Las tentaciones de Jesús

Narrada por los Evangelistas Mateo (4, 1-11), Marcos (1, 12-13) y Lucas (4, 1-13), las tentaciones de Jesús en el desierto. En este relato evangélico se ven dos intenciones claras por parte del tentador: conocer a Jesús y su misión, y apartarlo de ella. No son tentaciones comunes. El diablo sospecha que Jesús es el Mesías y el Rey y sus tentaciones vienen a ser tentaciones mesiánicas. Pero son a la vez simbólicas de las tentaciones que padecen todos los cristianos.

Por Hno. Cristian Alfonso, CMJ

San Marcos se limita a decir: «En seguida (después del bautismo en el Jordán) el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían» (1, 12-13). El Espíritu Santo es el que lleva a Jesucristo al desierto, en donde la situación es más propicia para la oración.

Como lo dice el Señor a Oseas: «Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón» (2, 16). Pero las narraciones de San Mateo y San Lucas son más detalladas; San Mateo expresa con claridad el fin de este retiro: «Jesús fue llevado al desierto para ser tentado por el diablo» (4, 1). San Lucas se limita a decir: «Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre». (4, 1-2). Prosiguen San Mateo y San Lucas contándonos el ayuno de cuarenta días con sus noches que hizo Nuestro Señor. ¿Cómo es posible esto? El alma que está en contemplación de Dios, adquiere una fuerza extraordinaria que comunica a su cuerpo, de ahí que muchos santos, que viviendo como endiosados, no necesitan del alimento, como es el caso de Catalina de Siena que no comía bocado desde el miércoles de ceniza hasta la Ascención. Prosigue San Mateo «Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”». Esta primera tentación, no tiene aspecto de serlo, ya que nada malo hay en que un hambriento desee comer y si este hambriento tiene el poder de convertir unas piedras en pan lo haga.

Pero conviene notar aquí, la forma de la tentación, «Si tu eres el Hijo de Dios», es decir, Satanás no sabía de la naturaleza divina de Jesucristo, aunque las sospechas rondaban su angélica cabeza. Jesús le responde con una cita sacada del Deuteronomio, «No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Como si dijera que lo principal para el hombre es poner la vida en Dios mediante la fe en su palabra.

En la segunda tentación el diablo lo lleva sobre el pináculo del templo, en la ciudad santa y le dice: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le responde: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios».

Como Jesús había desechado la primera tentación con un texto bíblico, Satán emplea también otro texto para persuadir a Cristo, el cual responde con esa cita del Deuteronomio.

Es tentar a Dios pedirle, sin necesidad, un milagro, como queriendo poner a prueba el poder de Dios o su fidelidad en el cumplimiento de sus promesas. San Lucas deja esta tentación para el último, pero parece que el orden de San Mateo es más lógico y el que más se ajusta a la historia.

Después de esto el diablo lleva a Jesús a un alto monte desde el cual se pueden divisar los reinos del mundo y su gloria: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme». El diablo se siente dueño del mundo, es decir, de los hombres mundanos, malos, perversos y ofrece a Jesús este dominio, a condición que lo reconozca como señor. Por eso Jesús responde tan vehementemente: «Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto», palabras sacadas del Deuteronomio (6, 13). San Mateo nos narra que después de eso el diablo se aleja y llegan los ángeles y sirven a Jesús. San Lucas no hace mención de los ángeles, pero dice, refiriéndose a Satanás: «Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno». Este momento oportuno es el de la Pasión, porque será el mismo evangelista el que nos narrará las palabras de Jesús dirigidas a sus aprehensores: «Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas» (22, 53).

Cristo quiso ser tentado

Primero, para darnos auxilio en las tentaciones. Por lo que dice San Gregorio: «No era indigno de nuestro Redentor querer ser tentado, puesto que vino para ser muerto, para que así venciese nuestras tentaciones con las suyas, como venció nuestra muerte con la suya». Segundo, para advertencia nuestra; para que nadie, por santo que sea, se tenga por seguro y exento de ser tentado, pues dice San Hilario: «es contra los santificados contra los que más se ensaña el diablo, porque es más apetecible para él la victoria sobre los santos».

Tercero, como ejemplo; para enseñarnos de qué manera hemos de vencer las tentaciones del diablo, es decir, con la palabra de Dios.

Cuarto, para movernos a confiar en su misericordia, por eso leemos en la Carta a los Hebreos: «no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado».

Cristo quiso ser tentado en el desierto

Cristo al ser tentado en el desierto, lo hace como nos dice San Ambrosio «con  misterio, para librar del destierro a Adán, que fue arrojado del paraíso al desierto» aquel día en que el hombre vio su desnudez. El primer hombre fue tentado en el paraíso y cayó, ganándose el castigo del desierto; el nuevo Adán, Jesucristo, fue tentado en el desierto, para ganarnos el paraíso.

Los tres enemigos del alma

San Lucas dice, «y agotadas todas las formas de tentación, el diablo se alejó»; es decir, en estas tres tentaciones por las cuales pasó Nuestro Señor, están resumidas todas las sugestiones diabólicas, las formas en que nuestro enemigo ancestral nos quiere llevar a la perdición eterna. Vemos entonces, en estas tres tentaciones, a los tres enemigos del alma: la carne, el mundo y el demonio. La carne es representada en la primera tentación, donde la necesidad de satisfacer un deseo carnal va en contra de los designios de Dios. El mundo  se representa en la segunda tentación, porque lo que quiere Satanás de Cristo es que se muestre a los judíos con poder, realizando la hazaña de lanzarse desde el pináculo del templo, y al ser salvado por los ángeles, ganar la admiración de todo el pueblo; es decir vano honor mundano, tan contrario a Dios y a sus leyes. Y el demonio muestra toda su malicia en la tercera tentación, donde ofrece todos los reinos del mundo a Jesús, con tal que lo adore.

Grandísimo engaño del maligno, ofrecer algo que no es suyo de verdad, que lo ha robado, que posee como impostor, queriendo para sí la gloria que solo es dada a nuestro Dios.

Por todo esto, las tentaciones de Jesús son también nuestras tentaciones; Jesús peleó con nuestros mismos enemigos y salió victorioso en su sacratísima humanidad, como signo perenne de que nosotros con su auxilio podemos también obtener la victoria sobre nuestros enemigos.

 

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