Dulce madero, dulces clavos

Un día, unos labios jóvenes preguntó: “¿Por qué el crucifijo está en el centro de todos los templos católicos del mundo, si ya tenemos el sagrario, donde está el cuerpo mismo de Cristo resucitado?” Un hombre de cabellos canosos le respondió: “Porque aquel sagrario no hubiese estado ahí si Cristo no hubiera muerto en la cruz.”

Por Andrés Ferreira

La Muerte y la Resurrección de Cristo.Así pues Padre, al celebrar ahora el memorial de la MUERTE gloriosa de Jesucristo tu Hijo Nuestro Señor, de su santa RESURRECCIÓN del lugar de los muertos y de su admirable ASCENSIÓN a los cielos…” canta el sacerdote en el Canon de la Misa, como muestra de que el domingo no es sólo la celebración de la resurrección de Cristo, sino del Misterio Pascual: Muerte, Resurrección, Ascensión; porque si bien es cierto que el domingo nos alegramos por la resurrección de Nuestro Señor, con la cual venció a la muerte y al pecado para siempre, la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nunca está disociada de su muerte en la cruz. porque si bien es cierto que el domingo nos alegramos por la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, con la cual venció a la muerte y al pecado para siempre, nunca está disociada de su muerte en la cruz. sugiero este texto

 

No hay sepulcro vacío sin cruz. Todo cristiano, al pensar en la resurrección, celebrada durante la cincuentena de Pascua y cada domingo del año, tiene ante sus ojos la imagen del sepulcro vacío; pero nadie ha sido puesto en un sepulcro o en una tumba sin antes haber muerto. Jesús, para poder resucitar, antes tuvo que morir; y murió para pagar la deuda contraída por nuestros pecados, la deuda de Adán, la deuda del pecado original que nos condenaba a morir, que nos impedía entrar al cielo, que nos ataba a este mundo. Jesucristo paga esa deuda, con creces, derramando hasta la última gota de su sangre sacrosanta y redentora. Jesús no solo nos hace dignos de resucitar con Él, que se hizo hombre como nosotros, sino que subió a los cielos, para que nosotros también subamos con Él y veamos a Dios tal cual es. Pero ninguno de nosotros hubiéramos podido ser partícipes de la felicidad eterna de Dios, si Cristo no hubiera muerto por nuestra salvación.

 

La alegría de la cruz. Nuestro Sumo Pontífice, el Papa Francisco, nos habla en su encíclica “Evangelii Gaudium”, de la alegría de llevar el Evangelio de Cristo; y San Pablo decía “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado” (1Co 1:23), es decir, la alegría de San Pablo fue predicar a Cristo en la cruz. Porque el cristiano nunca debe olvidar, que la resurrección de Nuestro Señor, su Ascensión y por consiguiente nuestra salvación estaba en un madero, colgado de unos clavos; por eso podemos decir, como lo canta un himno del siglo sexto: dulce madero, dulces clavos.

Deja un comentario