Un cuento de Navidad

Antes de que Papá Noel destronara al Niño Dios.

En tiempos donde el marketing y los medios de comunicación han difundido una falsa Navidad, compartimos con nuestros lectores la historia de Don Aurelio, quien narra a su nieta Cecilia cómo era la Navidad del Paraguay en el pasado y como esta época del año «posee una ternura, una dulzura infantil que atrapa todo el corazón» (Padre Pío de Pietrelcina).

Hno. Cristian Alfonso, CMJ 

Don Aurelio contemplaba silencioso el trajín de la casa que lo albergaba desde que sus años impidiéronle caminar con normalidad; en aquella casa habitaban su hijo menor con su esposa, y sus cuatro nietos, pero aun con tal cantidad de habitantes, en ocasiones se sentía solo; y no precisamente por la ausencia de una compañía, sino por la ausencia de ideas compartidas; y este, era uno de esos momentos.

Toda la familia, excepto el septagenario, se encontraba abocada al traslado de una gran cantidad de artículos adquiridos en esa misma mañana. Comestibles de todo tipo, color y procedencia, bebidas, adornos inmensurables y diversos, manteles, e incontables cajas. Las dos niñas más pequeñas eran las más entusiasmadas, iban y venían transportando bultos que sobrepasaban su tamaño y a veces su misma capacidad. Cecilia, la menor de todas, al ver concluida la descarga, se sentó ahí mismo en el suelo; su cansancio era tal que no solo se sentó sino que, tras unos segundos de vacilación, todo su cuerpito de 7 años estaba tendido en el suelo. Fue en ese momento cuando vió a su abuelo, con la cabeza recostada sobre el brazo derecho, que a su vez se apoyaba en el posabrazos de su inseparable sillón; y por aquella sensibilidad divina que tienen los niños, se dio cuenta que un aire de tristeza invadía el curtido corazón de aquel anciano.

Olvidándose de su cansancio, justo en el momento en que su madre abría la boca reprobando el improvisado lecho de la niña, ésta se paró y se dirigió, sin ningún apuro, hacia el hombre de canosos y escasos cabellos.

Ya se acerca la Navidad – dijo la niña queriendo alegrar a su abuelo – y Estela dice que la Navidad es la mejor época del año.

– Lo es – musitó el anciano – tu hermana tiene razón. Es la mejor época del año, pero ¿sabés por qué?

-La niña no se había hecho nunca esa pregunta, como era de suponerse; las palabras de Estela, tres años más grande que ella, eran más que suficientes para que eso se transforme en una especie de dogma para su incipiente conciencia, ya que la admiraba mucho.

– Porque Estela lo dice. – Dijo la niña tras un breve silencio, confiada de su respuesta.

– Tenemos que preguntarnos ahora, por qué Estela dice eso – respondió el anciano con ternura.

– ¿Por qué Estela dice eso, abuelo? – dijo la niñita con una pizca de desesperación.

– Porque la Navidad es una gran celebración, mi hija querida; es un cumpleaños; el cumpleaños de alguien muy importante para nosotros.

– La niña se puso pensativa. Sabía que Jesús había nacido en la Navidad, pero no había asociado hasta el momento ambas realidades, y con una gran clarividencia dijo con voz suave y misteriosa, como queriendo ocultar lo que estaba diciendo:

– Pero… no parece el cumpleaños de Jesús, abuelo.

-El abuelo dibujó entre sus labios algo que podría llamarse sonrisa, y dijo:

– Ahora ya no, nos regalamos cosas entre nosotros como si fuéramos nosotros el centro de atracción; nos felicitamos, pero no sabemos por qué, esperamos a Papá Noel en lugar de Jesucristo. Cuando yo era joven como tú, las cosas eran muy diferentes.

– Cuéntame abuelito – dijo emocionada la niña, a quien las historias del abuelo le resultaban siempre un deleite y podía pasar horas escuchando su ronca voz.

El anciano dejó de mirar hacia la niña y dándose vuelta miró fijamente hacia la ventana y, como si pudiera ver en ella sus recuerdos, empezó:

– En mi casa, nos preparábamos para la Navidad inmediatamente después de las Fiestas de Nuestra Señora de Caacupé; sacábamos las figuras de nuestro pesebre que cuidadosamente eran guardadas el año anterior. Era una inmensa alegría poder ver esas toscas figuras. Entre todos los hermanos nos juntábamos a pintar las figuras o reparar las que habían sufrido algún mutilamiento. Pero nadie podía tocar la imagen del Niño, la guardiana de esa preciosa imagen era mi mamá, recién en la Nochebuena podríamos volver a verla.

En el aire se percibía lo que podía llamarse el olor de la Navidad; ese aroma característico que despide la flor del coco cuando se abre.

