XIV. Respeta el nombre de nuestro Dios

Porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hechos 4,2)

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

Cuando en el primer año de mi vida sacerdotal, yo era profesor de Religión en una ciudad de provincia y estaban confiadas a mis cuidados pastorales las almas de 750 niños, al explicarles el Segundo Mandamiento de la Ley de Dios no sabía dar a mis pequeños alumnos mejor consejo que éste: «Queridos niños, si por la calle, o en cualquier parte, oís a hombres malos que blasfeman, proseguid vuestro camino; pero decid fervorosamente en vuestro interior: ¡Alabado sea Jesucristo! ¡Cuánto os lo agradecerá nuestro Señor! Los otros le maldicen; vosotros, en cambio, le alabáis…»

Al estudiar ahora el mismo Mandamiento con mis lectores, tampoco sé darles otro consejo que el que daba a mis pequeños alumnos: si otros maldicen a Dios de palabra o de obra, respetémosle nosotros, a Dios y a su enviado Jesucristo, con nuestra palabra y con nuestra vida.

No blasfemar y no jurar el santo nombre de Dios en vano es sólo la parte prohibitiva, negativa, del segundo Mandamiento; de ello tratamos en el artículo anterior. Pero cada Mandamiento tiene al mismo tiempo una parte prescriptiva, positiva; y de ésta trataremos en el capítulo presente. No blasfemar del nombre de Dios. Es una ley justa, pero no basta. Hemos de respetar y apreciar su santo nombre. Ello incluye respetar y apreciar como se debe el santo nombre de Jesucristo.

¿Qué sabíamos nosotros de Dios sin Jesucristo? Los paganos creían que alguien había sobre ellos; pero poco sabían del verdadero Dios. El pueblo hebreo del Antiguo Testamento conoció al Dios único y verdadero, pero como Juez severo y Señor temible. Jesucristo es quien nos comunicó el pensamiento sublime de que Dios es «nuestro Padre», a quien podemos dirigirnos con amor filial.

Así lo expresa el prefacio de Navidad: «Por el misterio de la Encarnación del Verbo te has dignado manifestar a los ojos de nuestras almas un nuevo resplandor de tu gloria.»

Respondamos estas dos cuestiones:

I. ¿Por qué debemos respetar el santo nombre de Jesucristo? y;

II. ¿Cómo tenemos que honrarlo?

 

I

¿POR QUÉ DEBEMOS RESPETAR EL NOMBRE SANTO DE JESUCRISTO?

No hay otro nombre en toda la tierra que haga brotar tantas y tan bellas melodías en nuestro espíritu como el santo nombre de Jesucristo. No en vano dijo San Bernardo de Claraval, ya en el siglo XIII, que el nombre de Jesús «es miel para los labios, canción para el oído y alegría para el corazón». Lo mismo nos dice la historia: este santo nombre, esta breve palabra ha colmado la vida de millones de hombres; y su alabanza suena sin cesar en labios de millones y millones de seres que le buscan.

«Su recuerdo está por todas partes. En los muros de las iglesias y escuelas, en la cima de los campanarios y montañas, en las capillas que se levantan a la vera de los caminos, a la cabecera del lecho mortuorio y en la tumba; millones y millones de cruces recuerdan la muerte del Redentor crucificado. Raspad los frescos de los templos, quitad las imágenes de los altares y de las casas. Y os encontraréis con que la vida de Cristo llena todavía los museos y las pinacotecas. Echad al fuego los libros de devoción, y encontraréis el nombre de Cristo y sus palabras en los libros de todas las literaturas.» (PAPINI.)

No hay otro nombre que suene con tal abundancia en labios de los hombres como el santo nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Pero ¿de dónde procede esta veneración ferviente, que todo el cristianismo tiene a este santo nombre? ¿De dónde la ternura incomparable con que lo pronunciamos? ¿De dónde la gran confianza que en él tiene depositada nuestra santa Madre la Iglesia, que no sabe terminar ninguna oración sino de esta manera: «…per Dominum nostrum Jesum Christum…» «Por medio de nuestro Señor Jesucristo»?

