VIII. «Honrarás al Señor Dios tuyo»

“Yo quiero ser devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras para así demostrarle a Cristo Jesús el gran amor que le tengo…”

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

No hay nada más bello y sublime que ver a un hombre sumergido en la oración.¡Yo soy el Señor Dios tuyo!, nos enseña el primer Mandamiento. Como si dijera: Yo soy tu Creador, y tú eres mi criatura, tengo derecho a que, mediante la oración, te dirijas a mí y me des las gracias por todo lo que he hecho contigo. Yo soy grande, y tú eres pequeño; considera un honor el poderte dirigir a Mí. Yo soy fuerte y tú eres débil; pídeme fuerzas, ayuda, consuelo, mediante la oración.

Yo soy el Señor Dios tuyo. 

Realmente así es, pues como dice San Pablo: En Él vivimos, nos movemos y somos (Hechos 18,28). Dios no está lejos, sino muy cerca de nosotros.

Señor, ¿dónde moras?, preguntaron los Apóstoles en cierta ocasión a Jesucristo. Y ¿cuál será la respuesta? Llenos están los cielos y la tierra de Mi gloria. Todo el mundo está lleno de Dios, Él es el origen de todo, Él es la fuente de todo pensamiento noble. Él es el inspirador de todas nuestras buenas obras. ¿No es, por tanto, deber primordial mío dedicarle un tiempo para conversar con Él, para demostrarle mi agradecimiento y alabarle por el amor que nos tiene?

Señor, ¿dónde moras? En toda alma en estado de gracia, en toda conciencia limpia de pecado. Toda alma en gracia es templo, altar, ostensorio. ¡Con qué fina ternura debo acercarme a las almas! Yo soy «Theophoros», portador de Dios», «portador de Cristo».

«Señor, ¿dónde moras?» En los pequeños quehaceres de la vida diaria. Cuando haces una obra buena y sufres sin quejarte, Dios mora en ti, si por Él haces el bien aunque te cueste sacrificios. Cuando llega un huésped desagradable, un obstáculo inesperado, una enfermedad que te clava en la cama o una tarea difícil, Dios mora en ti, si por Él haces el bien y toleras todas esas molestias.

La oración diaria es vital para todo cristiano.

No puede ser verdadero católico el que no ora todos los días, porque la oración es el deber primario del hombre.  La oración no es sólo un deber, sino también un gran honor para mí.

¡Cómo conforta el saber que yo, tan pequeño, puedo conseguir en cualquier momento y para cualquier asunto tener una audiencia con el Dios omnipotente! No he de presentarle una carta de recomendación, ni hacer antesala, ni delega Él en su secretario para que resuelva mis negocios, sino que me recibe personalmente y en seguida, sea cual fuere el asunto que yo quiera exponerle.

La oración tiene la misma fuerza, si parte de una choza, que si sale de un palacio; si pide un trozo de pan, que si la altísima empresa de gobernar todo un país. No importa de dónde sale: si del fondo de la miseria o del seno de la opulencia; no cuenta en ella más que una cosa: de qué corazón parte.

Pero si la oración es un honor para mí, ¿cómo se comprende que haya quienes se avergüencen de ella y quieran encubrirla? Y, sin embargo, forzoso es confesarlo: muchos hombres se sienten ruborizados cuando tienen que rezar en público.

Hace unos años un grupo de lamas del Tibet iba visitando las grandes ciudades de Europa. Así Llegaron a Colonia, y la prensa de esta ciudad no cansaba de sorprenderse porque antes de tomar el té, cantaban canciones religiosas, despreocupados en absoluto de la muchedumbre, que los miraba con curiosidad.

¿Nos atrevemos nosotros a rezar en público haciendo caso omiso del respeto humano? ¿No es cobardía vender nuestros derechos por un plato de lentejas? ¿Somos capaces de rezar en público cuando surge la ocasión: en un restaurante, al partir el tren, durante una excursión…?

