¿Podemos influir formando ambiente, sin peligro de rozar la libertad y espontaneidad?

 

¡Sí! Por lo dicho hasta aquí podemos comprender cuál sea la atmósfera, por así decir, de las vocaciones y el aire sobrenatural que respiran los que son llamados a la vida religiosa.

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas”

del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I. – Editado por Formación Católica  

Yo sacerdote, yo educador, yo profesor, ciertamente, puedo ayudar al joven a llegar al conocimiento de su vocación preparándole y formándole un ambiente en el que pueda fácilmente entender, sentir, gustar, desarrollar y mantener y después seguir su vocación si Dios se digna dársela.

Hablando en términos generales, o sea según una previsión ordinaria, dos elementos se requieren y bastan para probar una vocación divina, a saber la debida aptitud y la voluntad:

  1.       Por aptitud se entiende en general la idoneidad para el estado religioso, y en particular la idoneidad para la observancia propia de tal Orden o Congregación. Consiste principalmente en la rectitud de juicio, en la buena índole, en el ánimo sumiso a la obediencia, en la ciencia relativamente suficiente y en la carencia de defectos del cuerpo y del alma que repugnen a este género de vida.
  2.       La voluntad constante es la que principalmente no esté sujeta a constantes mutaciones, no obstante alguna que otra vacilación producida por las tentaciones demoníacas o por cierta repugnancia de la naturaleza. Sin embargo no se requiere más que la voluntad proceda de una íntima persuasión del ánimo que de la espontaneidad o propensión. Y así dicha voluntad debe ser recta, es decir que debe proceder de una intención pura, del justo deseo de conseguir más fácilmente la salvación, o de buscar la mayor gloria de Dios o la salvación de las almas, etc.

He dicho hablando en general o con providencia ordinaria, porque también hay otros signos eventuales de vocación, a saber:

  1.       Una revelación divina, como fue llamado San Pablo, San Luis Gonzaga o San Estanislao de Kostka.
  2.       Una inspiración singular, que consiste en una moción interna por la cual alguien se siente tan fuertemente inducido a la vida de perfección como si fuese arrastrado a ella.

La actividad de la gracia varía según los individuos, pero podemos establecer cierto proceso de convicciones y deseos que, fundados bien en el joven, le hacen apto y sensible al toque de la gracia apenas Dios le quiera llamar.

He aquí, pues, definido nuestro trabajo de educadores y de celadores de vocaciones. Es necesario que en el ambiente de nuestra clase, asociación o colegio, reine:

1) La convicción de la vanidad de las cosas de la tierra.

2) El deseo de hacer cosas grandes por Dios y por la Iglesia.

3) La admiración por los héroes, pero dando bien a entender que los verdaderos héroes son los mártires, los santos y los que se sacrifican por los otros.

4) Afecto y estima por las cosas que miran a Dios y a las almas.

5) Celo apostólico, especialmente misionero.

6) Frecuencia de Sacramentos.

7) Ambiente sano en todo lo que se refiere a pureza, decencia y modestia cristiana.

8) Formación cristiana combativa, según la frase de la Imitación de Cristo: “Militia est vita hominis super terram”

Pero para llegar a esto no es preciso limitarse a pláticas o cursos especializados; es necesario trabajar en este sentido poco a poco, tomando ocasión de los sencillos acontecimientos de la vida cotidiana.

Por ejemplo:

1) Un muchacho se esfuerza por hacer bien un deber. Pero no puede y se le da un mal punto. ¡Se le llama!

“Mira, nosotros somos unos pobres hombres y tenemos que juzgar por lo exterior. Dios ha visto tu esfuerzo y te premiará. ¿Ves cómo tienen razón los religiosos para abandonar este mundo tan injusto en juzgar y servir a Dios que sabe ver y premiar?”

2) Se reza la oración y alguno que otro está distraído. ¡Se le llama!

“¡Realmente somos afortunados! Tantos y tantos niños que no saben ni tan siquiera que Jesús ha venido para salvarnos y nosotros que poseemos la verdadera fe la despreciamos así. Recemos bien y ofrezcamos nuestras oraciones por los niños infieles”.

3) Orientar algunos temas de clase en ese sentido. “¿Qué sentimientos sientes ante la muerte de un amigo?” “Después de una diversión mundana (cine, teatro o baile), ¿qué pienso, qué siento?” “¿Cuál es, según tú, la verdadera grandeza?” “¿Qué heroísmo desearías haber hecho?”.

