XV. «No deis a los perros las cosas santas»

…Nos ordenó que siempre tratemos con amor, piedad y emoción profunda las cosas sobrenaturales, y que no rebajemos las cosas santas al polvo de las cosas profanas…

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

El frío de mayo ha helado la vid; el granizo de junio echó a perder el trigo. «¿Qué tal la cosecha?», preguntan al campesino después de la siega. «¡Ay, señor —contestó, quejumbroso—. Dios me ha castigado. No hay cosecha.»

Al año siguiente, la siega ha dado con abundancia; el trigo es duro como el acero, dulce como el mosto. «Campesino, ¿qué tal la cosecha?», le preguntan de nuevo. «Regular, señor, regular. Pero he tenido que trabajar como un negro», contesta el campesino. Y yergue su pecho con orgullo.

Es el modo de pensar de muchos hombres: si algo va mal, «Dios me ha castigado»; si todo va bien, «¡es mérito mío!»

¡Con cuánta frivolidad toma el hombre en sus labios el santo nombre de Dios! ¡Aun el creyente! ¡Aun el que nunca blasfema! ¡Cuántas veces abusa del nombre de Dios aun el hombre que por nada del mundo proferiría una blasfemia!

Y, sin embargo, nuestro Señor Jesucristo mandó en cierta ocasión con la mayor severidad: No deis a los perros las cosas santas, ni echéis vuestras perlas a los cerdos» (Mt 7,6). Es decir, guardaos, sí, de la blasfemia soez; pero, además, sed delicadamente espirituales, tratad con un respeto filial el nombre Dios, la religión, las cosas santas, de suerte que no se degraden en vuestras manos.

No deis a los perros las cosas santas, dice el Señor.

De la blasfemia cruda, manifiesta, no hay que hablar. La prohíben no solamente la Ley santa de Dios, sino también las reglas de urbanidad de la sociedad culta. El mundo moderno perdona muchos pecados, pero ninguna sociedad culta mira bien a un hombre que maldice y blasfema de Dios. Así, pues, es rara la blasfemia entre hombres cultos.

No es raro, en cambio el uso frívolo del nombre de Dios, el modo de pensar superficial, que no tiene idea de la piedad verdadera y saca por cualquier tontería el nombre de Dios y de los Santos. No afirmo que sea esto pecado grave; pero de todos modos, es una ligereza que no concuerda con el fino espíritu cristiano.

Para nosotros, Dios es nuestro Padre celestial, y por este motivo, nosotros los cristianos no somos tan tímidos como los hebreos del Antiguo Testamento, que no se atrevían a pronunciar el nombre de Dios — «Yahvé»—, ni siquiera en la oración.

Pero esto no quita para que tratemos a Dios y a las cosas santas con el debido respeto y delicadeza. No utilicemos el nombre de Dios por cualquier motivo trivial e injustificado.

Vuelve la cocinera del mercado.

—¿Cuánto ha costado este pollo? —pregunta la señora.

—Tres cincuenta el kilo…

—¡Dios mío!

Se trata de una ligereza que no ésta bien en un cristiano.

Alguien va por la calle, se sorprende por alguna cosa y se le escapa este grito: «¡Jesús mío!»

Por la noche, unos esposos están escuchando un concierto de música clásica. En el pasaje musical más bello la señora se inclina a su esposo, y murmura: «Adoro a Puccini. Es una música divina».

Tal vez no se lleguen ni a ser pecado, pero son expresiones frívolas y superficiales que no don propias de un cristiano. Siempre podemos utilizar otros términos para poder expresar nuestros sentimientos.

El joven llega tarde a casa. Su madre le recibe con esta pregunta:

—¿Dónde has estado?

—En casa de un amigo—— contesta el joven.

—No es verdad. ¡Júralo! —exige la madre.

¡Qué madre más imprudente! No me refiero a lo perjudicial que resulta en el aspecto educativo dudar de la veracidad del hijo, por las consecuencias que puede traer consigo: «Si de todos modos no me van a creer, ¿por qué voy a decir la verdad? Mentiré; así tendrán razón al llamarme embustero.» No hablo ahora de este despiste desde el punto de vista educativo, sino de algo más grave: en casos de tan poca monta no nos es lícito obligar a alguien a hacer un juramento. El juramento, es decir, el poner por testigo a Dios, tan sólo está permitido cuando se toman decisiones importantes en le vida: al contraer matrimonio, al servir de testigo en un juicio, al tomar posesión de un cargo público de importancia.