Me es grato mencionar aquí el ejemplo que en este punto nos dieron unos católicos holandeses. Hace años vinieron nos visitaron un grupo de familias holandesas. A mí me tocó guiar un grupo por Budapest, Fuimos a comer en el Hotel Astoria. En todo el grupo no había más sacerdote que yo. Y al empezar la comida, todos, con naturalidad, no pensando que hiciesen nada extraordinario, en el elegante comedor, se santiguaron y rezaron la oración antes de la comida. No sé qué pensaron los comensales de nuestra ciudad; lo que no se puede negar es que los holandeses obraron de un modo consecuente y digno.

Los que siguen una ideología determinada hacen alarde de sus símbolos y estandartes, para que los demás sepan quiénes son. ¿Sólo el católico tiene que avergonzarse? El Catolicismo no sólo es fe, es el mayor impulsor de la cultura universal. El catolicismo tiene un pasado glorioso y un porvenir lleno de esperanza. No tengo motivos para avergonzarme.

Pero que yo rece como católico no es solamente un deber para mí, y no sólo es un honor, sino que además es el alimento de mi alma.

«Donde no entra el sol, entra el médico»; así reza un dicho; o, con otras palabras: el cuerpo, para conservarse sano, necesita de la luz y del calor del sol. ¿Sabéis cuál es la luz y cuál es el calor de nuestras almas? La oración. La oración eleva el alma, la purifica, la calienta, le da vida. SAN AGUSTÍN dice: «El que sabe orar bien sabe vivir bien. El que deja de orar, empieza una vida pecadora».

¡Eres tú quien necesita de la oración, el Señor no necesita de ella! Que ores o no, la tentación te asaltará; te rodean como enjambre de abejas las tentaciones. Pero el que puedas resistir al pecado o caigas en él depende mucho de que si has sacado fuerzas de la oración o no.

¿Has empezado el día orando o sin orar? Igual será el número de pesares y de luchas; pero no será igual tu fuerza de resistencia, tu energía, tu temple, tu cumplimiento del deber.

Recemos, porque nos es necesario, tanto en las luchas espirituales, como en las corporales.

Es menester orar para sostenernos en medio de nuestras luchas espirituales.

¡Cuántas veces nos habremos visto en el trance de exclamar, como si hubiesen sido escritas para nuestro caso personal, las palabras de la Sagrada Escritura: ¡Oh, Dios nuestro!…, no nos queda otro recurso que volver a Ti nuestros ojos (Paralipómenos Libro II,2012). Cuántas terribles tentaciones. No puedo más. En medio de tanta seducción, de tanto mal ejemplo, de pensamientos tenaces, de vehementes deseos carnales…, ¡no hay manera de perseverar en el camino de la santidad!

Hermano, no te quejes. ¿Te defendiste con el escudo de acero de la oración cuando los malos pensamientos, los deseos perversos, los rebeldes incentivos empezaban a asediar tu alma?

—¿Cómo? —me dices—. ¿La oración puede ser de veras escudo inquebrantable?

Sí; en las manos de Dios, aun el hilo de la telaraña se puede trocar en escudo fortísimo. Leemos en la vida de San Félix de Nola que en cierta ocasión, sus enemigos le perseguían, y donde quiera que se escondiese, encontraban sus huellas. Por fin, cansado ya de huir de la muerte, entró en una caverna… Al punto bajó de un árbol una araña y tejió una hermosa tela delante de la entrada. Poco después llegaron también los perseguidores; pero viendo la telaraña en la entrada de la cueva, prosiguieron con toda prisa su camino, pensando que en aquella gruta hacía tiempo que no entraba nadie.

Por obra y gracia de Dios, la telaraña puede trocarse en escudo de defensa. Cuantas más veces te acometa la tentación, con tanta más frecuencia busca tu defensa en la oración.

Necesitarnos también de la oración para sostenernos en medio de nuestras luchas terrenas, corporales y materiales.

A veces la vida se convierte en una lucha agotadora por sobrevivir, donde las personas arrastran una vida miserable. ¿Qué sería entonces de los hombres si dejasen de creer en Dios? ¡Cuántos suicidas habría!

Cuando la fortuna desaparece y ya no hay ninguna esperanza terrena, ¡qué bendición poder contemplar con fe a Cristo Crucificado! A Cristo, que conoce a fondo la miseria y la vida del hombre; a Cristo que siempre nos escucha y nos consuela si acudimos a Él.

