Buscar la alegría en el Señor
Evangelio del día
San Mateo 28,8-15
Nos dice el Evangelio que aquellas mujeres salieron del sepulcro con prisa, sobrecogidas y, al mismo tiempo, llenas de alegría. Habían visto algo que las desbordaba, y corrieron a comunicarlo a los discípulos. En este tiempo pascual, la liturgia repite una y otra vez esa misma invitación: alegrarse, no perder la paz, servir al Señor con alegría. Y es que no hay otro modo verdadero de servirlo.
Muchas veces, una misma realidad puede ser motivo de tristeza o de alegría, según desde dónde se la mire. Y el punto decisivo es éste: buscar al Señor. Cuando el corazón está realmente puesto en Él, incluso en medio de aquello que humanamente pesa o duele, puede nacer una alegría profunda. No porque el sufrimiento deje de ser sufrimiento, sino porque el Señor sostiene el alma y le da una luz que el mundo no puede dar. «Que se alegre el corazón de los que buscan al Señor». Y san Agustín recuerda que el corazón del hombre no halla descanso sino en Dios [1].
En la Última Cena, el Señor no ocultó a los apóstoles las contradicciones, las pruebas y las tribulaciones que habrían de venir. Pero también les anunció que su tristeza se convertiría en alegría. Aquellas palabras, que entonces podían parecer oscuras, se cumplieron plenamente en la Resurrección. Poco después, los mismos que antes estaban encerrados por miedo saldrán fortalecidos, y llegarán incluso a alegrarse de padecer por el nombre de Jesús (cf. Hch 5, 41).
La raíz de esta alegría cristiana está en el amor de Dios, que es Padre, en el amor al prójimo y en ese saludable olvido de sí que brota de una vida vuelta hacia Dios. Cuando el alma vive centrada en sí misma, fácilmente se entristece; cuando vive mirando a Dios y abierta a los demás, encuentra una alegría más limpia y más firme. Por eso santo Tomás enseña que del amor de caridad brota el gozo espiritual [2]. Y por eso también el pesimismo y la tristeza no deberían instalarse en el corazón cristiano como si fueran algo normal. Si aparecen, han de ser combatidos con prontitud, porque el alejamiento de Dios es lo único que verdaderamente puede robarnos la paz.
Conviene, entonces, luchar por buscar al Señor en medio del trabajo diario y de todas las ocupaciones ordinarias. Hace falta mortificar caprichos y egoísmos en las pequeñas ocasiones de cada día, no para vivir entristecidos, sino para que el peso de la propia voluntad no desvíe el corazón de Dios. Esa lucha interior mantiene el alma despierta para las cosas de Dios y la dispone también para hacer la vida más amable a los demás.
Hay en esa fidelidad escondida una particular juventud del espíritu. No hay verdadera juventud como la de quien sabe que es hijo de Dios y procura vivir de acuerdo con esa dignidad. Y si alguna vez se tuviera la desgracia de apartarse del Señor, siempre quedaría abierto el camino del retorno. Entonces conviene recordar al hijo pródigo y volver, con corazón arrepentido, a la casa del Padre. En el cielo habrá fiesta, y también el alma recobrará su paz.
Eso mismo sucede cada día en las cosas pequeñas. Con frecuentes actos de contrición, con sincero arrepentimiento, el alma permanece más fácilmente en serenidad, en paz y en alegría. Por eso es necesario cultivar siempre una santa alegría y un verdadero optimismo cristiano, rechazando la tristeza estéril, que debilita el alma y la deja más expuesta a otras tentaciones.
Además, quien vive con alegría buscando al Señor se convierte también en ayuda para los demás. La paz interior se comunica; la tristeza, en cambio, suele oscurecer el ambiente y hacer daño. Por eso, hay que buscar al Señor sin cansancio. Y al que lo busca de verdad, no le faltará la alegría.
- San Agustín, Confesiones, I, 1, 1.
- Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, II-II, q. 28, a. 1, corpus.

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