San Pablo: de perseguidor a apóstol

San Pablo: de perseguidor a apóstol

Pablo vivía enamorado de Cristo y ese amor lo llevaba a predicar sin descanso, pues comprendía que la mayor obra de caridad es enseñar la verdadera fe, la fe en Jesucristo.

¿Cómo es que un perseguidor de la fe cristiana pasó a ser su más férreo defensor? ¿Cómo un fariseo se convierte en apóstol? Cuando Pablo fue tirado por tierra, fue capaz de entregarle a Cristo absolutamente todo su ser. Más tarde pudo decir «ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

Por Hna. Claudia Ortiz, CMJ

Pablo es el nombre griego de Saulo, hombre de raza hebrea y de religión judía, oriundo de Tarso de Cilicia, ciudad situada en el sureste de la actual Turquía, que vivió en el siglo I después de Cristo. Pablo fue, por tanto, contemporáneo de Jesús de Nazaret.

Saulo, ¿por qué me persigues?

Saulo de Tarso fue educado en el fariseísmo, una de las facciones del judaísmo. Como él mismo narra en uno de sus escritos, la Carta a los Gálatas, su celo por el judaísmo le llevó a perseguir al naciente grupo de los cristianos (Ga 1,13-14), a los que consideraba contrarios a la pureza de la religión judía, hasta que en una ocasión, rumbo a Damasco, encontró en su camino la manifestación de Jesús Glorioso que le reveló aquella pregunta  «¿Por qué me persigues?»

Leyendo el relato bíblico en el libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos de detenernos en aquella pregunta llena de amor: ¿POR QUÉ ME PERSIGUES? La palabra «ME» es fundamental: al perseguir a los discípulos de Cristo, Saulo perseguía a la Iglesia. Y si Jesucristo pregunta «¿por qué ME persigues?» significa que Cristo se identifica totalmente con la Iglesia, pues la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo.

San Pablo se encontraba ante el misterio de Cristo – y al mismo tiempo- ante el misterio de la Iglesia.

A partir de allí, Pablo ya no sería el mismo, la luz de Cristo iluminó su corazón para siempre, como nos lo enseña el Papa Benedicto XVI «Jesús entró en su vida y lo convirtió de perseguidor en apóstol. Ese encuentro marcó el inicio de su misión: san Pablo no podía seguir viviendo como antes; desde entonces era consciente de que el Señor le había dado el encargo de anunciar su Evangelio en calidad de apóstol».

La vocación de San Pablo

Uno de los mayores milagros de la historia es la evangelización de los pueblos gentiles y esta tarea no se podría haber llevado a cabo sin San Pablo.

La vocación de este hombre fue de una importancia extraordinaria para la Iglesia primitiva, pues la expansión del evangelio «necesitaba» de él; su contribución, fue de un valor que nadie puede menospreciar o contrariar. En revelación a Ananías -el discípulo que hizo recobrar la visión que había perdido Saulo en el camino a Damasco-, el Señor dijo: «Este hombre (Pablo) es para mí un instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y de los hijos de Israel». (Hechos de los Apóstoles, 9, 15).

La predicación de San Pablo no se limitó pues a los hijos de Israel, sino que emprendió innumerables viajes, fundando iglesias por todo el orbe, granjeándose el título de «apóstol de los gentiles».

Por su nombre griego, su ascendencia hebrea y su ciudadanía romana, Pablo era el modelo ideal de confluencia entre las tres grandes civilizaciones, estando apto, por esto, a establecer un diálogo fructífero con innumerables culturas, mostrándoles la belleza del evangelio y conduciendolos a la fe en Cristo.

Persecuciones y sufrimientos

Un elemento típico del verdadero apóstol, claramente destacado por san Pablo, es una especie de identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la misma suerte. De hecho, nadie ha puesto de relieve mejor que san Pablo cómo el anuncio de la cruz de Cristo se presenta como «escándalo y necedad» (1 Co 1, 23), y muchos reaccionan ante él con incomprensión y rechazo. Eso sucedía en aquel tiempo, y no nos debe extrañar que suceda también hoy.

En ese sentido, la «boca de oro» como se le denomina a San Juan Crisóstomo, nos describe magníficamente los sufrimientos del apóstol.  «Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo. Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que el descanso. La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios».

Unión íntima con Cristo

El Apóstol solo era capaz de viajar y anunciar la Palabra, porque él mismo bebía profundamente del agua viva de Cristo, a través de la oración continua y perseverante:   «Estoy crucificado con Cristo, no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Todavía vivo en la carne, pero mi vida está afianzada en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí». (Gal 2, 20).  

Pablo vivía enamorado de Cristo y ese amor lo llevaba a predicar sin descanso, pues comprendía que la mayor obra de caridad es enseñar la verdadera fe, la fe en Jesucristo.

Fue en unión íntima con Jesús -como vivieron los Doce- que murió San Pablo, decapitado, en la vía Ostia, en Roma. «Combatí el buen combate, concluí mi carrera, he conservado la fe» (2Tim 4, 5). El hombre que tantos kilómetros caminara para anunciar a Cristo, hacía su último y definitivo viaje.

Imagen para nuestros tiempos

De férreo perseguidor de los cristianos a gran evangelizador, Pablo, es sobretodo para estos tiempos de tibieza y pusilanimidad apostólica, la imagen ideal de un corazón enamorado de la única verdad que une pueblos y naciones: Jesucristo.☐

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