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La diversión es necesaria con vistas a la acción, pues sólo el que de vez en cuando descansa del trabajo y se divierte podrá luego reemprenderlo con fuerzas renovadas. Sepa en qué consiste esta virtud, practicada por grandes santos, como Tomás de Aquino, Francisco de Sales y Don Bosco.

La diversión es necesaria con vistas a la acción, pues sólo el que de vez en cuando descansa del trabajo y se divierte podrá luego reemprenderlo con fuerzas renovadas. Sepa en qué consiste esta virtud, practicada por grandes santos, como Tomás de Aquino, Francisco de Sales y Don Bosco.


¿Eutrapelia? Sí, leyó bien. Pero ¿qué palabra es esa? Es nada más y nada menos que una virtud. Una virtud comentada por grandes filósofos griegos, como Aristóteles, y que más tarde se desarrolló como virtud cristiana.

 

La eutrapelia es una virtud que debería ser recuperada

 

Esta palabra antigua, proveniente del griego, significa literalmente «buen giro»; se refiere al giro que el alma hace para pasar de un estado de recogimiento o concentración a otro de alegría y distensión. Es una virtud importante, que también se traduce en arte, un arte especial, que gracias a Dios a siglos no sale de moda, y que se expresa por medio de la literatura, del teatro, del dibujo, etc. Es el arte de hacer reír a las personas.

En una época que oscila entre una seriedad soberbia y llena de sí y una sátira maliciosa y corrosiva, la eutrapelia es una virtud que debería ser recuperada. Predomina en nuestro tiempo la carcajada desbocada, cuando necesitaríamos, en su lugar, de una buena sonrisa.

La diversión no es un fin, sino un medio para ser mejores: la virtud del buen humor nos da aquel tipo de desapego y de elegancia espiritual que vuelve posible ver y apreciar los aspectos graciosos de la vida: virtud de santos, de místicos y de todos aquellos que no vacilan en lanzarse con entusiasmo en respuesta a la invitación de Cristo.

 

El escarnio es un modo horrible de ofender al prójimo con palabras

 

Uno de los peores defectos del espíritu es el ser burlón: Dios odia mucho este vicio y sabemos que lo corrigió con castigos ejemplares. Ningún vicio es tan contrario a la caridad, y más aún a la devoción, que el desprecio y las burlas hechas al prójimo.

El escarnio y la burla, de hecho, se fundan en la presunción y en el desprecio de los otros, y éste es un pecado mucho más grave: el escarnio es un modo horrible de ofender al prójimo con palabras; las otras ofensas siempre salvan, por lo menos en parte, la persona del otro, pero el escarnio, por el contrario, no restringe nada.

Muy diferentes son las bromas entre amigos, que se hacen con alegría y serenidad. Dice San Francisco de Sales: «En cuanto a esos juegos de palabras espirituales con que las personas honestas acostumbran divertirse, con cierta animación, sin pecar contra la caridad o la modestia, son hasta una virtud que sirven para recrear el espíritu de las ocasiones insignificantes que las imperfecciones humanas generales proporcionan a la diversión».

Solamente se debe tomar el cuidado de que esa alegría inocente no se vaya transformando en escarnio o burla, porque ésta provoca reírse del prójimo por desprecio, al paso que estos chistes delicados sólo hacen reír por placer y por el espíritu de ciertas palabras, dichas con libertad, confianza, familiaridad y franqueza, y recibidas de buena manera, teniéndose plena certeza que nadie las tomará a mal.

En cuanto a San Juan Bosco, desde pequeño siempre se dedicó a divertir a sus amigos con juegos de malabarismo. Él agradava a todos y de todos atraía la benevolencia, el afecto y la estima. Cuando comenzó su obra de educador, los jóvenes comenzaron a venir hasta él para jugar y divertirse, después para escuchar historias, y luego para hacer las tareas de la escuela. Era un santo que entretenía a sus discípulos con chistes y travesuras honestas y agradables, juegos de habilidad y hasta trucos de magia. La virtud de la eutrapelia le era connatural y manifestaba la tranquilidad inalterable de su alma.

