Señales de verdadera vocación (Parte 2)

Para continuar con el discernimiento de la inclinación del corazón, necesario para abrazar la vocación, seguimos dando algunas señales que pueden ayudar. 

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas”
del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I.

 

4) Conciencia de la vanidad de las cosas de las cosas de la tierra.

Empieza con sentimiento de temor y de decaimiento. Ven a sus compañeros que corren alocados tras las quimeras inconscientes. ¡Pobres!; son dignos de compasión, son pobres ilusos que no comprenden. Para nosotros, en cambio, ¡es tan evidente!

¡Todo acaba, todo es vano! ¿Vale la pena de emplear toda una vida para conseguir estos bienes caducos que no valen, que no son capaces de dar un minuto de serena alegría?

Me hallé presente en una conversación entre dos muchachos. El uno hablaba de sus proyectos de carrera, riquezas y títulos. El otro de vez en cuando intercalaba el discurso con un: ‘¡Bah!, ¿y qué vale todo eso? ¿Para qué te sirve todo eso? ¿Qué harás con los aplausos y la estima de todo el mundo?’.

Me impresionó y quise preguntarle a solas.

— ¿Y tú qué serás?

—No sé; confío en que Dios me haga la gracia de ser sacerdote. ¡Yo no deseo tonterías como mi amigo! ¡Es un iluso! No entiendo qué gusto encuentra en querer ser rico y poderoso…

Y después añadió:

— ¡Aquello no es la grandeza!

Me acordé del epitafio que el senador Spínola compuso para su sepulcro, y que después fue puesto en su tumba:

Recordemos el caso de Eva Lavalliere. Quien habiendo sido actriz, y llevado una vida disoluta y viciosa, se convirtió luego en religiosa. Una tarde la hicieron salir al escenario varias veces para saludarla efusivamente. Los aplausos del público delirante demostraban que veían en ella a la diva, a la reina del escenario. Luego de la presentación se cambia rápidamente sus vestidos y por un camino solitario se dirige al Sena. La vista extraviada, el paso incierto, la frente rugosa, indicaban claramente que sufría una tempestad en el corazón. ¡Exacto! Era la amargura desesperada que deja en el corazón la mentirosa gloria humana que únicamente es capaz de saciar a los que no tienen sentimientos nobles. Eva pensaba arrojarse al río y terminar para siempre con aquella vida que no sabía darle lo que necesitaba. Y al barquero que la detuvo le gritó fuera de sí:

— ¡Déjame en paz! ¡Soy la mujer más infeliz de este mundo! ¡Estoy desesperada!

Más tarde, cuando después del Noviciado pronunció sus votos religiosos en un monasterio, dijo a los periodistas que la querían entrevistar para publicar los pormenores emocionantes de aquel cambio tan extraordinario:

— ¡Digan a todos que soy la mujer más feliz del mundo!

A veces este desprecio del mundo llega a ser odio; sentimiento que Jesús mismo tuvo, pues maldijo al mundo y no quiso rogar por él. Fijémonos en que no es un odio hacia los hombres sino más bien hacia el modo de pensar, de obrar y de considerar las cosas que tienen los que viven según las máximas del mundo.

5) Atracción a la oración

Un deseo indecible de sentirse unido con Dios, de conversar con El, de orar. Querer estar solo, casi diría escondido; amar, pensar y orar. El joven siente que quiere hacer oración, le asalta el temor de que no ruega bastante, y en la oración encuentra calma y gozo porque reza o porque ha rezado.

¿No habéis entrado nunca en alguna iglesia hacia el atardecer? Entrad y no será raro que veáis a cualquier jovencito en algún ángulo rezando.

La vida eucarística se intensifica de un modo casi natural. De los jóvenes a los que he ayudado en su vocación puedo afirmar que no había uno solo que no comulgase diariamente.

Sin embargo, no es necesario que comulgue cada día para poder decir que un joven se siente atraído hacia la oración. Cuando se ve que uno va pasando de la Comunión mensual a la semanal o de la falta casi total de oración a la convicción o a la necesidad de orar mucho, puede ser señal de que Dios se quiere hacer oír.

Un día un joven me decía que recitaba seis Rosarios diarios.

— ¿Y cómo puedes hacerlo? ¿Durante la clase?

— ¡No! Por la calle, yendo a casa, durante las filas, esperando al profesor, y al fin digo dos con toda calma en casa o en la iglesia.

Inútil es decir que el ideal de la vocación estaba ya alto y esplendente en el horizonte de su alma.

Con frecuencia todo esto va acompañado del gusto por la oración y por las consolaciones espirituales. El muchacho que siente estos gozos no irá a otro sitio a buscar su felicidad; sin más comprenderá que la vida religiosa debe ser una vida de paraíso y verdadera felicidad.

