V. ¿Felicidad sin Dios?

Al hombre se le subió a la cabeza el orgullo y la jactancia, quiso construir una torre gigantesca, que desafiase al mismo cielo…

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

Cuando se padece una larga enfermedad, postrado en la cama, se dispone normalmente de mucho tiempo para pensar y meditar…En una hermosa mañana otoñal, estoy convaleciente, sentado frente a mi escritorio. Una hoja de la doble ventana está abierta; brilla el sol otoñal. De pronto entra una avispa extraviada y se mete entre los dos cristales de la otra hoja, que está cerrada. Queriendo salir, se golpea una y otra vez contra el cristal, deseando evadirse de su prisión; y después de tanto golpear, cae desmayada. ¡Pobre avispa! La vida, la alegría, la luz la atraen; junto a ella está abierta la otra parte de la ventana; por allí podría lograr la libertad en un momento; pero ella busca la libertad, la alegría, la vida, justamente allí donde no las puede alcanzar.

Cuando, por la noche, me acerqué a la ventana para cerrarla, vi la pobre avispa muerta sobre la cornisa. ¡Pagó con su vida el empeño de buscar por un falso camino la luz, la felicidad!

Me acorde entonces de la suerte de muchos hombres. Me acordé de aquellos que buscan, por caminos equivocados, afanosamente, la felicidad; una y otra vez se lanzan contra el cristal de una felicidad engañosa, hasta que, por fin, al ocaso del sol —en el ocaso de la vida—, se desploman cargados con la terrible responsabilidad de una vida desperdiciada. Esta avispa extraviada es el símbolo de la sociedad moderna. Por más que busque la felicidad, no la encontrará más que en Dios. Este es el pensamiento-guía del presente capítulo.

Reflexionemos sobre dos puntos: lo peligrosos que pueden ser los caminos por dónde busca el hombre la felicidad, y qué cosa puede salvarle del peligro inminente. O, con otras palabras:

I. ¿Cuál es nuestra enfermedad?; y

II. ¿Hay o no esperanza de curación?

 

I. ¿CUÁL ES NUESTRA ENFERMEDAD?

Cuando, al principio de la Historia, al hombre se le subió a la cabeza el orgullo y la jactancia, quiso construir una torre gigantesca, que desafiase al mismo cielo. Pero en castigo —según advierte la Sagrada Escritura—, Dios confundió el lenguaje de los hombres: el uno no comprendía al otro, y cubiertos todos de vergüenza, hubieron de dejar la torre de Babel sin acabarla de construir.

A nuestra sociedad le ocurre exactamente lo mismo, al querer construir el edificio de la civilización humana prescindiendo de Dios. Pero el Edificio acabará tambaleándose, crujiendo, y en cualquier momento se desplomará su techumbre sobre nuestra cabeza. ¿Por qué? Porque los obreros se enorgullecieron de su propio poder. Porque quisieron edificar una civilización sin Dios. Porque desafiaron las leyes divinas. Porque nosotros, en medio de los múltiples y desquiciados trabajos que nos impone la vida moderna, no nos acordamos de la única fuerza que nos puede dar cohesión. Ponemos piedras, pero no tenemos cemento. Tenemos las piedras, el trabajo humano; pero no el cemento: el respeto a la Ley de Dios.
Hemos confiado demasiado en nuestro saber. Confiamos mucho en la técnica. Confiamos en el progreso. Y ¿adónde hemos llegado? Cuantas más luces enciende la técnica, tanto más oscuros son los caminos del hombre. Cuanto más progresa la ciencia, tanto más se multiplican los problemas del alma. ¿Adónde vamos a parar? Hacemos saltar peñascos con dinamita, pero no logramos dominar nuestra ira. Somos capaces de navegar por el fondo del mar, hemos aprendido a volar, nos comunicamos entre lejanos países al instante; pero no somos capaces de guardar fidelidad, de tener paciencia con los demás, saber perdonar, respetar a los demás, decir siempre la verdad y ser honrados, ser amables y solidarios. ¡Cómo progresa la técnica! Pero cuánto hemos retrocedido en las virtudes y en el camino de la santidad. Ya no nos basta la velocidad del avión; hoy día el hombre anhela viajar en vuelos interplanetarios. Pero, con todas estas cosas, ¿es mejor y más digna la vida del hombre? Progresamos, progresamos a pasos de gigante. Pero lo que el hombre necesita hoy no es tanto el progreso como el ascenso? El ascenso que nos libre del pecado de mil cabezas, que nos libre de la maldad, del egoísmo, del odio, de la mentira, de la lujuria. Porque progresamos en lo material, pero naufragamos sin rumbo en la vida del espíritu.