4) Corregir ideas cuando en las Antologías se habla de héroes que no tienen nada de heroico y presentar a los verdaderos héroes: los mártires que no se inclinan ante el tirano, los santos que supieron cumplir con su deber aún a costa de su vida, los misioneros que se consagran desinteresadamente al bien de los demás. No faltarán al educador cristiano ejemplos de héroes verdaderos.

5) ¿Los muchachos se han portado bien durante toda la hora? Entonces es necesario darles un premio, contándoles cualquier cosa. ¿Qué escogeremos? El que quiere trabajar por las vocaciones no tiene necesidad de mi sugerimiento. Hay multitud de episodios de aventuras en las vidas de los santos, de los mártires, de los misioneros y de los católicos militantes.

6) A un muchacho le traiciona un amigo suyo. ¡Cuántas veces sucede! ¡Qué ocasión tan magnífica para inculcar la idea de la vanidad de las cosas de la tierra! ¡Hasta las amistades fallan! ¡Para que veamos cuán grande es la ingratitud de los hombres hacia el Corazón de Jesús! ¡Para que inculquemos el amor de Dios, que es el verdadero Amigo que no sabe traicionar!

“¿Ves por qué los religiosos son felices? Por que han encontrado al Amigo”.

7) No nos limitemos a hablar únicamente de los santos o de gente que vivió hace ya muchos años o está muy lejos de nosotros; hemos de hablar también de cualquier sacerdote, obispo o religioso que los muchachos conozcan y darles a conocer el lado apostólico de su vida, su generosidad con Dios, su heroísmo por las almas. De este modo el joven conoce el ideal sacerdotal y apostólico, vivo, latente, y cada vez que vea a aquel Padre se acordará… y sentirá algo en su corazón.

8) Si entre los jóvenes se ha madurado ya alguna vocación, si alguno de ellos ya ha vestido el hábito religioso o la sotana de seminarista, sería muy oportuno animar a hacerse visitas mutuas (no frecuentes), organizar alguna pequeña velada en su honor, invitarle a que dé alguna charla sobre su vocación y que les explique cómo oyó la voz de Dios, las dificultades que tuvo, su decisión, etcétera. . .

9) Poner al joven dentro del apostolado. Y para ello no es necesario que pertenezca a ninguna Asociación, pues más que todo se trata de que haga el apostolado de alma a alma, el personal.

Y aquel jovencito se pondrá a trabajar y nos tendrá al corriente de lo que hace, de las respuestas que le dan y de los progresos que obtiene, y mientras nosotros, educadores, tenemos continua ocasión de hacerle ver la alegría del apostolado, la fealdad del pecado y de la indiferencia religiosa en la cual caen los que viven demasiado según las máximas del mundo, etcétera.

10) Ante todo, el educador debe amar su propia vocación; que vean externamente su felicidad, su gratitud al Señor que le ha concedido la gracia inmensa de llamarle a su servicio. Y no olvide expresar estos sentimientos en cada ocasión que se le presente. Con todo, tenga muy en cuenta que todo ha de hacerse con naturalidad y con la máxima sinceridad.

11) Y mientras tanto estudiemos a los muchachos y veamos si en ellos se encuentra alguna de aquellas señales de vocación de que hemos hablado. No es necesario que las tengan todas. Bastarán dos o tres y algunas veces aún una sola. Ni es necesario que las tengan en aquel grado tan perfecto como las encontré yo en los jóvenes a que me he referido.

Encontrado el joven o jóvenes con tales señales podemos ir adelante con la casi seguridad de dar en el blanco. Y no tengamos miedo de hablar claro. Pero de esto diremos otras cosas más adelante.

12) El final de este trabajo no será que todos los chicos de la clase o Asociación se harán por fuerza religiosos, como cualquier malicioso estará tentado de decir, sino lo siguiente: El que tiene vocación, esto es, el que es llamado por Dios, sentirá fácilmente su voz y no encontrará dificultad en seguirla; en cambio, el que no es llamado obtendrá el beneficio de formarse seria y profundamente en el verdadero espíritu del cristianismo, el cual es espíritu de desprecio hacia el mundo, de generosidad para con Dios, de apostolado y de combate heroico.

 

 


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