Nuestra Señora del Rosario. Nuestra Señora de La Victoria

Los primeros cristianos acostumbraban rezar a la Santísima Virgen con las palabras con que el Arcángel San Gabriel la saludó aquel bendito día de la encarnación del Verbo, “Ave María, llena de gracia, el Señor es contigo”

Por Cristian Alfonso

Cuando crucé la entrada del templo no era un horario de Misa, ni algún oficio litúrgico, ni ninguna otra ceremonia. El templo estaba vacío, a no ser por las tres personas que se encontraban dentro; Nuestro Señor en el sagrario, yo, parado en medio de la nave central y un joven, quizá de mi edad, arrodillado en los primeros lugares. El ruido ensordecedor de la ciudad ahí afuera contrastaba con el silencio casi absoluto de ese lugar santo. Solo un murmullo rompía ese silencio, pero no era desagradable, daba mayor sobrenaturalidad a la escena. El joven, con el cuerpo cargando todo su peso sobre el reclinatorio, con la cabeza gacha, rezaba mientras las cuentas se deslizaba sobre sus manos. Estaba rezando el rosario.

Los primeros cristianos acostumbraban rezar a la Santísima Virgen con las palabras con que el Arcángel San Gabriel la saludó aquel bendito día de la encarnación del Verbo, “Ave María, llena de gracia, el Señor es contigo”; agregándole otro saludo, la de Santa Isabel, cuando la Madre de Dios fue a visitarla, “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. La piedad cristiana se encargará después de crear la última parte del Ave María: el “Santa María, Madre de Dios, Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén”. Y fue ésta la oración elegida por los cristianos quienes, queriendo unirse a la oración de los monjes que rezaban los 150 salmos del Rey David, no pudiendo hacerlo, rezaban un Ave María por cada salmo, vislumbrándose de ese modo, una práctica piadosa que tantos frutos espirituales dejaría a lo largo de la historia de la cristiandad, porque de hecho, los monjes que no sabían leer rezaban en lugar de los salmos el Padre Nuestro o el Ave María.

Cuando esta práctica iba arraigándose cada vez más, en el siglo XIII, surge la figura de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Predicadores, más conocidos como dominicos a quien la Santísima Virgen se le aparece; en su mano tenía el rosario y enseñó al Santo cómo rezarlo, pidiendo que enseñara a todo el mundo, con la promesa de que muchos pecadores se convertirían. Y obtendrían abundantes gracias. Se agrega desde entonces el Padre Nuestro y se dividen los 150 cincuenta salmos en tres, meditándose los misterios gloriosos, gozosos y dolorosos.

Pero fue el Papa Pío V, que era dominico, el que con su “Bula Consueverunt romani Pontífices” de 1565, recomendó vivamente el rezo del Rosario en la Iglesia, determinando el modo de hacerlo, que es el modo que lo rezamos hoy en día.

El 17 de setiembre de 1571, el Papa Pío mandó el rezo del Rosario en toda la Cristiandad para obtener el éxito de la armada cristiana sobre los musulmanes que avanzaban por el Mediterráneo. Ordenó a todas las Iglesias el rezo del Rosario. El 7 de Octubre, él mismo pasó la noche entera en oración. Antes de iniciar el ataque en Lepanto, los soldados cristianos rezaron devotamente el Rosario, mientras el Delegado Papal les impartió la Bendición Apostólica. Durante tres horas los setenta y cinco mil hombres, todos los cuales habían recibido la Sagrada Comunión esa mañana, continuaron rezando el Rosario. Después, en cada uno de los barcos, un capellán concedió la absolución general por última vez. Comenzó el ataque. El viento, que había estado en contra para los cristianos, de pronto cambió. La victoria fue un duro golpe para el poder naval del enemigo, un golpe del que nunca se recuperaron los musulmanes y puso fin a su amenaza en el Mar Mediterráneo. El Comandante, Don Juan de Austria, adjudicó el triunfo de su flota a la poderosa intercesión de la Reina del Rosario. El Senado de Venecia escribió a los demás estados que habían tomado parte en la Cruzada: “No fueron los generales, ni los batallones, ni las armas lo que nos trajo la victoria. Fue Nuestra Señora del Santísimo Rosario”. A fin de perpetuar la memoria de esta manifestación pública del poder de la Santísima Virgen María, el Papa Pío V estableció la Fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, a celebrarse anualmente el día 7 de octubre. El nombre de la fiesta se cambió más tarde a Nuestra Señora del Santísimo Rosario.

La Santísima Virgen María sigue ofreciéndonos hoy la victoria en las batallas. Las batallas contra el demonio, el mundo y la carne, a través del rezo piadoso del Santo Rosario, a quien San Juan Pablo II, había agregado los misterios de Luz; como signo de que la Santísima Virgen María iluminará los pasos de sus hijos en la oscuridad, ya que el rosario no es otra cosa que la meditación de los misterios de nuestra fe.

«El rosario o salterio de la bienaventurada Virgen María es un modo piísimo de oración y de petición a Dios, un modo sencillo, al alcance de cualquiera, que consiste en alabar a la misma bienaventurada Virgen repitiendo el saludo angélico ciento cincuenta veces, tantas como los salmos del salterio de David, interponiendo entre cada decena la oración del Señor, con determinadas meditaciones que ilustran toda la vida de nuestro Señor Jesucristo».

Bula Consueverunt romani Pontifices (Pío V, 1565)

 

Deja un comentario