XVI. ¡CÓMO HEMOS DE ESTIMAR EL NOMBRE CRISTIANO!

¿Y tú eres católico?

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

En 1926 hubo un Congreso Eucarístico internacional en Chicago. El punto más emocionante de las solemnidades, majestuosas todas ellas,fue, sin duda, la función nocturna organizada por la Holy Name Society, la «Sociedad del Santo Nombre». Esta asociación, fundada para la glorificación y defensa del santo nombre de Dios, reunió para esta sesión nocturna en el Estadio de Chicago a 250.000 personas; y ¡qué profunda emoción sintieron todas aquellas personas allí presentes cuando cada una encendió en su mano una vela, para manifestar al mundo que la luz de la sigue brillando en medio de la noche de la indiferencia religiosa de gran parte de la sociedad.
Nosotros, los que ahora queremos sinceramente imitar a Nuestro Señor Jesucristo, ¿tenemos plena conciencia del precioso tesoro que nos confió el Señor: la Iglesia católica?¿Sentimos con legítimo orgullo la dicha de poder exclamar: «Gracias a Dios, yo soy católico»?
«Nobleza obliga», suele decirse. ¡Con cuánta más razón podemos decir: «El cristianismo obliga»! Sí; el nombre de cristiano no es solamente una distinción; es también un título de graves obligaciones. Y al tratar nuevamente el segundo Mandamiento de la Ley de Dios, quisiera ponderar en este capítulo cómo debemos estimar el nombre cristiano por encima de todo.
Porque no blasfemar y no jurar el nombre de Dios en vano es sólo una parte del segundo Mandamiento: la parte negativa. La parte positiva de este Mandamiento consiste en honrar también el nombre cristiano delante de todos. Hemos de apreciar el nombre cristiano, que toma su origen del santo nombre de Cristo; hemos de vivir con plena conciencia cristiana; y si es necesario, hemos de hacer profesión pública.de nuestra fe, hemos de confesarla delante de otros.
¡La estima consciente del nombre cristiano! es el título del presente capítulo. Primero examinaremos a los que no tienen conciencia del nombre cristiano; después, a los que lo aman con plena conciencia del tesoro que poseen.

I
LOS QUE NO TIENEN CONCIENCIA DEL NOMBRE CRISTIANO

—¡De modo que tú confiesas que eres católico?
—Sí. Lo confieso con orgullo. Yo estoy bautizado y todos mis antepasados han sido católicos.
—¿Y podrías probarlo?

—¿Probarlo? ¿No lo pruebo de sobra si delante de todo el mundo digo que soy católico?
—Claro que no. San Jerónimo también se declaró cristiano y, con todo, Dios no le creyó.
—No lo sabía. ¿Cómo sucedió?
—San Jerónimo, uno de los hombres más grandes del cristianismo, lo abandonó todo por Jesucristo: comodidades, amigos, civilización, y se recogió cerca de Belén en la soledad. Vino la Cuaresma, y por efecto del largo ayuno no quedaron en él más que la piel y los huesos. Se puso enfermo, tenía fiebre…; los que le rodeaban pensaron que había ya llegado su fin. Y el enfermo, grave, en estado de inconsciencia, se ve ante el Tribunal de Dios. Empieza el juicio. La primera pregunta es ésta: «¿Quién eres?» Jerónimo contesta al Juez con valentía: «Christianus sum!» «Soy cristiano.» «Mientes. Tú eres ciceroniano.» y piensa el infeliz enfermo que le cogen y le golpean. Los que le rodean notan aturdidos cómo se revuelve su cuerpo en medio de agudos dolores. No supieron hasta más tarde, hasta que el enfermo estuvo en franca mejoría, lo que le había sucedido en su pesadilla. San Jerónimo, aquel que por Jesucristo había hecho los mayores sacrificios y por El había renunciado a todo, no supo renunciar a una cosa: a los libros de Cicerón. El clásico pagano le cautivaba tanto por su arte de escribir, que San Jerónimo lo seguía leyendo aun en su soledad de ermitaño. Y cuando delante del Juez eterno declaró: «Soy cristiano», no bastó su declaración, y fue reprendido por causa de Cicerón. He de hacer constar que, después de su calentura, se curó por completo también de su fiebre ciceroniana… ¿Comprendes ya, amigo, por que no basta la afirmación de que eres católico?
El bautismo es un gran tesoro; pero sólo indica lo que tendrías que ser. No dice nada de que lo eres en realidad. Ahí va un ejemplo. El bautismo es un pasaporte para el Cielo. Pero en vano tienes pasaporte —pongamos por ejemplo— para Italia; no te dejarán entrar si no tienes también el visado italiano. De la misma manera, aunque tengas el pasaporte para el Cielo, no te dejarán entrar si no tienes el sello de la vida eterna, el visado del Cielo. ¿Qué visado es éste? Una vida cristiana, católica. ¿Comprendes ya por qué no es prueba suficiente el que estés bautizado?
—Lo comprendo. Y ya no sé realmente cómo probar que soy católico…,
—Nada más fácil. ¿Me permites que te haga una visita de media hora? Me bastará para poner fin a este asunto.
—Con mucho gusto. Te espero.
Y voy a casa de mi amigo. Me abre la puerta con amable cortesía:
—¡Adelante! ¡Adelante!