Abusan, por tanto, del nombre de Dios también aquellos que por costumbre, por irreflexión, juran a cada instante, aunque sea para corroborar la verdad. Esto demuestra —sea dicho de paso— que entre los hombres es muy común la mentira. Porque si no hubiera muchos que mienten, no habría tantos que se ven forzados a jurar. Bastaría una palabra dicha con seriedad: «Es así. No suelo mentir.» ¡Qué digno seria del cristiano tal proceder!

No siempre está prohibido el juramento. Dios permite que en ciertos, en los acontecimientos que tienen grandes repercusiones en la vida social, para corroborar la verdad, pueda llamarse en testimonio su santo nombre. El mismo Jesucristo juró ante el tribunal, al contestar a las preguntas del sumo sacerdote: Yo te conjuro de parte de Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Respondió Jesús: Tú lo has dicho (Mt 26, 63-64)

Pero es una insensatez jurar por fruslerías, aunque sea una costumbre en muchos hombres. Esto es abusar del santo nombre de Dios. Si el juramento no se hizo por cosas falsas o pecaminosas, el pecado no es grave, pero es una falta, que no se puede permitir un alma profundamente cristiana.

¡No deis a los perros las cosas santas!

Abusan de las cosas divinas también aquellos que hacen un voto y no lo cumplen. Aquellos que en la desgracia, en el peligro, en la enfermedad, prometen a Dios una obra buena, pero al lograr lo que han pedido se olvidan de su promesa.

Es hermosa y cristiana la idea de prometer a Dios hacer alguna obra buena si atiende a nuestra demanda; pero la promesa se ha de cumplir. Porque dice la Sagrada Escritura: Mucho mejor es no hacer votos, que hacerlos y no cumplirlos (Ecltés. 5,4).

Abusan también de las cosas santas aquellos que desprecian o profanan la doctrina católica y las instituciones de la Iglesia, y aquellos que ofenden nuestras convicciones religiosas.

También los que utilizan los nombres de santos o cosas sagradas para las cosas o negocios profanos…

¡No des a los perros las cosas santas!

También abusan de las cosas santas las sectas que engañan al pueblo sencillo, apelando a sus sentimientos religiosos; las que difunden, por ejemplo, el engaño de que «pronto llegará el fin del mundo»… Que «Jesucristo se ha aparecido en tal o cual sitio y ha hecho nuevas revelaciones»… Que «es el sábado, y no el domingo, lo que hay que celebrar».

Abusan también de las cosas santas aquellos que, con intenciones perversas, pregonan a voz en grito que «nosotros no atacamos la religión», que «la religión es un asunto privado», pero en sus diarios y en sus discursos esgrimen todas las armas del vituperio y del odio para extirpar de la gente el amor a Dios.

Abusan también aquellos que quieren tentar a Dios.

¿Pero es posible que un hombre —una criatura débil e insignificante — pueda tentar al Señor, al Dios soberano de todo?

Sí; está escrito también: No tentarás al Señor tu Dios (Mt 4,7).

Es tentar a Dios, por ejemplo, exponernos sin motivo al peligro por aquello de que «¡ya me ayudará Dios!» Es tentar a Dios exigirle un milagro para que confirme que algo es verdadero. Hoy conocemos únicamente por los libros las ordalías, los «juicios de Dios», aquellos juicios de triste memoria de épocas remotas. Hoy leemos —y nos da escalofríos— que hubo tiempos en que el acusado tenía que probar su inocencia andando descalzo y sin quemarse sobre unas brasas, o poniendo su mano en agua hirviente sin hacerse daño. A la sazón se decía: «Si es inocente, Dios le salvará haciendo un milagro». La Iglesia hubo de luchar rudamente para abolir estos «juicios de Dios» procedentes del paganismo griego y germano, para hacer comprender a los hombres que es un grave error querer obligar a Dios en semejantes casos a que haga de criado.

Ahora ya no hay «juicios de Dios». ¿Ya no se tienta a Dios? ¡Oh, sí! Más que nunca. ¿Cómo?

En cierta ocasión los fariseos empezaron a discutir con Jesús, y le tentaron pidiéndole milagros. Jesucristo, que a la súplica del centurión pagano y a la palabra de un mendigo sentado a la vera del camino había respondido con una manifestación de su poder divino, ahora rechaza resueltamente la demanda de los fariseos. Y así dice el Evangelio: Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dijo: ¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal (Mc 8,12).

