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¿En qué consiste «buscar vocaciones»?

 

Fuente: “LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas”
del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I. – Editado por J.M.M.

Bien pronto nos daremos cuenta de que todos pueden, y con facilidad, ser apóstoles de las vocaciones porque, las más de las veces, el gran trabajo de “suscitar” vocaciones consiste en dar a conocer al joven que él tiene señales de vocación. Lo que importa es descubrir las vocaciones y revelarlas a los jóvenes, los cuales muchísimas veces la llevan en el corazón sin darse cuenta.

 

Tengamos las ideas claras

Nuestro trabajo no es el de “fabricar”, por decirlo así, las vocaciones o el de atrapar a los jóvenes o el de saberlos atraer, conducir o dominar. ¡Nada de eso!

Para trabajar en este campo lo primero que se necesita es sinceridad. De ninguna manera queremos al que no es llamado, porque tal vez obtendríamos un apóstata o un infeliz.

Por tanto, es ridículo darnos el tono de personas que saben lo que se hacen, de propagandistas influyentes o de padres de vocaciones. El único Padre y Creador de vocaciones es el Señor de la mies, Dios, que un día pudo decir a sus apóstoles: “No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo soy el que os he elegido a vosotros”. Nosotros podremos ser simplemente los ayudantes del joven para que él, iluminado por Dios y sostenido por Él, y un poco por nosotros, pueda advertir y caer en la cuenta de que es un llamado.

Sé de un joven que quería hacerse religioso pero sus superiores no querían admitirle porque les parecía que tenía poca firmeza de carácter. En cambio, fue admitido un compañero suyo que mostraba más entusiasmo, habilidad y firmeza. Muchos Padres muy serios y graves decían de este último: “Si éste no tiene vocación no la tiene nadie”.

Y no obstante, al cabo de tres meses, el joven volvió a su casa. Tristezas, melancolías terribles, el estar lejos de su madre… no lo pudo soportar. Rogó, se aconsejó, se esforzó… todo fue inútil.

Volvió de nuevo al colegio. Me asusté por el primero, no fuese que perdiera también él la vocación. Sonrió a mis temores y me dijo: “Ciertamente, si el Señor no me ayuda, me pasará lo mismo, pero rogaré. Por lo demás no me ha afectado nada la defección de mi amigo”.

Al final del año volvió a insistir y esta vez fue admitido pero no quería mandársele sólo al Noviciado. Se temía que le sobreviniese cualquier crisis. Aún no les parecía bastante fuerte y decidido. Por lo tanto, los superiores introdujeron esta vez una novedad en las costumbres y admitieron al Noviciado a otro joven de 4to. de Bachiller de 15 años, brioso, vivo, tenaz.

Así —se decían— dará ánimos al otro y le asegurará la perseverancia”.

A los tres meses de Noviciado éste último enfermó y tuvo que abandonar la vida religiosa. Y aquel del que todos temían ha perseverado; han pasado ya diez años y no da señal alguna de vacilación.

¡TODO ESTO PARA DEMOSTRARNOS QUE NUESTRA “PRUDENCIA” PUEDE EQUIVOCARSE!

Cuando uno no es llamado, es completamente inútil insistir. No basta decir: “Aquél sería un óptimo párroco; qué carácter para misionero; tiene cara de santito; es inteligente, reposado, bien formado; ¡sería un sacerdote…!; ¡una vocación estupenda!”.

Dirigía a un joven: carácter maravilloso, voluntad firme, serio pero al mismo tiempo alegre. Los que le conocían pensaban, mejor dicho, estaban persuadidos de que al final se haría religioso. Era sincero y con toda sinceridad y lealtad hizo sus Ejercicios Espirituales para conocer si realmente Dios le llamaba. Oró, se aconsejó con bastantes Padres, todos estimados por su santidad y don de consejo: ¡nada! No sintió absolutamente nada, o mejor, no acertaba a convencerse de que fuese llamado a la vida religiosa. “Si Dios me llama —decía—, yo le sigo en seguida y sería feliz; más aún, todos los días ruego mucho para hacer bien la elección de estado pero no puedo convencerme de que tengo vocación”.

Le respondí sonriendo: “Está tranquilo; has hecho lo que debías hacer; continúa rogando para que Dios te ilumine. Y si Él te quiere, ya te lo dará a conocer de un modo claro”.

¡ES INÚTIL! LA VOCACIÓN ES OBRA DE DIOS, y como en todas las demás obras de la gracia cuando ya parece que se ha hecho todo y la cosa va bien, hemos de confesar que ‘somos siervos inútiles’. Y decimos esto por no quedar por mentirosos.

Por esta razón es vano el querer atribuirse el mérito de cualquier vocación; es injusto exagerar, forzar o empujar con razonamientos puramente humanos. Seamos sinceros y desinteresados; no trabajamos por nosotros sino por Dios, por la felicidad del joven y por la salvación de las almas. Si no hay vocación no la podremos inventar, y si hay vocación no podemos prescindir de ella, ni aun cuando se trate de un joven que quizá le tengamos poca simpatía o no parece que sea el tipo que responde a la idea que nos hemos formado en nuestra cabecita, que muchas veces es muy pequeña.

