Los ángeles y Santo Tomás de Aquino

No debemos olvidar a estos seres que tienen la gran labor de conducirnos a Dios, el mundo moderno nos insta a dejar esta gran devoción de orar a nuestros ángeles custodios e inclusive el de conversar con ellos.

«En una noche, despidiendo el año anterior, se escuchaba gloriosamente el repicar de las campanas en un templo que se encontraba en el centro de la ciudad; y allí, al acabar el santo sacrificio de Nuestro Redentor, me encontraba extasiado al oír un coro que, al igual que unos seres celestes, entonaban un canto al Rey de la gloria, en donde, al pronunciar “A Ti todos los ángeles, a Ti todos los cielos y todas potestades. A Ti los querubines y serafines te aclaman sin cesar: Santo, Santo, Santo… ”, quedé pensando en la existencia de estos seres que constantemente alaban al Señor… »

Algunos santos ven ángeles y otros piensan en ellos profundamente. Santo Tomás de Aquino es de los últimos. Sus escritos revelan toda una visión intelectual de los ángeles como seres intuitivos y explican su naturaleza y su papel en la vida de los seres humanos.

Para Santo Tomás, los ángeles son seres espirituales puros, es decir, incorpóreos; no tienen cuerpo, materia, ni siquiera una materia sutil.

No son de espíritu puro infinito como Dios, ni tampoco son espíritu ligado a una materia como lo son los hombres. Que el ángel sea puro espíritu, quiere decir que está dotado de inteligencia y tiene voluntad. Ángeles y espíritus son sinónimos. Y aunque el concepto espíritu en los primeros libros del Antiguo Testamento aparezca impreciso, va concretándose poco a poco, y ya nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento, para probar la veracidad de su cuerpo resucitado, dice: «El espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que Yo tengo» (Lc. 24, 39). Lo que hace pensar con fundamento en una espiritualidad absoluta y completa inmaterialidad cuando esta palabra se aplica a los ángeles.

En la Sagrada Escritura, la palabra ángel, (del hebreo malâk), tomada en su sentido etimológico, significa enviado, nuncio o legado, y nada nos dice propiamente de su naturaleza, ya que tal vocablo indica más bien el oficio que realiza. En todo el Antiguo Testamento encontramos estas figuras que, en el nombre de Dios ayudan y guían a los hombres. Basta recordar el Libro de Tobías, en el que aparece la figura del ángel Rafael, que ayuda al protagonista en tantas vicisitudes. La presencia reafirmante del ángel del Señor acompaña al pueblo de Israel en todas sus circunstancias buenas y malas. En el umbral del Nuevo Testamento, el ángel Gabriel fue enviado a anunciar a Zacarías y a María los alegres acontecimientos que están al comienzo de nuestra salvación; y un ángel, del cual no se dice el nombre, advierte a José, orientándolo en aquel momento de inseguridad. Un coro de ángeles trajo a los pastores la buena noticia del nacimiento del Salvador; como también fueron ellos quienes anunciaron a las mujeres la noticia gozosa de su resurrección.

Al final de los tiempos, los ángeles acompañarán a Jesús en su venida gloriosa (cfr Mt 25,31).

Según otros textos, son invisibles (Col. 1, 16) y no toman alimento más que aparentemente, pues el arcángel Rafael dice a Tobías: «Todos los días me hacía ver de vosotros; no comía ni bebía; lo que vosotros veíais era una apariencia» (Tob. 12, 19). En cambio se les atribuyen operaciones que suponen naturaleza del todo espiritual en ellos, como es la visión de la presencia de Dios. «Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mí Padre, que está en los cielos» (Mt. 18, 10). La visión beatífica de los ángeles se miden por la eternidad participada, cuyo principio es la luz de la gloria y la esencia divina.

Ángeles buenos y ángeles malos

Es una distinción fundamental que conocemos por la fe, si bien, como se dijo, la simple razón humana puede llegar a ciertas «conjeturas». Los ángeles malos, a través de la historia, crearon algún problema especial, como, por ejemplo, atribuir su origen a un principio malo. La Iglesia definió que todos los ángeles fueron creados por el único Dios y que los malos se hicieron tales por una culpa que les pertenece a ellos en exclusiva.

Obviamente, Santo Tomás acepta y explica esta enseñanza infalible del magisterio de la Iglesia (cf. 1 1.63, a.4). Dada la especial naturaleza del ángel, su pecado es irremisible y produce obstinación en el mal (cf. 1 q.64, a.2). En el Nuevo Testamento, los ángeles malos aparecen en actitud de total hostilidad a Dios, como quienes ya sufren la condenación en que incurrirán los hombres que mueran alejados de Dios por pecado grave (cf. Mt 25,41).

El ángel y su relación con el hombre

Cada alma está encomendada a la custodia de un ángel, y ese ángel de la guarda acompaña en el camino de la vida a toda persona para ayudarla a rechazar la tentación y a aceptar las mociones del Espíritu Santo.

Orígenes decía que «los cristianos creemos que a cada uno nos designa Dios un ángel para que nos guíe y proteja».

No debemos olvidar a estos seres que tienen la gran labor de conducirnos a Dios, el mundo moderno nos insta a dejar esta gran devoción de orar a nuestros ángeles custodios e inclusive el de conversar con ellos; esta práctica no debemos dejarla solamente a los niños, sino que, nosotros aún después de adultos, debemos implorar siempre la protección de nuestros ángeles que nos acompañan en todo el trayecto de nuestro caminar en este mundo pasajero.

Como en la Sagrada Escritura, también en Santo Tomás los ángeles son una «pieza» esencial del universo, muy a propósito para hacernos captar la índole litúrgica de este universo o su destino a cantar la gloria de Dios creador y Padre providente de todas las criaturas.

Por Hna. Noelia Cáceres, CMJ

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