El mismo nombre nos da la contestación. Sabéis que «Jesús» significa «Salvador», de ahí se desprende la veneración sin límite que tenemos al ponderar el mal de qué nos salvó Jesús, y al pensar a qué precio nos rescató.

1.º ¿De qué mal nos salvó Jesucristo?

Libró a nuestras almas de la perdición definitiva. Alabamos al hombre que, arriesgando su propia vida, salva la de otro que está para ahogarse; aplaudimos al que salva a una familia de un incendio. Si no olvidamos el nombre de estos hombres heroicos, ¿qué alabanzas no merecerá el que ha salvado la vida del mundo, nuestro Señor Jesucristo, el que salvó, no a un hombre sólo, sino a toda la humanidad, y no arriesgando la vida, sino sacrificándola, y nos salvó, no de la muerte corporal, sino de la muerte del pecado, de la muerte eterna? Jesucristo es el Salvador del mundo.

El hombre tiene una doble vida: la vida natural y la vida de la gracia. ¿Qué nos produjo el pecado original? Hirió profundamente la vida natural y destruyó la sobrenatural.

Con acierto dice San Agustín: «Cuando el gran médico, el Redentor, bajó del cielo, yacía en la tierra un enfermo grave. Este enfermo era la humanidad.» Si; toda la humanidad estaba enferma; todos los hombres estaban enfermos, ya sean ricos o pobres. ¿Cuál era su dolencia? Enfermos estaban todos sus miembros: su voluntad era débil, su entendimiento falible, su corazón corrompido, y en su cuerpo se enseñoreaban los instintos. Entonces vino el gran médico: derramó su gracia sobre el entendimiento, y éste se hizo más penetrante; la derramó sobre el corazón, y éste se levantó a Dios, y así lo hace ahora y lo hará siempre con los hombres hasta el fin de los siglos.

Y no es éste el mayor mal de que nos salvó Jesús. No. Más terrible que todos los males del orden natural era la muerte sobrenatural

¡Muerte sobrenatural! ¿Qué es esto? Si la muerte natural nos da escalofríos, ¿qué ha de ser la sobrenatural? Muerte que no afecta tan sólo al cuerpo, sino también al alma, y destruye la semejanza divina, la alegría, la tranquilidad, la paz. ¡Muerte espantosa! Y sin Cristo todos habríamos sido su presa.

¿Quién nos salvó de la muerte eterna? Jesucristo. Bien lo afirma SAN PABLO: Dios, que es rico en misericordia, movido del excesivo amor con que nos amó aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos dio vida juntamente en Cristo, por cuya gracia vosotros habéis sido salvados y nos resucitó con él, y nos hizo sentar sobre los cielos, en la persona de Jesucristo (Ef 2,4-6).

Así se comprende el cántico de Navidad: «Ave, Niño Jesús, que has nacido por nosotros y has sido nuestro rescate.»

2.º Y se acrecienta nuestro amor a Jesucristo si meditamos a qué precio nos rescató.

Me amó, y se entregó a sí mismo por mí (Gl 2,20), nos dice SAN PABLO. ¡Me amó! Pensemos lo que hemos sido y digamos después: ¡Me amó! ¡A mí! ¡A mí, que he sido malo, que he sido rebelde; me amó a mí!

Pero hay más: y se entregó a sí mismo por mí, bajó a la tierra por mí, trabajó por mí, oró a su Padre por mí. Cuida de mí, mejor que una madre a su hijo; se acerca a mí, me fortalece, me consuela y me espera, me espera en el cielo.

Con cuánta razón exclama SAN PABLO: Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Rm 5,8-9). ¿Dónde está el hombre que muera por su amigo? ¡Y Cristo murió por sus enemigos! ¡Cuánto nos cuesta hacer un sacrificio aun por nuestra propia alma: hacer cada día un rato de oración, participar de la santa misa los domingos, romper unas relaciones peligrosas, hacer el más pequeño acto de dominio propio! Pero Cristo lo hizo por nosotros. ¡Cuánto nos cuesta ayunar y guardar los días de abstinencia por el bien de nuestra alma! Y Cristo bebe vinagre ¡por mí! Temo el escarnio del mundo —que se rían de mi—, y Cristo sufrió el escarnio de todos ¡por mí! No somos capaces de hacer el menor sacrificio por el bien de nuestra propia alma, y Cristo murió en la cruz ¡por mí! Reconozcamos que Cristo nos amó más de lo que nos amamos nosotros mismos, hizo más por nosotros de lo que hacemos nosotros mismos.

