Solemnidad de la Ascensión del Señor
Evangelio del día
San Mateo 28,16-20
Hermanos, dice san León Magno en una homilía para esta solemnidad: «Hoy no sólo hemos sido constituidos poseedores del paraíso, sino que con Cristo hemos ascendido, mística pero realmente, a lo más alto de los cielos, y conseguido por Cristo una gracia más inefable que la que habíamos perdido».[1]
La Ascensión del Señor fortalece y alienta nuestra esperanza en el cielo. Nos impulsa a levantar el corazón y a buscar las cosas de arriba. Nuestra esperanza es grande, porque Cristo mismo ha ido a prepararnos una morada. Y, como exhorta san Agustín, «hoy nuestro Señor Jesucristo subió al cielo; suba también con Él nuestro corazón».[2]
El Señor está en el cielo con su cuerpo glorificado. Nunca dejó de estar junto al Padre; pero ahora su humanidad santísima, glorificada, está sentada a su derecha. Y está allí llevando en su cuerpo las señales de su sacrificio: las huellas de los clavos, las marcas de la Pasión, las heridas de su amor. Esas llagas hablan de redención y claman por la salvación del mundo. Por eso santo Tomás enseña que la Ascensión de Cristo es causa de nuestra salvación, porque nos abrió el camino para subir al cielo.[3]
Cristo, que entregó su vida por cada uno de nosotros, nos espera en el cielo. Por eso puede decir san Pablo que nuestra ciudadanía está en los cielos (cf. Flp 3, 20). Seguimos caminando en esta tierra, en medio de dificultades, sufrimientos, dolores e incomprensiones; pero también avanzamos con alegría, con serenidad y con esperanza, porque sabemos que somos amados por Dios y que nuestra patria definitiva no está aquí.
Y si alguna vez la perspectiva del cielo se nos oscurece, o si el corazón se nos llena de tristeza, conviene acudir a María, como lo hicieron los apóstoles después de la Ascensión. Ellos perseveraban en la oración junto con la Madre de Jesús (cf. Hch 1, 14). En esa espera aprendieron a comprender mejor lo que el Señor estaba realizando y a dejarse llenar por la esperanza.
La contemplación de Cristo glorioso transformó a los apóstoles. Lo que antes les producía temor se convirtió en gozo. Entendieron que las promesas del Señor se cumplirían con toda certeza. Aquel que había caminado con ellos, que les había hablado, corregido y consolado, estaba ahora en el cielo, vivo, glorioso, escuchando sus oraciones y aguardándolos.
De ahí nacieron su valentía, su fortaleza y su audacia. Ya no tenían el corazón puesto en las cosas pasajeras de este mundo. Su deseo más hondo era volver a ver a Jesucristo, volver a encontrarse con su Señor.
También nosotros, al celebrar esta fiesta, hemos de pedir la gracia de elevar el corazón al cielo y de desprender nuestros deseos de lo que pasa. Entonces podremos afrontar las pruebas y también las alegrías de esta vida con una esperanza nueva, porque sabemos que el Señor nos prepara un lugar y que nada de lo vivido por amor a Él se pierde.
Qué grande es ser cristiano. Qué inmensa esperanza nos ha sido dada. Pase lo que pase, en lo bueno y en lo malo, todo puede ser vivido con sentido, todo puede ser ofrecido, todo puede ser soportado, si al final de este camino es Jesús quien nos espera
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1. San León Magno, Sermón 73 (sobre la Ascensión del Señor), 4.
2. San Agustín, Sermón 263, 1.
3. Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, III, q. 57, a. 6, corpus.

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