—Entramos en un salón espacioso. Pero me paro a la puerta, que está entreabierta.
—¿Y tú eres católico?
—Claro que sí. Ya te lo he dicho.
—¡Ah!, sí, sí… Pues mira, allí en la pared aquellos cuadros de desnudos…
—¡Hombre! ¡Si son cuadros de artistas famosos!
—Yo no niego que sean de artistas famosos. Pero… ¿un católico no podría encontrar otros cuadros artísticos? ¿Justamente éstos, para que exciten tu sensualidad en todo momento? ¿Y los ojos de tus invitados? ¿Y el alma de tus hijos?
—¿El alma de mis hijos? Juanito no tiene más que doce años, y la Marieta, diez. ¿Qué ven en esto los niños?
—Dispensa. Créeme a mí, que trabajo hace tanto tiempo en la direcciónespiritual de la juventud: no tienes idea de la ruina que causan en el alma de los hijos los cuadros frívolos del hogar.
—Pero son una preciosidad… Me costaría desprenderme de ellos.
—Está bien. Pero entonces no digas que eres católico. Veo que tienes una gran biblioteca. ¿Puedo mirarla?
—Claro que sí. Como gustes. Echo una ojeada a los libros.
—Pero realmente, ¿tú eres católico?
Es incomprensible que un católico pueda tener tales libros en su biblioteca. Hay un montón de novelas francesas, de los autores de lo más sospechosos. También libros obscenos. No veo en ninguna parte un libro
católico, un libro que trate de religión…
—¿Libros de tema religioso? Sí que los tengo también. Mira: hay uno de Renán: «La vida de Jesús», y «La historia de la Inquisición, y «Los pecados de los Papas», y toda una colección de obras espiritistas…
—Sí, los veo. Pero ¿y la Sagrada Escritura? ¿O un libro serio de apologética o de devoción?
—Es que son —¡no te ofendas!— tan pesados para leer…
—Bien. Entonces no digas que eres católico.
Entre tanto llega el repartidor de periódicos.
—Eres católico y ¿estás suscrito a este diario? ¿A éste, que calumnia de un modo soez y pone en ridículo todo pensamiento cristiano?
—Así es. Pero es necesario saber lo que se dice en la acera de enfrente. Además, es el diario mejor redactado. Los diarios católicos son tan serios, tan aburridos…
—Pues entonces, ¿en qué eres tú católico?

—Déjate de tanto reflexionar y veamos a mi mujer que nos tiene preparado una bebida…

Y nos vamos. Y allí veo la frivolidad en el vestir. ¡Y me impresionan los temas sobre los que se conversa! ¡Y la manera cómo se habla! Y, sin embargo, todos podrían decir que están bautizados… No basta el bautismo. Recuerdo un símil elocuente de San Agustín (Tract. 17 in Johann): Dos hombres entonan la misma canción. Uno está
en su sentido cabal y canta con arte sumo; el otro está un poco bebido y da notas falsas. ¡Qué desafinado resulta este dúo! Lo mismo pasa —dice San Agustín— cuando alguien dice a Dios con los labios: «Santificado sea
tu nombre», pero le ofende continuamente con su vida. Es el caso de quien está bautizado y no lo manifiesta en ningún acto de su vida. ¡No jures el nombre de Dios en vano! Y lo jura el que presentándose como cristiano engaña a su prójimo. ¿Cómo se puede engañar con el nombre cristiano? Llevándolo como pegado y sin que haya detrás del nombre una vida cristiana; como quien anuncia un producto con engaño.
Ciertos comerciantes de telas ponen en la puerta de su tienda: «Aquí se venden paños ingleses auténticos.» El comprador inocente nota después que en el paño hay más algodón que lana; una cosa es lo que se anuncia,
y otra cosa lo que se vende en la tienda. Así también abusa del nombre cristiano aquel que sólo lo anuncia por fuera y no lo tiene en su corazón, en sus pensamientos, en su vida. Se puede repetir en este caso lo que el Señor echó en cara al pueblo hebreo en el Antiguo Testamento, y el mismo JESUCRISTO lo aplicó a los fariseos: Este pueblo me honra con los labios; pero su corazón está lejos de Mí» (Mt 15,8). Este es el primer tipo: el de los que no dan testimonio con su vida del nombre cristiano.
Vamos ya el otro: aquellos que lo aman con plena conciencia del tesoro que poseen.

