa. Por muy alta, viva y desafiante que la hayamos tenido entre los hombres. A pesar de toda nuestra sabiduría humana y aunque se nos revele sabiduría sobrenatural, nuestra cabeza bajará un día; y en nuestra propia vida nos lo irán bajando poco a poco los dolores, los trabajos, los años, las enfermedades, hasta que la muerte nos baje definitivamente la cabeza.

Puesto que hemos necesariamente de bajar la cabeza, que la bajemos como el Señor lo hizo; con la aceptación redentora de la entrega. Que nuestra cabeza descanse amorosamente como la de Cristo en los brazos eternos del Padre, de nuestro Padre.

Por Cristian Alfonso

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