La Iglesia es indefectible
Evangelio del día
Juan 6,16-21
¿Qué es la barca sino la Iglesia? Así la vieron los Padres de la Iglesia desde los primeros siglos. Y San Agustín decía que cuando se enfría el amor aumentan las olas: siempre que disminuye la caridad, las tempestades golpean la barca de la Iglesia, pero no la destruirán; al contrario, ella llegará a la orilla, porque para eso fue construída.
La Iglesia ha debido afrontar constantes contradicciones, tanto externas como internas. Hubo épocas de persecución abierta y hay otras en las que los ataques son solapados o provienen del mismo seno de la comunidad. Cuando surgen herejías, cuando se ataca la santidad del matrimonio, el sacerdocio, la Concepción Inmaculada y la Virginidad Perpetua de María, el misterio de la Eucaristía, el primado de Pedro o incluso la resurrección del Señor, es natural que el corazón del cristiano se llene de tristeza.
Sin embargo, hay que mantener la confianza. La Iglesia es indefectible: Cristo vive en ella y la acompaña hasta el fin de los tiempos. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (cf. Mt 16,18). Lo humano en la Iglesia puede fallar y pasar, pero lo que tiene de divino —su fundamento en Cristo— permanece inmutable.
Ante las dificultades no conviene perder la serenidad ni la visión sobrenatural. La asistencia de Cristo a su Iglesia fundamenta una fe firme: por más que la barca sea zarandeada, no se hundirá. La historia de la Iglesia es, en cierto sentido, un milagro moral continuo que alimenta nuestra esperanza.
Por tanto, no dejemos que la duda se instale cuando la tempestad arrecia. Es preciso rezar más, vivir con mayor fidelidad la propia vocación, intensificar el apostolado y hacer reparación por los pecados que hieren el Corazón de Cristo. No perdamos la confianza: Jesús está con nosotros.

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