XIII. 2do. mandamiento: No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios

Dios levantó la voz. Y se cargó el cielo de nube, y el diluvio barrió montañas, hombres, animales, fortuna, vida, pecado, todo…

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

Un hombre incrédulo, queriendo hacer un chiste, dijo: «Si hay Dios, ¿por qué no escribió su nombre en el firmamento con letras gruesas, para que lo viera todo el mundo? Así no habría incrédulos…»

Este era el chiste. Bien malo, por cierto.

Pero se descuidó de decir en qué lengua debió haber escrito Dios su nombre en ese cielo que tachonan millares de estrellas. ¿En húngaro? Pero así no lo entenderían más que sólo unos pocos millones de hombres. Y ¿qué sería de los restantes millones de hombres que pueblan el mundo ¿Tendría que escribirlo en inglés, en ruso, en alemán, en español…? Pero tampoco así lo comprenderían los demás.

«¡Pues que lo escriba en una lengua que todos entiendan!», podría replicar alguno.

Justo. Hay una lengua que todos entienden: la grandiosidad y maravilla del Universo. Y así realmente escribió su nombre Dios en el cielo.

El cielo proclama la gloria de Dios,

el firmamento pregona la obra de sus manos:

el día al día le pasa el mensaje,

la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien,

sin que resuene su voz,

a toda la tierra alcanza su pregón

y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Salmo 18,2-5

El Universo canta el santo nombre de Dios desde el inicio de la Creación. No encontrarás una lengua en cuyo vocabulario no aparezca el nombre de Dios, que hay que pronunciar con profundo respeto.

Pero el hombre, dotado de libertad, tiene como triste privilegio el poder pisotear aún este nombre santísimo, y por esto tuvo que defenderlo Dios mediante un Mandamiento especial: No jurarás el nombre de Dios en vano.

El contenido del segundo Mandamiento es claro: no podemos pronunciar el santo nombre de Dios más que con el mayor respeto. El que por orgullo, por vehemencia, o por frivolidad, juega con el nombre de Dios, peca contra el segundo Mandamiento, aunque, como es obvio, no siempre con la misma gravedad.

Hay hombres perversos que sienten un placer diabólico al blasfemar; verdaderos rebeldes que se levantan contra Dios; de éstos trataremos en la primera parte del artículo. Y hay otros muchos (la mayoría de los blasfemos) que se dejan arrastrar de su vehemencia; de ellos trataremos en la segunda parte.

I

LOS REBELDES

Plutarco, en uno de sus libros (la biografía de Marcelo), cuenta de un toro que hablaba como un hombre y que era la admiración de todos. Hoy día sucede al revés: hay muchos hombres que hablan como toros enfurecidos, y, lo que es peor, nadie se sorprende de ello.

Parece increíble que haya hombres que maldicen a Dios, no ya por ataque de cólera y sin pensar lo que hacen, sino con infernal y placer diabólico, con plena conciencia. Y hay incrédulos impíos, ateos que maldicen a Dios, y, sin embargo, insisten que no creen en Él; maldicen al diablo, y, sin embargo, se muestran sorprendidos de que haya todavía gente que crea en semejantes cosas. Maldicen de los sacramentos, se ensañan con la Virgen María, atacan a los Santos…

Hay hombres instruidos, de gran cultura; escritores famosos que se complacen en blasfemar de Dios, al poner en boca de sus héroes horrendas blasfemias.

Para estos blasfemos no tengo una sola palabra; sólo la muerte será capaz de poner freno a su lengua.

Me dirijo a los blasfemos cristianos porque también entre los cristianos hay blasfemos rebeldes. Hombres amargados que piensan —erróneamente, desde luego— que pueden mejorar su suerte, aliviar su amargura, rebelándose contra Dios. Quisiera hacerles entender qué desatino cometen cuando maldicen a Dios.

¿Tan grave es el pecado de la blasfemia? A fin de cuentas —puede decir alguno—, el «nombre» es cosa muerta. ¿Tan terrible será ofender el nombre de Dios?

Con sólo leer textualmente el Decálogo, en el Antiguo Testamento, vemos con toda claridad que la blasfemia consciente, la ofensa que un hombre saturado de odio deliberadamente dirige al nombre de Dios, es un pecado gravísimo.