Hermanos que sufrís…, recemos.

Un dolor vivo nos oprime el corazón… Y no podemos evitar el mal. ¡Hermanos! Cristo está con nosotros, está en nuestro corazón y nos dará fuerzas para la victoria, con tal que aprendamos de Él, Rey de los que padecen, a sufrir lo que no podemos evitar. ¿Cómo pudo soportar Jesucristo todos los sufrimientos de la Pasión? ¿Cómo? Orando. El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente (Heb 5,7). ¿Cómo fue escuchado? Dios Padre no apartó de Él el cáliz de amargura; pero le dio fuerza para consumar su sacrificio.

Aprendamos a orar teniendo como modelo a Cristo que ora. ¡Cuánto sufre en la Cruz, y cómo reza en medio de sus dolores! Una turba enfurecida le amenaza con las manos crispadas, y Cristo… ¡reza! Le envuelven las más espantosas tinieblas; no parece sino que su mismo Padre le ha abandonado, y Cristo ¡ora! Sí, en este momento terrible se queja también, pero su misma queja es oración.

Aprendamos esta maravillosa sabiduría: sufrir rezando; y cuando nos parece que ya no podemos más, entonces quejarnos a Dios, pero quejamos rezando. ¡Hermanos!, rezando y no rebelándonos. No levantando el puño ni amenazando al cielo. Sed sufridos en la tribulación, en la oración, constantes (Rom 12,12). ¿Hay entre vosotros alguno que esté triste? Haga oración (Santiago 5,13).

Nuestra vida sería mucho más soportable si hubiera más oración y menos hombres que se rebelasen y blasfemasen.

***

Resumamos el capítulo. Del primer Mandamiento, Yo soy el Señor Dios tuyo, se desprende que yo soy criatura suya. ¡Y qué pequeño soy ante Dios! La oración, el diálogo con mi Creador, es para mí un deber y una necesidad, un honor y un privilegio. Además, por ser débil y estar en continua lucha, la oración es para mí una fuente de energía, donde encuentro mi fuerza…

Las tierras áridas reciben su fertilidad del rocío; el tiempo bendito de la oración es el rocío de nuestras almas. En la oración contemplamos a Dios. Y cuantas más veces lo miremos, con tanta más precisión se dibujará su imagen en nuestra alma. Este es el fin de la vida terrena: moldear en nosotros la imagen santa de Dios.

En cierta ocasión Jesucristo abrazó a un niño, y volviéndose a sus Apóstoles, les dijo: Si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18,3). La leyenda cuenta que este niño fue más tarde San Ignacio, el obispo mártir de Antioquía. No sabemos si es verdad o tan solo una leyenda. Pero lo que sí sabemos es que San Ignacio hacía mucha oración, y que durante su oración contemplaba a menudo el rostro de nuestro Señor.

¿Cómo lo sé?

Porque de otra manera no se explicaría la firmeza con que esperó durante meses y en medio de los terribles sufrimientos la muerte segura. Le arrestan y le llevan por Siria, el Asia Menor, Macedonia y de Dalmacia a Roma, para ejecutarle. Durante el camino oye que los cristianos distinguidos de Roma han intercedido con el emperador para alcanzarle perdón. Pero desde Esmirna les escribe una carta:

“Por favor: no le vayan a pedir a Dios que las fieras no me hagan nada. Esto no sería para mí un bien sino un mal. Yo quiero ser devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras para así demostrarle a Cristo Jesús el gran amor que le tengo. Y si cuando yo llegue allá me lleno de miedo, no me vayan a hacer caso si digo que ya no quiero morir. Que vengan sobre mí, fuego, cruz, cuchilladas, fracturas, mordiscos, desgarrones, y que mi cuerpo sea hecho pedazos con tal de poder demostrarle mi amor al Señor Jesús. Entonces seré un verdadero discípulo de Jesucristo”.

El deseo del anciano obispo se cumplió: el 20 de diciembre del año 107, en la arena romana, las fieras hambrientas le despedazaron y le trituraron realmente, dejándole como si fuera harina.

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