«¡Oh, Jesús! ¡Cuánto te ha costado ser Jesús!» —exclama San Bernardo. ¡Con cuánta mayor razón se ha de respetar el santo nombre de Jesús!

 

II

¿CÓMO HEMOS DE HONRAR EL SANTO NOMBRE DE JESÚS?

Respetemos el nombre de Jesucristo con la palabra. Nuestro Señor Jesucristo es nuestro Dios, nuestro Hermano, nuestro Salvador; obvio es, por tanto, que pronunciemos su nombre con respeto y amor; y porque es nuestro Dios, nuestro Hermano y nuestro Salvador, natural es también que no tomemos de un modo frívolo su nombre santo en nuestros labios. El nombre de Dios es santo para nosotros; el nombre de Jesucristo es santo; no lo pronunciemos en vano. La cruz es santa para nosotros, porque en ella nos redimió nuestro divino Salvador; no la evoquemos en vano. ¡Qué gran bien nos hace el pronunciar el nombre de nuestro Señor Jesucristo con el debido respeto y amor! San Pablo lo menciona más de doscientas veces, y San Pedro cura en nombre de Jesús Nazareno al paralítico que pide limosna. En los «Hechos de los Apóstoles», SAN PEDRO dice de nuestro Señor Jesucristo: Y en ningún otro, fuera de él, hay salvación. Porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hechos 4,2). En la historia dos veces milenaria de nuestra Santa Madre la Iglesia suena sin cesar, como una melodía bendita, el santo nombre de Jesús Lo pronunciaron los Apóstoles, los primeros cristianos, los millones de mártires… San Francisco de Asís, siempre que lo oía pronunciar, lo escuchaba como si oyera los acordes de un arpa. Con este nombre en los labios murieron los mártires del cristianismo primitivo, y con este nombre en los labios mueren en nuestros días nuestros hermanos católicos en los países donde el cristianismo es perseguido. Sí, es muy beneficioso pronunciar el nombre de nuestro Señor Jesucristo. ¿Cuándo?

Cuando hay un motivo serio. SAN PABLO escribe a los Colosenses: Todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo (Col 3,17). Nos ayuda mucho pronunciarlo en la oración. Es muy beneficioso pronunciarlo en el peligro; el mismo Señor nos lo inspira: Invócame en el día de la tribulación; Yo te libraré (Salmo 50,15). Es justo exclamar al empezar un trabajo: «¡Empecemos en el nombre de Jesús!» Es muy provechoso saludarnos de esta manera: «¡Alabado sea Jesucristo!» Es de gran provecho exclamar en la tentación: «¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!» y debe el moribundo exclamar: «¡Jesús misericordioso; ten compasión de mí!»

Aún más: la Iglesia concede indulgencias a aquellos que honran el nombre de Jesús con nuestro hermoso saludo: «¡Alabado sea Jesucristo!» y ha de dolernos que esta costumbre tan católica se vaya perdiendo.

En la ciudad alemana de Bonn, operaron a un enfermo con cáncer de lengua. Tenían que extirparle la lengua. Cuando ya estaba en la mesa de operaciones, el médico jefe, antes de empezar; se volvió algo emocionado al paciente: «Amigo —le dijo—, ha de saberlo: en adelante no podrá pronunciar una sola palabra en toda su vida. ¿Qué quiere decir por última vez?»

Se hace un silencio… Por unos momentos el enfermo recapacita en lo que ha de decir. ¿Les dirá sus últimas palabras a sus hijos o esposa? Por fin se pone a hablar el enfermo. Sus palabras fueron éstas: ¡Alabado sea Jesucristo!