Para aquellos que dicen que el cristianismo es aburrido, que es un conjunto de reglas morales que quitaron la felicidad del hombre y los placeres que le habrían venido (la parte condicional es obligatoria) del antiguo paganismo, es posible responder con la alegría de vivir de los  santos, que demostraron que la vida es bella –aún cuando nos parece dura, aun cuando nos hiere, aun cuando nos parece un juego perdido–, porque ella tiene un sentido.

 

¡La tristeza es la sombra del diablo! Y para echarla fuera, necesitamos de una buena dosis de eutrapelia.

 

Santo Tomás de Aquino para referirse al campo de ejercicio de la eutrapelia emplea el término «ludus», que, aunque normalmente se traduzca como «juego», tiene un sentido más amplio. Parece más correcto traducirlo por «diversión», ya que se refiere no sólo a las actividades que llamamos lúdicas o deportivas, sino al ocio en general, es decir, a todo aquello que nos sirve para descansar del trabajo, desde el juego y el deporte hasta las bromas, chistes, ocurrencias y dichos ingeniosos. Así se entiende que Santo Tomás de Aquino traduzca eutrapelia por «iucunditas», es decir, «buen humor». En este sentido, habla también del «eutrapelus», el que posee la virtud de la eutrapelia, como «bene vertente», esto es, como «aquél que se vuelve o convierte bien». El Aquinate habla de la eutrapelia como la capacidad de convertir adecuadamente en risa las incidencias de lo cotidiano.

 

La diversión es necesaria con vistas a la acción, pues sólo el que de vez en cuando descansa del trabajo y se divierte podrá luego reemprenderlo con fuerzas renovadas

 

Eutrapelia: la diversión ordenada

Aristóteles sale al paso de quienes condenan toda actividad ociosa, señalando que, «dado que en la vida también hay descanso y en éste hay entretenimiento acompañado de diversión, parece que también aquí se produce una cierta elegancia de trato entre lo que se debe decir y cómo decirlo, e igualmente en oír». El descanso es una actividad lícita, y aun necesaria, no tanto como fin en sí misma, sino ordenada a la acción. Santo Tomás ilustra la conveniencia del ocio con una historieta que toma de las Colaciones de los Padres:

«El evangelista san Juan, cuando algunos se escandalizaban de verlo jugando  con sus discípulos, mandó a uno de ellos, que tenía un arco, que tensara una flecha. Después de hacerlo muchas veces, le preguntó si podría hacerlo ininterrumpidamente, a lo que el otro respondió que, si lo hiciera así, se rompería el arco. San Juan hizo notar entonces que, al igual que el arco, se rompería también el alma humana si se mantuviera siempre en la misma tensión».

La diversión es necesaria con vistas a la acción, pues sólo el que de vez en cuando descansa del trabajo y se divierte podrá luego reemprenderlo con fuerzas renovadas, mientras que el que trabaja sin descanso sucumbirá a la tensión del esfuerzo continuo, y al cabo cumplirá peor su función, y el fruto de su acción será peor que la del que sabe divertirse. Aristóteles señala que «en la conservación de esta vida es necesario descansar mediante el juego. Hay que, por tanto, hacer uso de él».

Para que este uso sea ordenado y conforme a la razón, Santo Tomás afirma que hay que cuidar tres cosas:

1) evitar que este deleite se busque en obras o palabras torpes o nocivas,

2) evitar que la gravedad del espíritu se pierda totalmente;

3) por último, hay que procurar que el juego se acomode a la dignidad de la persona y al tiempo, es decir, que sea digno del tiempo y del hombre.

 

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Extraído de padrepauloricardo.org
y editado por Formación Católica

 

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