Señales de verdadera vocación (Parte 1)

Damos algunas señales que, si bien no son definitivas, ayudan a discernir la inclinación del corazón necesaria para abrazar la vocación.

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas”
del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I.

 

1) Miedo del mundo y de sus peligros

No se trata de cobardía, o sea, simple miedo a sufrir. Se trata más bien de un verdadero conocimiento de la malicia espiritual y moral del mundo y de la dificultad seria de permanecer fieles a Dios.

Y si somos sinceros:

– ¡Qué difícil es permanecer puros en el mundo con tantos incentivos, ejemplos y tentaciones provenientes de toda clase de personas, compañías, lecturas y circunstancias de vida!

– ¡Qué difícil es llevar una vida conyugal que no traspase los límites prescritos por Dios, que no intente contrarrestar o eliminar los fines del Creador!

– ¡Qué difícil es ser buenos padres que sepan y quieran educar bien a sus hijos!

– ¡Qué difícil es vivir honestamente sin cometer injusticias, sin hacer trampas, sin recurrir a la detracción, a la calumnia, al engaño cruel!

– ¡A cuántos excesos pueden llevar las amistades, las recomendaciones, las posiciones que es preciso sostener para no ser destrozado por los buenos ‘fuera de la Ley’!

Es verdad que en el mundo hay también santos, pero ¿a qué costo? ¿Qué temple de cristianos han de tener? Sin contar que muchas veces llegan sí, a un cierto grado de bondad, pero después de mil caídas y desórdenes y por un golpe brusco de la gracia.

¿Y yo me sentiré tan fuerte? ¿Creo posible para mí atravesar ese barrizal sin llenarme de barro?

Muchos jóvenes a la vista de este espectáculo tan nefando del mundo no se conmueven. No piensan o no aspiran a ser buenos. Otros, en cambio se sienten agitados y movidos; esto quiere decir que llevan en el corazón el germen de un camino elevado y santo, o sea, la vocación.

2) Atracción a la pureza

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. A veces uno se encuentra con jóvenes que son una excepción, pasan a través de un mundo de pecado y parece que no sienten nada. No se manchan con aquel.

Se ve que para ellos existe una Providencia especial. Mientras otros en ocasiones menos peligrosas caen, ellos… nada; y muchas veces sin gran esfuerzo.

¿Por qué razón Dios los mantiene intactos? Ciertamente por alguna causa. Dios obra siempre por algún fin. Muy probablemente porque los quiere por el camino que no se puede andar sin pureza. Y más aún si se trata de un joven que sabe, que ha visto, que comprende y que quizás ha sentido en sí las pasiones más violentas pero que ha encontrado en la gracia y un poco en su carácter la fuerza y la energía para no caer. Entonces se ve claro que ahí está el dedo de Dios y que estamos frente a un joven llamado a la perfección.

Encontré a un joven de dieciséis años en un pueblo donde los muchachos de doce años son ya casi mozos: bien desarrollado, activo, inteligente, en plena posesión de sus facultades y completamente abierto a la primavera de la vida. Simpático, deportista, exuberante y de una pureza que quiero llamarla completa. No permitía a sí mismo sentir ni siquiera el álito de la tentación. Sabía guardarse maravillosamente bien, era recatado en medio de su vida llena de juventud, era admirable. Y sin embargo, su ambiente no le era favorable, ni falto de dificultades como cualquier otro ambiente, ya que en materia de pureza basta estar revestido de cuerpo para ser molestado.

Nunca como entre estos jóvenes entendí mejor el significado de aquella frase de San Pablo (Ef. 5, 3) a propósito del pecado impuro: “Ni nombrarlos entre vosotos…”. Sólo el nombrarlo ya desentonaba.

Encontré también otro joven, un tarambana como se suele decir, incapaz de estarse quieto cinco minutos, movido, allá donde estuviese, aún en la iglesia, y no entregado ni mucho menos a una vida espiritual; al contrario, las compañías que frecuentaba no eran del todo recomendables y las conversaciones que tenían no eran serias, ni mucho menos, pero tenía un como disgusto y una aversión natural contra “el pecado feo”; le manifesté mi admiración y aun se lo escribí. Veamos cómo me respondió hablándome de su carácter:

«No puedo hacer menos que sentirme superior a todo lo que puede ofender mi moral no sólo cristiana sino humana, ya que el hombre ha de tener su moral; pues de otra manera no es hombre, y eso es lo que voy repitiendo inútilmente a todos mis compañeros y amigos, que se las dan de ‘gente corrida’ y ‘superior’.»

Cuando se encuentra una gracia tan sublime en un alma, está demasiado claro que Dios no la quiere para que haga una vida común y casi sin sentido. Ciertamente quiere que se distinga en la vida de santidad y que haga grandes cosas por su gloria.

3) Desear tener vocación

¡Cuántas veces ocurre al ver pasar algún religioso por la calle, decir en lo íntimo del corazón «¡Feliz él! ¡Si tuviese también yo vocación; la gracia de ser como él!».

Este deseo seguramente no proviene del demonio ni tan siquiera de la propia naturaleza, porque todos sabemos que la vida del religioso es una vida llena de sacrificios y de renuncias.

Por eso hay algo de sobrenatural en eso que gusta y atrae.

Cuando un joven empieza a tener ese secreto deseo, bien puede sospechar que se halla bajo la acción de Dios. Aunque este deseo no exista actualmente, si se ha tenido alguna vez en la vida no debe despreciarse, sino que ha de ser examinado y ver cuáles hayan sido las causas por que se abandonó. Quizás se trate de una gracia de Dios que se ha perdido por causa de una conducta indigna, quizás solamente se tiene dormida y entonces puede ser que se despierte con la oración.

Es un deseo que se siente de cuando en cuando y que revive en la oración o después de la Sagrada Comunión o en los días de calma y de Ejercicios Espirituales o Retiros. Cuando el alma se pone en contacto con Dios, Dios le habla más claramente.

Y muchas veces este deseo indefinido llega a la certeza de la convicción: «Sí, me haré religioso; lo demás no vale nada; es lo que me conviene…».

Aquí Dios llama claramente.

Un jovencito de quince años se me presenta un día: —Padre, necesito oraciones. ¡Ruegue por mí! Tenía los ojos llenos de lágrimas.

— ¡Bueno! ¿Pero qué es lo que quieres conseguir?

—Tengo un deseo grande de hacerme sacerdote, pero temo que no llegaré. Temo que no tenga vocación. Pero la quiero tener. No sé si eso es pecado, pero ¡yo quiero de veras esa gracia!

Sonreí. ¿Qué señal más clara quería este muchacho para estar seguro de que Dios le llamaba?

El P. Doyle dice: ¿Te ha ocurrido alguna vez preguntarte a ti mismo: ¿Cómo podré saber si tengo vocación o no? Bastaría esto para tener una señal cierta de vocación.

¡Pero podría ser una veleidad! Cierto. Por eso precisamente es necesario cultivar ese deseo, pedirlo y después esperar a que el tiempo hable. Un deseo que dura tres meses no puede ser una cosa pasajera. Y si en un joven de quince años dura un año, bien podemos decir que se trata de una cosa muy seria.


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