¡Ojala fueran éstas nuestras últimas palabras! Nos es de gran provecho pronunciar con amor el nombre de Jesús. Hemos de honrar este nombre, no solamente con las palabras, sino mucho más, viviendo una vida digna de El.

Sí; le honramos cuando, en vez de decir sencillamente «Jesús», o «Cristo», como si estos nombres no expresaran más que conceptos fríos o indiferentes para nosotros, hablamos de «nuestro Señor Jesucristo», de «Cristo nuestro Señor». Le honramos al pronunciar su nombre con respeto; pero es mayor nuestra veneración si nuestra vida es digna de Jesucristo, y con esto logramos que su santo nombre realmente sea para nosotros «Jesús», es decir, «Salvador».

¿Es posible —preguntará tal vez alguno— que haya cristianos que no han sacado provecho de la Redención? ¿Es posible que para algunos haya muerto en vano nuestro divino Salvador?

No podemos negar que, por desgracia, sea así. Y esto lo sabía el Redentor. Y en ello veo la señal más grande de su amor.

Porque si El no hubiese sido más que hombre, para el cual está oculto el porvenir, en medio de sus padecimientos habría podido consolarse de esta manera: «Persevera, alma mía, ya que con tus sufrimientos rescatas el mundo entero. Mira cómo pregonan por toda la tierra tu amor. Hasta el hombre de corazón de piedra se conmoverá. Pensarán en ti de día y de noche; tu pasión estará siempre en el espíritu de los hombres. Que corra mi sangre, que me hiera la corona de espinas, porque así se purificarán los hombres y serán conducidos a la vida eterna…» Sí, si no hubiese sido más que hombre, habría podido consolarse de esta manera.

Pero Cristo nuestro Señor era también Dios, que veía el porvenir. ¿Qué cosas veía mientras estaba colgado de la cruz? Veía la gran muchedumbre de todos los hombres, como una procesión interminable; veía a los hombres por quienes moría, y veía a aquellos por quienes moría en vano. Veía que moría en vano por aquellos que no quieren salvarse. Derramaba su sangre, la derramaba por nosotros y veía a todos aquellos que no quieren salir del pecado, de las inmoralidades, de la mentira y de la violencia; veía cómo se entregan al pecado aquellos que El quiso elevar a la dignidad de hijos de Dios.

Y en esto se manifiesta el amor más grande del Señor. No en habernos salvado de un mal tan grande, sino en habernos salvado a costa de un dolor tan indecible; en haberlo hecho todo por nosotros, aun viendo qué ingratos habíamos de ser. El Señor nos vio a todos… ¡También a mí!… ¡También a ti!… ¿Dónde te vio? ¿Entre quiénes? Señor mío, ¿no ha corrido en vano tu sangre también por mí?

Es abrumadora la pregunta: ¿Es posible que para algunos nuestro Señor Jesucristo haya muerto en vano? Y es terrible la respuesta: sí. ¿Acaso murió en vano también por mí?

¡Hermano! ¿Cómo estamos? ¿Vive tu alma? ¿O está muerta? ¿Y lo consientes? ¿No vas a confesarte? ¿También tú eres enemigo de la cruz? (Flp 3,18). Es frase recia de San Pablo. Si vives en pecado, no te atreves a mirar la cruz.

¿Lo ves? ¿Lo sientes? Con una vida verdaderamente cristiana puedes honrar el santo nombre del Señor.

Hoy la gente padece espiritualmente del corazón: tenemos dificultad para respirar, buscamos desesperados el aire, sufrimos sobresaltos a cada paso… Vayamos al Corazón de Jesús; pronunciemos su nombre con amor y alcanzaremos la salud, pues es nuestro Salvador.

El mundo moderno está enfermo. ¿Cómo podrá curarse? Cuando no sólo nuestras lenguas, sino también nuestras vidas, alaben a nuestro Señor Jesucristo: «Alabado sea Jesucristo. Para siempre. Amén.»


Si quieres ver los demás artículos de esta serie:

Deja un comentario