II
LOS QUE TIENEN PLENA CONCIENCIA DEL NOMBRE CRISTIANO

Soy cristiano, soy católico.
¿Sabes lo que significa esto? Significa que el nombre de Dios está esculpido en mi alma y yo he de procurar honrarlo y respetarlo. Desde luego, todo ser creado debe pregonar la majestad de Dios; debe pregonar que Él es el único Señor; Él, el único Infinito. Los cielos, la tierra, las estrellas y vientos, las montañas y los pájaros, las fieras y las flores… Todo pregona la gloria de Dios; pero el nombre de Dios no está inscrito en estos seres, como lo está en mi alma por el santo bautismo. Sólo en mí es consciente la idea de Dios, sólo en mí vive Dios. Es cierto que sólo el hombre es capaz de vilipendiar el nombre de Dios, pero es también el único ser de la creación visible capaz de honrarlo y reverenciarlo.
¡Qué conciencia de la propia dignidad tendría que brotar de este pensamiento: Dios vive en mí! ¡Cómo he de apreciarme a mí mismo! ¡Con qué santo respeto he de mirar mi propia dignidad! Ahora comprendo hasta dónde llega la «dignidad del hombre», la dignidad del alma cristiana. ¿Sabes quién aprecia el santo nombre de Dios? Aquel en cuyos pensamientos, palabras y vida se manifiestan, iluminan y viven las palabras del Señor.
¡Que sea yo edición viva del santo nombre de Dios y de su gloría! He de honrar el nombre cristiano no solamente cuando estoy en la iglesia, o cuando rezo, sino también cuando trabajo, cuando descanso, cuando me divierto. Mi vida familiar, mi trabajo, mis negocios… han de glorificar a Dios. Alaba el sol a Dios con su esplendor. La estrella, con su brillo. El pájaro, con sus cantos. La flor, con su perfume. ¿Y el hombre? El hombre debe alabarlo con una vida en todo de acuerdo con la santísima voluntad de Dios.
¡Así sería si tuviéramos conciencia de lo que significa ser cristianos! Pero en el llamado Occidente cristiano… ¿somos realmente cristianos? ¿En qué se manifiesta? ¿Dónde? ¿Caemos en la cuenta realmente de lo que significa el que Jesucristo Nuestro Señor Jesucristo se haya encarnado? ¿Y le seguimos? Se manifiesta en la vida, en los pensamientos, en la manera de hablar, en los planes, en los deseos, que Cristo ha pasado en medio de nosotros y nos ha enseñado cuáles son los valores verdaderos? ¿El cristianismo es todavía una concepción del mundo que guía nuestra vida? ¿Somos verdaderamente cristianos? Mirad el contenido de la mayoría de las películas, que son un reflejo de lo que piensa la sociedad. Mirad lo que entusiasma a la gente, sus diversiones… ¿Somos realmente cristianos?.. ¡Hemos de ser en verdad cristianos! Pero cristianos conscientes, orgullosos de nuestra fe; cristianos con una vida coherente con nuestras  convicciones.
Ante el panorama que nos ofrece el mundo, ¿qué deberemos hacer? ¿Retirarnos? ¿Llorar? ¿Quejarnos? No. El fatalismo y la casualidad no son palabras de nuestro vocabulario. No es propio de un católico dejar que el paganismo triunfe en el mundo, «dejarle hacer», y recogerse tímidamente en una vida piadosa cerrada al mundo. El mundo necesita de Dios, necesita de los Mandamientos de Dios, si no quiere sucumbir en la barbarie.
Sí, nosotros creemos que Jesucristo es la última palabra, la palabra definitiva de la Historia. Creemos que Cristo es el que salva al mundo.

Creemos que se puede y se debe sacar el Decálogo de entre los trastos viejos a que lo habíamos relegado.

Creemos que sin una vida consciente y consecuentemente católica no pueden progresar los pueblos. Necesitamos católicos que llamen la atención del mundo. ¿Qué llamen la atención? ¿Cómo? Tomando en serio el Decálogo y el Sermón de la Montaña, tratando de vivirlos durante todo el día. Teniendo un concepto cristiano de la mujer, del matrimonio, de la familia. Para los católicos de este cuño no existe «el ocaso de Occidente».
Si cada católico se convierte en una ardiente antorcha con su vida cristiana, en una antorcha que guía, conquista y alumbra, el mundo será cristiano.


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