San Roque González, el gran evangelizador paraguayo

En el calendario litúrgico recordamos al emblemático santo paraguayo  el 15 de noviembre junto a sus compañeros mártires, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, quienes derramaron su sangre en pos del anuncio del evangelio y la predicación.

Por Raquel Almada

Con un semblante brío, vestido con sotana, con un rosario en una mano y en la otra un cuadro de nuestra Señora, su leal compañera de misión, aparece el Santo Paraguayo, Roque González de Santa Cruz, pintado en los cuadros para recordar su rostro. El incansable celo apostólico de San Roque lo llevó, a pesar de los riesgos, a salir a remar mar adentro y así conquistar, en las espesas selvas latinoamericanas, almas para Dios.

En el calendario litúrgico recordamos al emblemático santo paraguayo  el 15 de noviembre junto a sus compañeros mártires, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, quienes derramaron su sangre en pos del anuncio del evangelio y la predicación.

De pequeño, Roque creció escuchando historias de vida de los santos, en su hogar en Asunción, junto a sus 9 hermanos y sus padres Bartolomé González y María de Santa Cruz. Entre las historias que habían llegado a los oídos del piadoso joven se encontraban los relatos sobre la vida del “Patrón de las Misiones”, Francisco Javier, santo que hizo conocer a Dios en las lejanas tierras del continente asiático.

En los relatos que nos narran la vida de San Roque González escuchamos que de niño, en sus horas libres jugaba a ser misionero, pacificador de hombres, fundador de pueblos; su vocación ya se manifestaba, por eso intuía que era hora de ensayar su futura tarea en esos juegos con sus compañeritos. De él también se sabe que a los 14 años dirigió su primera procesión realizada en un bosque, en honor a la Eucaristía.

A los 22 años, Roque es ordenado sacerdote por el entonces obispo de Córdoba, Mons. Hernando Trejo y Sanabria; tiempo después es nombrado párroco de la catedral de Asunción por el obispo Martín Ignacio de Loyola. Su gran celo apostólico iba creciendo con el paso del tiempo, tal es así que renunció al cargo de Vicario General de Asunción porque quería llegar hasta los mismos indígenas para evangelizarlos y hacerlos partícipes de la gracias de Dios.

Es así, que el 9 de mayo de 1609, abandona su cargo para ingresar en el noviciado de la Compañía de Jesús. Dos años más tarde, fue nombrado superior de la primera Reducción de Paraguay, San Ignacio de Loyola, más conocida como “San Ignacio Guazú”. En esa localidad inició su ingente labor misionera. El Padre Roque enseñaba a los indígenas los trabajos manuales y las primeras letras, y junto a sus compañeros de misión, instruía a los aborígenes todo lo relacionado a la doctrina católica.

En la obra “Roque González de Santa Cruz” de Tomás L. Mico, encontramos algunos escritos que San Roque enviaba a sus superiores de la Compañía de Jesús; una de ellas menciona: “En lo que toca a lo espiritual, por más ocupaciones que hemos tenido nunca hemos faltado a nuestros ejercicios espirituales y modo de proceder, y en lo que toca a lo espiritual de nuestros hijos, hemos ejercitado con ellos todas las obras de caridad que podemos; porque sin falta entre estos pobres indios se ejercitan todas, y los que estuvieren entre ellos han de ser padres no sólo del alma sino también de cuerpo, no esperando por ello retorno humano sino celestial y de gloria, que es lo que dura y venimos a buscar. Predícoles todos los domingos y fiestas que ellos guardan, haciéndoles la doctrina primero antes de oír misa; enterramos y decimos misa por sus difuntos, visitamos y curamos los enfermos, partimos con los necesitados nuestra pobreza, enseñamos a los niños y las niñas, y son los niños de la escuela unos ciento cincuenta y otras tantas niñas, los cuales están todas las tardes en la iglesia rezando; y así saben muy bien las oraciones y  el catecismo y muchos ayudan en la misa, y ahora, con la venida de Vuestra Reverencia comenzaremos a enseñarles a leer, escribir y cantar”.

Algo que caracterizaba al Padre Roque era su extraordinario amor a la Santísima Virgen María, con ella conquistaba corazones para Cristo. Por eso la llamaba, la “conquistadora”. Se cuenta que muchas veces con solo levantar el cuadro de la imagen de Nuestra Señora, los índios admiraban la belleza de María y sin pronunciar palabras se convertían.

Su deseo de evangelizar llevó al Santo Paraguayo hasta el lugar de su martirio, ocurrido el 15 de noviembre de 1628. Roque celebraba la Santa Misa cerca de Caaró, hoy Río Grande do Sul, Brasil, donde planeaba iniciar una nueva reducción. Al terminar la celebración eucarística salió al exterior acompañado de unos indios para colgar la campana de la Iglesia, y en ese momento el cacique Nezú mandó a un grupo de sus indios a asesinar a los misioneros y destruir la reducción. El cuerpo de Roque y sus compañeros fueron arrojados a una hoguera. Durante el martirio se produjeron hechos sorprendentes y milagrosos que la crónica religiosa relata de la siguiente manera: “Reunidos los indígenas alrededor de la hoguera humeante donde se consumían los cadáveres mutilados de los misioneros, aquéllos oyeron aterrorizados la voz de Roque que les decía: “Aunque me maten, no muero, porque mi alma va al cielo”, y al mismo tiempo les prometía ayuda espiritual. Ante semejante situación, el cacique, convencido de que era imposible que tales palabras fueran pronunciadas, ya que la cabeza de Roque se hallaba separada del cuerpo, mandó que le abrieran el pecho y le atravesaran el corazón con una flecha”. Milagrosamente, el corazón quedó incorrupto y es venerado junto con el instrumento de su martirio, en el Colegio Cristo Rey de Asunción.

El Papa Juan Pablo II, el día de su canonización, el 16 de mayo de 1988, pronunció estas palabras: «El corazón incorrupto del padre Roque González de Santa Cruz constituye un signo elocuente del amor cristiano, capaz de superar todos los límites humanos, hasta los de la muerte».

Que la valentía y el amor por las almas que demostró el gran evangelizador paraguayo, San Roque González, sea nuestra inspiración para continuar con nuestra labor de ganarnos almas para Dios.

 

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