A ninguno de los diez Mandamientos añade Dios una manera especial de sanción, sino a éste. El texto completo del segundo Mandamiento, según el libro II de Moisés, es como sigue: No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios; porque no dejará el Señor sin castigo al que tomare en vano el nombre del Señor Dios suyo (Éxodo 20,7).

Y el Nuevo Testamento no pondera con menos encarecimiento el respeto que se debe al nombre de Dios. En el Padrenuestro basta ver la primera petición. Después de la invocación, ¿qué es lo que puso en primer lugar nuestro Señor Jesucristo? «Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre». Esto me basta para ver que no fue un puro hombre el que compuso el Padrenuestro. Porque si lo hubiésemos escrito nosotros, seguramente lo habríamos empezado de esta manera: «Padre nuestro que estás en los Cielos, danos hoy nuestro pan de cada día.» Pero nuestro Señor Jesucristo puso en primer término: santificado sea tu nombre.

Quizá haya incluso algún hombre serio que pregunte: ¿No es algo exagerado el segundo Mandamiento? ¿Era necesario promulgar una ley especial por una cosa tan baladí como es la defensa del nombre de Dios? Y, lo que es más, ¿con una cláusula de sanción tan severa?

Basta una pequeña reflexión para comprender que aquí se trata de algo más importante que de defensa de un breve nombre. Detrás del nombre está la persona; y es ofensa, injuria, que se infiere a la persona, la falta de respeto que se comete contra el nombre.

El blasfemo, por tanto, no ofende el nombre de Dios, sino a Dios mismo. ¡Cuánto nos gusta que valoren nuestro nombre los demás! ¡Cuánto mayor ha de valorarse el nombre de Dios! Hay nombres —los de los padres, los de nuestros bienhechores, los de los amigos— que no podemos oír sin sentir cierta emoción en nuestro corazón. ¡Con qué respeto habríamos de pronunciar el nombre del Señor, el nombre de Dios, nuestro Padre, nuestro más poderoso Bienhechor y nuestro más fiel Amigo! Ningún hijo podría oír con indiferencia ofender el nombre de su madre; ningún soldado consentiría que delante de él se ofendiese a su patría; aún más: ni un perro sufriría que se hiciese daño a su dueño…; pero hay hombres que no tienen el menor reparo en que sea injuriado el Padre celestial; ¡tan sólo hay hombres que lanzan con odio injurias al Rey de reyes!

¿Se atrevería el hombre a jurar en vano el nombre de Dios, si viera claro, aunque fuese sólo por un instante, quién es Dios, quién es Aquél cuyo nombre se pone en los labios? ¿Quién es Dios, quién es Dios?

Cuando Moisés se arrodilla ante la zarza que arde sin consumirse, pregunta: Señor, ¿cómo te llamas, cuál es tu nombre? Y Dios le contesta: Yo soy el que soy (Éxodo 3,14); es decir: Yo soy el que es, el que tiene por esencia el ser. Todo lo que existe fuera de mí es contingente: todo puede ser y no ser. Todos están en el mundo porque yo lo quiero. Y hasta que yo quiera. Yo soy el manantial eterno de la vida: todo viene de mí, como cada gota viene de la fuente, y como salen del Sol sus rayos.

Dios es el Creador omnipotente. Dios es el Señor infinito. Dios, el Padre bueno. Dios, el Juez justo; y tú, hermano, tú, hombre desesperado, abatido, roto, ¿te atreves a blasfemar de este Dios?

¡Ay!, hermano, cuando te visite la desgracia, cuando se obscurezca el cielo sobre tu cabeza, no maldigas por ello a Dios. No le culpes por lo que te pasa. No digas —como dicen muchos— que «Dios me ha abandonado», que no se preocupa de mí; que «no hay Providencia», que «la vida es un caos, sin una finalidad». Todo esto es blasfemia.

Yo no lo veo, pero lo sé a ciencia cierta; sé que los millones y millones de acontecimientos de mi vida y de la vida de todos los hombres y de toda la historia del mundo, todos los permite Dios Padre, infinitamente sabio, para bien de los que le aman. ¡No, no, no maldigas de Dios! Porque la blasfemia consciente, llena de odio, es la lengua propia del infierno y una chispa de aquel fuego espantoso creado para tormento de Satán y de sus secuaces.

¡Hermano! ¡No ofendas a Dios!