En principio no comprendemos el proceder del Señor. Ahora justamente se presentaba la ocasión propicia para convencer de su poder divino a los fariseos y lograr que éstos también creyesen en Él…

El evangelista consigna que los fariseos no fueron a Jesús porque creían en El, sino para «tentarle». ¿Creían en Cristo? ¡Qué va! Eran demasiado orgullosos. Sólo deseaban ver una pequeña «función»: a ver, ¿qué sabe el profeta? Querían ver un milagro. ¿Para convertirse? ¡Ah, no! Por todo el país se difundían su fama y sus portentosos milagros; y con esto tenía bastante cualquier hombre de buena voluntad. Pero los fariseos no querían convertirse, sino ver un milagro, un acontecimiento sensacional y extraordinario, para satisfacer su curiosidad. Los fariseos andaban a la caza de cosas misteriosas y extraordinarias; y por esto tentaban a Dios… No es otra la impiedad de muchos hombres curiosos de hoy día.

Muchos buscan satisfacer tan solo su curiosidad; y no quieren comprender que a las cosas santas hay que acercarse, no con orgullo ni con intenciones frívolas, sino con suma piedad. Buscando satisfacer esta curiosidad malsana, y no por motivos religiosos, es por lo que ciertos periódicos relatan minuciosamente los acontecimientos misteriosos que se dan en una pequeña aldea alemana llamada Konnersreuth.

Se habla de ella en todo el mundo; los periódicos tratan del caso; creo que no hemos de vacilar nosotros, los sacerdotes católicos, en dar la nota justa.

¿Qué pasa en Konnersreuth? Hay allí una sencilla muchacha que cada viernes revive la Pasión del Señor. Ve el proceso inicuo que le condena, mostraba la Pasión de Cristo con muchos detalles que no se relatan en los Evangelios; esas visiones se daban como en “estaciones”, que podían durar de dos a quince minutos; después de las visiones quedaba en un estado en el cual su mente volvía a ser como de niño, y no comprendía las nociones más sencillas; luego seguía un estado de exaltación, durante el cual Teresa podía hablar en términos desconocidos para ella, comunicaba pretendidos consejos de Cristo o predecía el futuro.


Theresa Neumann (Konnersreuth, 1898 – 1962) Debe su fama a que desde 1928 experimentó en visiones los sufrimientos de Cristo, y mostraba los estigmas de la pasión en su cuerpo. Era hija de padres campesinos, de profundas convicciones cristianas. Terminados sus años de educación básica, a partir de 1912, tuvo que trabajar como empleada en la granja de un vecino.

Para entonces ya había padecido una enfermedad que la dejó algo irritable y nerviosa y muy propensa a padecer ataques de vértigo. En marzo de 1918, la casa donde trabajaba fue presa de un incendio, lo cual aterrorizó a la joven Teresa; estaba ayudando a pasar baldes de agua para tratar de apagar el fuego, cuando de repente el balde se le resbaló de las manos y no pudo trabajar más: sus piernas se quedaron entumecidas y sintió como si algo se le clavara en el pecho. Aunque quedó muy débil, el granjero le obligaba a realizar arduas tareas, de tal forma que un día sus piernas se doblaron y su cabeza fue a golpear contra una piedra, después de lo cual regresó a su casa y se dedicó a ayudar a su madre en las tareas del hogar.

No pararon ahí sus males y sufrimientos: su carácter se hizo melancólico e irritable, todo parecía molestarle, de forma que se volvió insoportable. Su familia la recluyó en un hospital, de donde volvió a las siete semanas sin experimentar mejora alguna. En 1919 perdió la vista, sufrió parálisis en un lado y perdió el oído izquierdo. En la Navidad de 1922 experimentó un violento dolor en la garganta, que la dejó imposibilitada para tragar alimento sólido. A menudo su cuerpo aparecía cubierto de llagas y abscesos. En noviembre de 1925 sufrió de apendicitis y un año después neumonía. Lo maravilloso en su vida es que, al parecer, de todas estas enfermedades se curó “milagrosamente”, en un éxtasis en el que se le apareció Santa Teresita, de la que era muy devota.

La Cuaresma de 1926 marca una etapa nueva en la vida de Teresa: todos los viernes comenzó a tener éxtasis, durante los cuales se le oye los gritos soeces, contempla la tragedia conmovedora del Calvario, y ella misma la sufre en su propia persona con congojas de muerte. Las cinco llagas de Jesucristo se abren también en el cuerpo de la muchacha, y corre sangre de ellas… Y esto acontece todos los viernes. Y durante meses la muchacha no ha tomado otro alimento que la sagrada comunión.