¡Cómo hemos avanzado en la técnica, si la comparamos con la de hace cien años! Pero ¿hemos adelantado tanto en punto a moral y buenas costumbres? ¿Se da cuenta el hombre moderno que tiene alma? Estos hombres que corren jadeantes tras el dinero, ¿asumen realmente que un día tendrán que rendir cuenta también de su alma, en la que nunca han pensado? El cristianismo derrotó al paganismo; pero si echamos una ojeada al mundo actual, notaremos con espanto cómo se organiza y se abre paso una nueva forma de paganismo. Podemos mirar a cualquier parte… Muchos están empeñados en desprestigiar a la Iglesia católica, hacen befa del matrimonio y de la familia, tratan suprimir los signos religiosos… Esta es la situación. Así se debate la pobre avispa, aturdida entre los cristales; así busca su felicidad el hombre descarriado. Pero es sólo la primera parte de nuestro pensamiento: hacer constar tristemente la existencia de la enfermedad, dar el diagnóstico. Veamos ahora cuál es la terapéutica, cuál es el método de curación, dónde está nuestra medicina, si podemos o no tener esperanza de salvación.

 

II. ¿HAY ESPERANZA DE CURACIÓN?

Hay solución. No sólo disponemos de nuestras fuerzas humanas, sino también de la ayuda de Dios.

No hace mucho leí una estadística, según la cual, cuanto mayor es el desarrollo material de un pueblo, tanto más crece el número de los suicidas; en cambio, cuánto más pobre es una nación, menos suicidios se dan.

Vale la pena meditarlo un poco. ¿Qué hemos de hacer? ¿Qué no se desarrollen los pueblos? ¿Abajo el progreso? ¡No! Basta admitir que la ciencia, la técnica, el progreso material, aunque sean cosas necesarias, ¡no bastan! Necesitamos de Dios, sólo alcanzaremos la felicidad si hacemos Su voluntad.

Hay esperanza de curación si volvemos a los Mandamientos de Dios. Pero a renglón seguido he de añadir que, por desgracia, hoy día nos resulta más difícil cumplirlos. No ayudan ciertas condiciones.

Por ejemplo, las circunstancias económicas influyen mucho en la vida del hombre. Ahí está el quinto Mandamiento: ¡No matarás! No abortes; respeta al niño, ámale… Y me parece oír los amargos reproches: ¡No gano lo suficiente, no tengo hogar!

Ahí está el sexto Mandamiento: ¡Sé casto, puro de corazón! Y enseguida surgen las objeciones: «En medio de este mundo tan sensual y corrompido, ¿voy a ser yo una excepción?» ¿Quién ignora los muchos obstáculos que se oponen a la vida cristiana, y cómo abundan en nuestra sociedad, y en nuestro modo de pensar, ideologías, instituciones, modas, prejuicios contrarios al espíritu del Decálogo? Y justamente en ello estriba la causa de que hoy día sea tan difícil observar la ley de Dios.

Por esto pido todos los que lean esta obra que lo hagan con una fe práctica, no simplemente teórica, dispuesta a hacer los sacrificios necesarios para llevarla a la vida. Porque hay lectores duros de oído que no quieren oír lo que les resulta exigente. ¿Quiénes son éstos?

En sentido espiritual, todos somos sordomudos antes de recibir el bautismo. Porque teníamos cerrados los labios y los oídos para la fe. De ahí que en la ceremonia del bautismo, el ministro toca la oreja del bautizando, y le dice: ¡Ephphetha! Es decir: ¡Ábrete! Por desgracia, hay muchos hombres que se quedan sordos después del bautismo. Estos no son capaces de oír la Palabra de Dios. Porque para percibir ciertas verdades se necesitan, no dos oídos, sino tres: junto a los dos oídos corporales necesitamos un oído especial para percibir con humildad las verdades divinas; necesitamos volver a ser como niños, aceptar sin vacilar lo que nos dice nuestro Padre celestial, con gran una prontitud espiritual.