6) Deseo de sufrir

Nos parece injusto el saber que Jesús sufrió por nosotros mientras gozamos de tantas pequeñas comodidades. El pensamiento de tantos pecados y de tanta ingratitud para con Dios de parte de los hombres deja, es cierto, indiferentes a los más, pero hiere a otros en lo más vivo y les hace sentir el deber de sufrir y sacrificarse para asemejarse a Jesús y para reparar lo que hacen tantos pecadores.

No piensan en los porqués. Su amor a Dios los empuja a ello.

Puede darse que se trate de un penitente sincero; alguna vez, en cambio, es como una necesidad del corazón que comprende no poder amar a Dios sin sufrir. Entonces es cuando se ve a estas almas entregarse al sacrificio, renunciar voluntariamente a tantas vanidades y aun diversiones lícitas, procurarse instrumentos de penitencia para hacer sufrir al cuerpo y así encontrar el gozo y la paz del alma y sentir la sensación de que empiezan en serio a amar a Dios.

Crece por lo tanto la devoción al Sagrado Corazón, devoción de amor y reparación, admiran a los religiosos porque llevan una vida de sacrificio y practican la compunción del corazón que conduce a la mortificación no sólo interna sino externa.

Un muchacho de trece años ponía una tabla sobre un colchón disimulando y diciendo que dormía más cómodo; otro, como San Luis, atormentaba su sueño con piedrecillas metidas entre las sábanas. Vi a otros que dormían sobre el desnudo suelo, ¡y cuántos otros me han pedido, no en vano, instrumentos de penitencia!

Esta es una de las señales más sólidas y seguras de vocación, y quisiera decir a todos que hemos de presentar la vida religiosa tal como ella es en realidad, o sea, vida de renuncia y de sacrificio. Es inútil procurar mitigar este lado incómodo de la vida religiosa. No sería sincero y, por lo demás, esconderíamos lo que la vida religiosa tiene de más atrayente.

Precisamente hace pocos días una joven, a quien yo dirijo espiritualmente, se presentó a las Hermanas Franciscanas Misioneras de María para ser admitida en su Congregación. Por primera providencia las Hermanas empezaron a desanimarla diciéndole que su Regla era muy rígida y difícil, que pocas llegaban a resistir y que la mayoría tenía que volverse atrás. Al principio quedó un poco angustiada, pero luego quiso ir al Noviciado de Grottaterta para ver y probar cómo era la realidad. La Madre Maestra de novicias la acogió con un: “¡Ni pensarlo! ¡Nuestra Regla es muy dura; Usted no podrá resistir!”.

Alabé el modo de obrar de estas religiosas, que demostraban ser muy serias en su reclutamiento. No obstante, sobre la joven produjo el efecto contrario, pues me dijo:

Si hay que sufrir, tanto mejor. Yo no quiero hacerme religiosa para estar bien, sino para crucificarme con Jesús.

Y es que el que tiene verdadera vocación no teme al sacrificio; en cambio, si un joven pide abrazar la vida religiosa y permanece perplejo al pensamiento de que tendrá que sufrir y renunciar a todo, conviene ir despacio y hacerle esperar un poco más; mientras no empiece a querer el sufrimiento, seamos poco entusiastas de su vocación.

El biógrafo de Santa Margarita María de Alacoque, hablando de la vocación de esta predilecta del Sagrado Corazón, muestra muy al vivo esta renuncia dolorosa:

“Brillaba en el mundo y Jesús la quería humilde y escondida tras una reja; le gustaba adornarse de rosas y Jesús quería lacerarla con espinas; corría tras los placeres y Jesús la quería para el sacrificio y la humillación. Una vida fácil y feliz se abría a sus pies y Jesús quería que muriese a todo lo que da la tierra: sueños del porvenir, adornos, belleza, salud, afectos; Jesús quería el sacrificio de todo por amor de El”.

La vida religiosa es un paraíso, pero porque es una continua crucifixión: no es alegría según el mundo, sino lo contrario de aquella del mundo.

Cuando Ermano Cohen se convirtió del judaísmo y fue al P. Lacordaire, para manifestarle su deseo de ser religioso y de ser dirigido por él en su vocación, el Padre le dijo:

— ¿Tiene usted valor para que le escupan en la cara sin decir nada? Si es así, puede hacerse religioso.

No queremos vocaciones de agua de rosas, de jóvenes que quieren darse a Dios… hasta cierto punto. ¡Váyanse en buena hora! La vida religiosa necesita héroes y únicamente el que quiere sufrir y seguir a un Rey coronado de espinas y cubierto de salivazos, puede que llegue a ser un verdadero religioso, y con esto, santo, feliz y llamado de Dios.

Este artículo continuará…


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