Así es, en verdad, el caso. Hoy se habla de la muchacha por todas partes, y los curiosos van a visitarla por millares.

Jesucristo obró milagros para dar pruebas de su poder divino, y también lo ha hecho a lo largo de la historia a través de los Santos, siempre que lo consideró necesario para la difusión y el robustecimiento de la fe. Pero a la vez nos advirtió que no fuésemos detrás de los falsos profetas y de los falsos milagros.

Para que se pueda canonizar un siervo de Dios, se requieren dos milagros obrados por intercesión del mismo. Pero a la vez, es tremendamente exigente el rigor con que procede la Iglesia para probar la autenticidad del milagro! Los casos que se presentan han de ser controlados con un sinnúmero de testimonios, juicios de especialistas, actas notariales, etc.

Una persona muy culta, no católica, tuvo que entrevistarse un día con un cardenal en Roma, y mientras esperaba en su oficina, pudo hojear las actas de un proceso de canonización. Quedó pasmado al ver la rigurosa escrupulosidad con que se depuran los hechos más insignificantes. Y así se lo dijo así al cardenal: «Me ha impresionado ver la escrupulosa minuciosidad y el rigor con que la Iglesia examina todos los milagros. Si la Iglesia examinase con tan…» Pero el cardenal le interrumpió: «Pues sepa usted que de todos estos milagros la comisión no acepta ni uno solo… Ninguno le pareció suficientemente probado…»


A los éxtasis de los viernes les acompañaba la presencia de las llagas del Crucificado en las manos, en los pies y en el pecho. A esto hay que añadir que durante los cuarenta días de la Cuaresma no necesitaba comer; le bastaba la Sagrada Hostia. El conocimiento de estos hechos, naturalmente, suscitó enorme curiosidad en muchos ambientes cristianos, de forma que Konnersreuth se convirtió en un centro de peregrinaciones y la situación económica de la familia mejoró notablemente a causa de los donativos que los “peregrinos” dejaban.

Dios puede obrar milagros para probar la verdad de la fe cristiana. Pero por otra parte, la Iglesia procede con lentitud, cautela y precaución extraordinaria al fallar si en un caso dado ha habido o no realmente intervención sobrenatural de Dios, es decir, un milagro. En este punto es mucho más precavida de lo que son, en general, los hombres, los periódicos y la sociedad en general. La Iglesia no busca milagros con afán —y esto la honra—. Millares de hombres corren a Konnersreuth, a Baviera, para ver a la muchacha que lleva impresas las llagas de Cristo… ¿Qué hace la Iglesia? El episcopado de Baviera ha prohibido explícitamente a sus sacerdotes y fieles ir a Konnersreuth. ¿Por qué? Porque la Iglesia católica procede con extremada cautela: no da su fallo sino después de un largo examen, después de varios años, o quizá decenios, sobre la realidad o ficción de tal o cual milagro.

Con esta prohibición la Iglesia también nos da ejemplo de prudencia, invitándonos a tratar con cautela las cosas santas. Porque sea cual fuere el fallo sobre si son naturales o sobrenaturales los acontecimientos de Konnersreuth, una cosa es cierta: se trata de un alma que sufre mucho por nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, todos los que vayan a visitarla deberían ir movidos por la piedad y no la curiosidad. No como van muchos, movidos por la sed de cosas extraordinarias, y que con una frialdad sorprendente, incluso fumando, contemplan a la muchacha que chorrea sangre… Llegan en tropel, bien acomodados en sus autos, exactamente igual que cuando por la noche van al teatro para divertirse.

Una casa comercial se ofreció para transformar en teatro la pequeña vivienda rústica de la muchacha, y de esta manera mostrar la muchacha al público. El dueño de una productora cinematográfica ofreció varios millones si le dejaban filmar todo lo que a la muchacha le ocurría en un viernes, para poder después pasarlo en todos los cines, mostrando, entre películas indecentes y anuncios llamativos, a la muchacha que sangra por amor de Cristo.

¡Qué falta de sentido sobrenatural y superficialidad denota todo esto! ¡Cómo se siguen pisoteando las cosas más santas!

Y seguirá preguntando alguno de mis lectores: ¿hay milagro o no en Konnersreuth? La Iglesia hasta ahora no ha fallado ni en pro ni en contra.


La Iglesia se mostró muy cauta en todo momento. La recuperación maravillosa de la salud de Teresa pudo ser milagrosa, pero los signos que la acompañaron no se acomodaban a los criterios exigidos por la Sagrada Congregación de Ritos para declarar un milagro. Expertos teólogos, teniendo en cuenta los criterios de místicos experimentados en fenómenos extraordinarios como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, analizaron los hechos y llegaron a la conclusión de que no había suficientes pruebas para hablar de milagros; las curaciones y las llagas en el cuerpo de Teresa, podían deberse a causas naturales.