II

LOS VEHEMENTES

Los hombres que blasfeman con tanta pasión, placer y odio tan profundo —si es que podemos llamarlos «hombres»—, no son muchos. Pero es grande, por desgracia, el número de aquellos que, sin previa deliberación y sin plena conciencia, en un momento de ira, arrastrados por la cólera, perdiendo su ecuanimidad, blasfeman del santo nombre de Dios.

La mayoría de los blasfemos pertenece a este grupo: al de los vehementes, que al momento se arrepienten de lo que acaban de decir.

¡Cuánto blasfeman los hombres! No siempre por mala voluntad, sino por vehemencia. En la calle, en el transporte, en las salas de espera atestadas de gente, en el mercado, en las tabernas, en los talleres. ¡Hombres y mujeres! ¡Viejos y jóvenes! Y ¡también niños! Padres hay en las aldeas que para decir que su hijo ha crecido, dan con orgullo esta noticia: «Ya sabe blasfemar.» Hombre hay que blasfema cuando está borracho y blasfema cuando está en su sentido cabal; que blasfema si tiene algún pesar y blasfema si está de buen humor.

«Yo no suelo blasfemar, a no ser cuando es necesario», dicen, como excusándose, algunos. ¡Ah! ¿De modo que hay oficios «así»? — «Pues, claro —me contestan—. El soldado no es verdadero soldado si no blasfema». Tal es el sentir general. Pero lo mismo piensa el artesano, porque «de otro modo no puede con los aprendices». Blasfema el obrero, blasfema el patrón. Hay jefes que pierden el freno cuando hablan de sus subordinados; hay padres —causa espanto sólo el decirlo—, hay padres que parecen hienas al tratar con sus hijos. Hay quien maldice del sol, porque quema; quien maldice de la lluvia, porque no cae con abundancia…

En el Antiguo Testamento el blasfemo debía ser apedreado (Lev, 24,16). Si hoy tuviéramos que castigar del mismo modo, no sé si nos bastarían las piedras que encontrarnos a la vera del camino.

Es cierto que el estrés nos domina. Pero no podemos excusarnos de esta manera: «Es por demás. Soy un impulsivo. No puedo remediarlo…» Puede alguien tener un temperamento impetuoso, rudo y vehemente, sin culpa de su parte; pero puede remediarlo y es responsable de refrenar o no su temperamento.

Lo que aquí hace falta es una seria educación de sí mismo, un dominio constante. Por tanto, no te quejes, diciendo: «Yo soy así; es por demás…» Sino pide a Dios en la oración de la mañana: «Señor, refrena hoy mi lengua. Probablemente en tal y tal situación voy a excitarme; voy a hacer todo lo posible para evitarlo, ayúdame».

Quiero darte una regla, al parecer insignificante, pero en verdad muy buena: Si te ves irritado, no profieras una sola palabra. De Julio César, que era pagano, se cuenta que, al montar en cólera, contaba para sus adentros hasta veinte antes de contestar. Y ¡qué distinta, cuánto más suave era su contestación de lo que habría sido en el primer momento de vehemencia! La blasfemia soez desaparecería de la tierra si los hombres aprendiesen este modo de dominar sus primeros impulsos. Porque la causa de la blasfemia no es, por lo general, el odio infernal a que aludía antes, sino la precipitación, la impetuosidad, de la que se arrepienten muchos al instante mismo.

¡Sí! —me contestará tal vez alguno—, en el papel es fácil tratar de esto. Pero, ¡cuando el auxiliar no quiere obedecer! ¡Cuando el soldado no da bien la media vuelta! ¡Cuando la criada sale respondona! ¡Cuando los niños se portan mal en casa! ¡Cuando el caballo se encabrita! Entonces la suavidad es inútil; hay que decir algo, decir algo terrible; porque si no, la ira hace de las suyas.

Así se excusan muchos. Y les doy un poco la razón. Es verdad que hay hombres más vehementes que otros; hay hombres que necesitan una válvula de seguridad para aliviar de algún modo la gran tensión de sus nervios. Yo comprendo que en un momento de excitación puede mitigarla el echar un vaso al suelo o cerrar una puerta con estruendo. Y esto todavía se podría perdonar, pero ¿por qué ofender a Dios? Principalmente vosotros los padres, que os desgañitáis contra vuestros hijos, y con palabras destempladas les dais mal ejemplo, ¿no os acordáis de la amenaza espantosamente grave de NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: Quien escandalice a uno de estos pequeños, que creen en mí, mejor sería que le colgasen del cuello una piedra de molino y le echasen al mar? (Mt 18,6).