 

IDEAS FIRMES QUE DEBEN TENER LOS QUE TRABAJAN POR LAS VOCACIONES

1. Su propia vocación es una cosa bellísima

Un sacerdote, un religioso que no ama su vocación, que no tiene aprecio a su estado y casi como que va tirando el freno, nunca podrá trabajar por las vocaciones. Más aún, obstaculizará semejante trabajo.

Un día me dijo un religioso que él nunca había animado a un joven a seguir su modo de vida, y lo decía gloriándose de ello. Yo, que todavía era jovencito, me dije para mis adentros: “¡Y se gloría! Se ve que no ama su vocación”, y como consecuencia me guardé mucho de hablarle de mi ideal que acariciaba hacía ya tiempo.

Si no se ama la propia vocación, si la vivimos con tibieza y casi como soportándola por algún temor o esperanza humana, ¿cómo se puede hacer sentir o hacer ver a los demás lo bello que es el servir a Dios?… Ni siquiera seríamos sinceros si lo hiciésemos así.

2. Son muchos los que tienen vocación

No es preciso ir a buscarlos muy lejos o a otros sitios. Los tenemos entre nosotros. No nos damos cuenta porque la vocación es un tesoro escondido que se ha de descubrir y por regla general en un ambiente favorable sale a la superficie y se da a conocer.

Jesús, ciertamente, no puede dejar a su Iglesia sin sacerdotes, y a la par que Ella se desarrolla, ellos han de aumentar. Y con todo, sucede lo contrario. Los católicos crecen y los sacerdotes disminuyen. Faltan vocaciones. ¿Es que tal vez Dios no llama? ¡Sería absurdo! Dios que quiere el fin (la salvación del mundo) ha de dar también los medios (las vocaciones).

Pues entonces querrá decir que muchas vocaciones quedan estériles, ahogadas, no seguidas, y sin embargo, hay, debe haber, vocaciones. San Juan Bosco decía que más del 30 por ciento de nuestros jóvenes católicos tienen vocación.

Una vez quise comprobar si San Juan Bosco exageraba. Era Profesor en una clase de Bachiller. Enseñaba, entre otras materias, italiano y tenía dieciocho alumnos. Les di como composición el tema “Mi porvenir”. Pues bien, de dieciocho, doce me hablaron de vocación sacerdotal, religiosa o misionera.

Existe otra cosa cierta, y es que si el Señor ha de llamar jóvenes a su escuela y a su sacerdocio, ciertamente no irá a buscarlos entre los paganos o herejes sino entre los católicos. No hay que maravillarse, pues, si alguna vez los seminarios o los noviciados parecen demasiado llenos. “¿Qué haremos con tantos sacerdotes?”, se oye decir. Estos tales no creen sino que los sacerdotes únicamente van a ser necesarios en su tierra. ¿Y para todo el resto del mundo que todavía es esclavo del demonio y que es el gran “ciego del camino”?.

Son muchos y aún diría muchísimos los jóvenes católicos que son llamados a la vida religiosa pero (y estamos frente a otra convicción necesaria) pocos conocen que la tienen y poquísimos los que la siguen. Sobre esta convicción se basa principalmente el trabajo que se ha de hacer en este terreno.

La vocación, como las demás inspiraciones de Dios, puede pasar inadvertida sin dejar un profundo surco, puede no ser entendida porque el corazón del joven está distraído, puede ser ahogada por tentaciones o pecados, puede ser desechada por egoísmo o por creer que es demasiado difícil.

De hecho, los jóvenes buenos, todos aman al sacerdote y muchos comprenden que su existencia es necesaria para las almas y para la Iglesia. Saben que Jesús llama a los jóvenes para seguirle y comprenden que estos tales son afortunados, pero frecuentemente no pasan de estas ideas teóricas al juicio práctico que concluye: “¿Y por qué no me hago yo sacerdote?” y de esa manera llegar por lo menos a la SOSPECHA de que en ellos puede darse la vocación. Y cuando esa pregunta les está hecha por otros, la mayoría de las veces se azoran y después dicen: “¡No lo he pensado nunca!” o “Para el sacerdocio Dios llama a los santos”, o también: “No tengo vocación”. Y si se les insiste preguntando: “¿Pero tú sabes lo que es vocación?”, muchas veces no se obtiene respuesta alguna.

 

HE AQUÍ, PUES, NUESTRO TRABAJO:

1) Preparar el ambiente, para que en él se pueda desarrollar la vocación si Dios se digna darla. Si los chicos no rezan, no tienen vida sacramental y no practican las virtudes, no escucharán el llamado de Dios.

2) Saber individualizar a los jóvenes que probablemente son llamados, y darles a conocer su vocación de tal manera, sin embargo, que los dejemos libres, que sean ellos y no nosotros los que decidan.

3) Examinar y probar su vocación y asistirles hasta que hayan llegado a alcanzar su ideal.

Esto es lo que iremos diciendo en este pequeño trabajo. Están en un error los que piensan que ha de ser el joven el primero que ha de hablar de la vocación. Alguna vez, y quizá muchas veces, he de ser yo sacerdote, yo religioso, yo amigo, el que rompa el hielo y estimule al joven a darse cuenta del tesoro latente que lleva en su corazón.

 


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