Pero cualquiera que sea el fallo, seguirá firme e inconmovible, siempre la misma, nuestra fe católica. Cuando los fariseos, con impertinente curiosidad, pedían un milagro al Señor, Jesucristo lanzó un profundo gemido desde lo íntimo de su ser. Así le duele también hoy que algunos no se contenten con Su vida, Sus obras, con la historia dos veces milenaria de la Iglesia, con los testimonios por ella aducidos… Y quieran penetrar en el más allá por la puerta vedada, por medio de sesiones espiritistas, esperando robustecer su fe —así lo dicen ellos— fisgoneando supuestos milagros. ¿Qué es esto sino abusar de las cosas santas?

***

No deis a los perros las cosas santas, dijo el Señor; y con ello promulgó un mandato, nos ordenó que siempre tratemos con amor sincero, con acendrada piedad y emoción profunda las cosas sobrenaturales, y que no rebajemos las cosas santas —no va por mala voluntad, pero ni siquiera por ligereza o frivolidad— al polvo de las cosas profanas. Pueden ruborizarse esos espíritus frívolos que corren en pos de lo misterioso al ver la fe profunda de aquel médico de Chicago. Voy a referir el caso antes de terminar este capítulo. Hace algunos años corrió la noticia de que en la parte meridional de Italia un Padre capuchino tenía impresas las llagas de Jesucristo nuestro Señor. Un médico de Chicago se puso en camino. Un viaje de treinta horas en ferrocarril por América, diez días por mar, otras cuarenta horas en tren. Por fin, llega el médico a la pequeña aldea italiana. ¡Todo el largo viaje fue en vano! No pudo ver nada, porque el Padre capuchino había recibido orden de Roma de no enseñar los estigmas; y tenía que llevar continuamente guantes, que no le dejaban libre más que la punta de los dedos, lo suficiente para poder celebrar la santa misa.


 

Por otra parte, por más que la Iglesia propuso reiteradamente un detenido examen médico, éste nunca se pudo llevar a efecto, por oposición de la familia y por el excesivo recato de la enferma que no permitía que un médico se acercara ni siquiera a la cabecera de su cama. No siendo posible declararse en pro ni en contra de las estigmatizaciones, las autoridades eclesiásticas optaron por aconsejar a los fieles que se abstuvieran de acudir a Konnersreuth. Teresa, por su parte, se mantuvo siempre dentro de la más estricta ortodoxia católica.

El médico contó sus impresiones de esta manera: «No he visto los estigmas. El Padre me dijo con toda naturalidad: «¡Lástima de viaje! Pero usted comprenderá que yo, como religioso, he de obedecer.» Y esto me produjo una impresión más profunda —dijo el médico— que si hubiese visto las llagas…»

Muy bien. ¿Qué es lo que dijo el Salvador al incrédulo Tomás? Tú has creído, Tomás!, porque me has visto: bienaventurados aquellos que sin haberme visto han creído» (Jn 20,29). Se han dado varios casos de de Santos estigmatizados en la historia de la Iglesia. Pero no una vez, sino todos los días y en cada momento; no en un solo lugar, sino dondequiera que se ofrezca el santo sacrificio de la misa, acontece que en nuestros altares se renueva de un modo misterioso e invisible la muerte en cruz de nuestro Salvador. ¡Ah, aquí hay algo más que en Konnersreuth! Aquí no es una muchacha enamorada de Cristo la que está sangrando, aquí sangra el mismo Jesucristo, sangra por nosotros, y de sus llagas se derrama sobre nuestras almas el rocío bendito de la salvación. Y, sin embargo,… ¿Vemos llegar a la santa misa gran muchedumbre de huéspedes distinguidos, en sus lujosos autos, y hacer cola para entrar?

Esta muchacha alemana, que, ensangrentada, revive la Pasión de Cristo —cualquiera que sea el fallo de la Iglesia—, con su sufrimiento silencioso, mudo, dice a los espíritus superficiales del mundo moderno: No me observéis a mí con ojos curiosos, mirad más bien con alma devota y arrepentida, a Jesucristo crucificado, ¡a quien yo tanto quiero y por cuyo amor corre mi sangre!

¡Hermano, respeta las cosas santas!

¡Hermano, respeta al Cristo sufriente!


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