Así se comprende por qué muchos hombres se aprovechan tan poco del anuncio de la Buena Nueva. ¡Les falta la fe del niño! En verdad os digo, que si no os volvéis a ser como un niño, no entraréis en el reino de los cielos (Mat 18,3).

De modo que ¿hay esperanza de curación? Sí; si sabemos atender con fe de niño a la palabra del Señor. Sí, la hay; si nos atrevemos a vivir de una manera coherente los Mandamientos de Dios. La hay, si tenemos la valentía que se necesita para cumplirlos, por muchos obstáculos que nos ponga el mundo. ¡A pesar de todo, contra todos los vientos!

Hace dos o tres siglos lo que más destacaba al divisar una ciudad, era la iglesia. Y a su sombra se cobijaban las demás casas. Dios era el centro; la Casa del Señor era la primera, la más importante.

Hoy las cosas han cambiado. A pesar de todo, creemos que siempre habrá un grupo escogido que, aun en medio de la terrible apostasía, permanecerá firme, siempre fiel a Jesucristo. Nosotros creemos que aun hoy día hay y habrá hombres que, con espíritu de obediencia, con el alma sedienta por la verdad, estudien las prescripciones de la ley divina para orientar su vida de acuerdo con ellas.

El saber aceptar con todas sus consecuencias los Mandamientos de la Ley de Dios supone toda una revolución. Hemos de hacer esta revolución:

Una revolución por Dios, porque sino será el diablo el que haga su revolución.

* * *

Estamos al final del capítulo. ¿Qué mejor para cerrarlo que repetir el Padrenuestro? Rezar esta oración con el espíritu del hijo pródigo ávido de felicidad.

¡Padre nuestro! ¿Padre? ¿De modo que tenemos un Padre en el cielo! Pero aquí en la tierra no hay más que atropellos y crueles sacudidas. ¡Y son tan pocas las personas que han sido buenas conmigo en toda mi vida! Y ahora, ¿puedo decirte a Ti, Dios mío, Padre.

¡Padre nuestro que estás en el cielo! ¡Qué lejos está el cielo de nosotros! De nosotros, que vivimos tan apegados a este mundo.

Santificado sea tu nombre. ¿Quién de los que viven cerca de mí santifica aún tu nombre? ¿Cuántos de mis vecinos se preocupa todavía de Ti, quién se acuerda de santificar tu nombre? ¡Cuánta inmoralidad y pecado!

Venga a nosotros tu reino. ¡Venga a nosotros! Porque aun hoy, después de dos mil años, son tan pocos los lo viven.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. En el cielo todos hacen tu voluntad, allí toda voluntad es santa. Pero los que vivimos todavía en este mundo, a los que concediste el don de la libertad, conocemos tus Mandamientos, pero nos podemos rebelar y desobedecerte…

Danos hoy el pan de cada día. Sí, sólo lo necesario, porque de otra manera nos olvidamos pronto de que todo lo recibimos de Ti.

Perdónanos nuestras ofensas. ¡Porque las tenemos, y las tenemos en abundancia! Porque yo tengo la culpa. Porque podría haber permanecido en gracia y no he sido capaz. Perdóname, pues, Señor; perdónanos por haber pecado contra Ti.

Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Tú nos has perdonado tantos pecados, que bien poco nos debe costar perdonar a los que nos han ofendido.

No nos dejes caer en la tentación. Porque queremos ser cristianos. Queremos ser tus hijos, aun en medio de este mundo desquiciado. Tus hijos…, aun en medio de este neopaganismo que nos rodea. Tus hijos…, que tienen por santas tus leyes. No nos dejes caer en la tentación.

Mas líbranos del mal. De todo mal, cuyas olas están a punto de cubrirnos. ¡Pero nosotros no consentimos! ¡Seguimos luchando! ¡Permanecemos fieles a Ti, a tus Mandamientos! Porque Tú eres el único Señor, el único Poderoso; Tú eres nuestro Señor, nuestro Padre.

 

Si quieres ver los demás artículos de esta serie:

[get_posts tag=”los-mandamientos-tihamer-toth” numberposts=100 orderby=”date”]

 


Si quieres ver los demás artículos de esta serie:

Deja un comentario