¿Tu hijo es resueltamente malo? ¿El caballo no quiere ponerse en marcha? Pues lo consiento: grita con voz de trueno. ¡Pero no grites contra el nombre de Dios! ¡No ofendamos a Dios!

Cuando un hombre normal oye las blasfemias que van cargadas de odio infernal, o cuando observa cómo triunfan en esta vida los hombres perversos, se apodera de él un sentimiento de amargura: «Señor, ¿cómo puedes sufrirlo? ¿Por qué no abres la tierra bajo los pies del blasfemo? ¿Por qué consientes que la maldad triunfe sobre la tierra?» ¡De cuántos labios se habrá escapado una queja semejante, al ver cómo algunos abusan de la paciencia de Dios blasfemando de Él con tanto atrevimiento, y al observar cómo sacan fuerzas de ello para ser más perversos! No nos engañemos: el Señor es paciente, espera, no tiene prisa, pero ¡la última palabra siempre es la suya!

Ahí van dos ejemplos:

El primero es de la época primitiva de la humanidad: de aquel mundo abyecto, inmoral, idólatra, en que era difícil encontrar un hombre honrado, porque en él reinaba el caos moral y la incredulidad. Es de aquella época de la cual dice la Sagrada Escritura, en su manera peculiar de expresarse, que entonces a Dios «le pesó haber creado al hombre en la tierra» (Gn 6,6).

Y fíjate cómo Dios no castiga en seguida. Espera.

Hace un encargo a Noé y este encargo es la señal más clara y la más hermosa de su corazón paciente: construye una barca… Esto le lleva cien años; de esta manera predica durante cien años a los pecadores… ¡Acaso se conviertan!

¿Se convirtieron? Ni uno. Se burlaron del «viejo», porque a su edad había emprendido una construcción tan enorme; y porque miraba el porvenir con pesimismo: «¿Qué dice este hombre? ¿Que Dios nos castigará? ¡Que va a castigarnos! ¿Se ha oído nunca que haya castigado a alguien? ¡Venir con semejante cuento! ¡Como si nos chupáramos el dedo!»

Y cuando ya era bastante, Dios levantó la voz. Y se cargó el cielo de nube, y el diluvio barrió montañas, hombres, animales, pecado, fortuna, vida, todo… Hombres que blasfemáis: el Señor espera mucho tiempo pero ¡la última palabra siempre es la suya!

El otro caso:

No se ha oído en el mundo blasfemia más espantosa que la que le lanzaban contra Jesucristo cuando, cubierto de sangre, agonizaba en el Calvario; las malas pasiones no han tenido victoria de mayor resonancia que la que alcanzaron al pie de la cruz. Y ¿qué hizo Dios?

Sabemos lo que hubiésemos hecho nosotros: les habríamos fulminado haciendo bajar fuego del cielo… ¿Qué hizo Dios? Sufrió, calló, esperó.

Y Cristo muere en la cruz. Su cuerpo exánime descansa en una tumba sellada. El triunfo de sus enemigos es completo. Todo está perdido ¡Todo!

Pero ve ahí, amanece el tercer día, se estremece la tierra, un ángel baja del cielo, los guardias de la tumba son derribados como si estuvieran muertos, y el rostro de Cristo triunfante brilla como el sol. ¡Aleluya! ¡Dios ha vencido! Dios, que callaba durante los latigazos en la noche del Jueves Santo; Dios, que derramaba su sangre sobre el Gólgota en el Viernes Santo; Dios, que estuvo sepultado en el silencio sin esperanzas el día de Sábado Santo. ¡Dios ha vencido! Hombres que blasfemáis, hombres que os tragáis el pecado y después os jactáis de ello diciendo: «¿Qué mal me ha sobrevenido?», no lo olvidéis: ¡De Dios es la última palabra!

El que blasfemes o reces, en último resultado nada influye en la majestad de Dios. Si blasfemas, no por ello será más pequeño Dios; y si rezas, Él no será mayor. Pero tú, sí; tú serás más pequeño o más grande, pobre criatura de la tierra. Dios no deja de ser Dios si un hombre insensato blasfema de Él; del mismo modo que el Sol no deja de alumbrar si tú le echas fango y suciedad. El Sol sigue brillando; y cae sobre ti todo el fango y suciedad que contra él has lanzado. Hermano: El nombre de Dios es santo; no jures el nombre de Dios en vano.

 


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