Con nuestros oídos percibíamos cómo se multiplicaban las cigarras, quienes eran en gran medida el centro de nuestras diversiones, ya que atraparlas era una hazaña que todos querían lograr y atarla a un hilo de ferretería, para darle una limitada libertad, era el culmen de nuestras alegrías infantiles. Por las calles, nuestros ojos podían ver los más vivos colores de la Navidad; las tiendas desplegaban sus más ricos adornos y atavíos; la oferta de adornos y fuegos artificiales se multiplicaban; hileras de sandías, melones y otras frutas de estación, formaban al borde de los caminos verdaderos espectáculos visuales. Sin mencionar las fruterías domiciliarias debajo de la planta de mango que en un arrebato de generosidad, teñía el suelo con sus brillantes frutas.

Los adultos hasta pareciera que se hacían más amables y los niños más libres para ser niños.

Las luces iban apareciendo noche tras noche en las casas, titilando en la oscuridad como estrellas que dejaron el cielo para morar entre nosotros y brindarnos su luz y su hermosura.

Cuando se acercaba la tan esperada Nochebuena, los vecinos se reunían en la Iglesia o en alguna de las casas para rezar; los niños nunca faltábamos a los encuentros de Navidad en familia, porque nos gustaba mucho rezar y porque al final siempre había caramelos y galletitas.

Unos días antes de Navidad nuestro papá convocaba a los varones para una delicada misión: Adentrarnos al monte en busca de las mejores ramas de ka’avove’i y unas tacuaras apropiadas para el pesebre familiar; la elaboración del pesebre era una labor propia del varón de la casa, y nosotros lo ayudábamos para aprender por imitación. Una vez terminada la bóveda del pesebre, colocando cuidadosamente cada rama, tapizábamos el suelo del pesebre con retazos de pasto y de arena. Las figuras eran colocadas con delicadeza; en esto ya ayudaban las mujeres; se colgaban chipas, caramelos, y galletitas por todo el pesebre; la atracción principal era para nosotros los rosarios de caramelos; los últimos retoques del pesebre eran siempre las espigas de maíz a modo de pórtico y la emblemática flor de coco, que era especialmente elegida, ya que tenía que ser una que aún no se había abierto del todo; y era sorprendente cómo la flor elegida demostraba toda su belleza justo en la Víspera de Navidad.

El 24 nos abocábamos a la preparación del clericó y la ensalada de frutas, limpiábamos, descascarábamos y cortábamos las frutas para colocarlas en un gran balde, entre risas y anécdotas, a la sombra de un gran árbol, acompañado de sorbos de un refrescante tereré distribuido de forma ordenada por el más pequeño de la casa.

Para el anochecer ya estábamos vestidos con nuestras mejores galas, que no necesariamente eran ropas nuevas, a fin de recibir a los amigos que visitaban nuestro pesebre, en el cual aún no estaba el niño, porque todavía no había nacido, nos lo decía nuestra madre.

Nuestra mayor diversión consistía en perseguir a las luciérnagas, que con su tenue luz parecían colaborar con la alegría del nacimiento de Jesús, mientras aumentaba paulatinamente el sonido de las bombas y fuegos artificiales que se dibujaban en la noche de tanto en tanto.

Al caer el sol íbamos, como todo el pueblo, a la Misa del Gallo. El sacerdote nos explicaba el verdadero sentido de la Navidad, y todos volvíamos contentos a nuestras casas canturreando el «Noche de paz» en el camino.

Antes de la medianoche cenábamos con singular regocijo; no podían faltar el ruguasy Ka’ẽ, la sopa paraguaya, el chipa guazú y la sidra para los mayores.

Antes de las doce nos reuníamos alrededor del pesebre a esperar el nacimiento. A las 12, la mamá daba la imagen del niño recién nacido al más pequeño del hogar y éste la colocaba  tembloroso en el lugar correspondiente. Rezábamos y luego nos felicitábamos con besos y abrazos. Después de esto uno tras otro llegaban los vecinos para intercambiar felicitaciones y visitar el pesebre de la casa.

Con mis hermanos también visitábamos cada pesebre y en cada casa recibíamos generosas ofrendas después de rezar ante el Niño Jesús.

En algunos años seguíamos a los cantores quienes con guitarras luqueñas iban de pesebre en pesebre cantando canciones tradicionales al niño que acababa de nacer.

Por lo general no cocinábamos sino que consumiamos lo que intencionadamente sobraba de la cena del día anterior.

Nuestro pesebre permanecía hasta el 6 de enero, fecha en que los tres reyes magos finalmente llegaban hasta el niño, puesto que desde el 25 de diciembre se movían estas figuras un poco cada día.

Por estos motivos la Navidad era la mejor época del año, realmente nos alegrábamos por el cumpleaños de nuestro Dios y no por los regalos o por la venida de ese tal de Papá Noel. Tú, niña mía, – dijo el anciano, volteándose ante la niña – no vivas esta Navidad a los ojos de este tiempo, no te alegres solo por los regalos, sino porque Dios, un 25 de diciembre, nació en Belén.

La niña que, con una sonrisa entreabierta escuchaba cada palabra de su abuelo con suma atención, de un salto abrazó a su abuelo y permaneció allí un largo rato, mientras el anciano acariciaba sus negros cabellos y seguía recordando con consuelo, la Navidad en Paraguay.☐

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