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Es importante presentar al candidato todas las circunstancias con las que se enfrentará a lo largo de sus primeros años de noviciado. Cada alma es un mundo. Cada alma se encontrará en tales y tan diversas circunstancias.

Es importante presentar al candidato todas las circunstancias con las que se enfrentará a lo largo de sus primeros años de noviciado. «Cada alma es un mundo. Cada alma se encontrará en tales y tan diversas circunstancias que formará un nuevo problema y requerirá un trato del todo especial», señala el Padre Emvin.

1)  Mientras tanto, estudiemos bien al joven. Veamos cómo se vence, cómo se porta en casa, en el colegio, con sus compañeros, en la Asociación. Veamos si tiene aptitudes necesarias, celo, si es sincero, si sabe vencerse, si es mortificado.

2)  Hagámosle trabajar, especialmente en el campo de las vocaciones. Va bien, si es posible, confiarle algún muchacho más pequeño que él y que también tenga la intención de hacerse sacerdote; digámosle que le forme él mismo. Podemos servirnos de él para buscar otras vocaciones, para hacer nacer este deseo en los otros. Es increíble en esta materia cuánto mejor que nosotros lo hacen los jóvenes. Saben hablarles al corazón, saben “tocarlos” y todo eso es un servicio magnífico para él mismo, para afianzarle más y más en su vocación y para que se dé perfecta cuenta de lo que va a hacer.

Cuántas veces me ha pasado decirle a uno de éstos

— ¿No te parece que aquél también debe de tener vocación?—y responderme:

—¡Precisamente pensaba decírselo, Padre!. No puede figurarse cómo he rogado por él. Le hablaré.

A mí me parece imposible que Dios no le llame.

Y le habla, le pregunta le anima… y florece otra magnífica vocación.

3)  Puede suceder que en todo este trabajo hayamos ejercido alguna influencia sobre el muchacho aún sin pretenderlo. Por eso sería de desear dejarle solo por una temporada (bastarían unos tres meses). Que vaya a ver a otros Padres espirituales y que obre un poco por su cuenta. Lejos de nosotros, estará libre de toda influencia, y si sigue en su vocación quiere decir que es toda suya y no podrá pensar el día de mañana que nosotros hemos sido la causa de su elección.

También será bueno hacerle examinar por otros Padres aunque no sean religiosos, o también por religiosos de diversas Ordenes de la que quiera abrazar.

Y esto no sólo para asegurarnos nosotros si fuese necesario, sino para asegurar y afianzar al joven mismo, el cual oyendo decir a otros que tiene verdadera vocación, quedará más tranquilo y convencido.

Recuerdo un caso un poco humorístico que le sucedió a un joven. Era tímido en demasía, y cuando por primera vez habló a su madre de la vocación lo hizo durante media hora seguida, cosa que maravilló a todos los que le conocían. Con todo, su madre quiso que el muchacho fuese examinado por sacerdotes conocidos suyos y en lo que no había ningún peligro de interés ni proselitismo.

Así, pues, le examinó un franciscano, el cual vio en el joven una verdadera vocación, después un salesiano, el cual le aconsejó que no retrasase inútilmente el ingreso de su hijo; luego quiso ver el parecer de dos Padres Jesuitas que conocía y de toda su confianza, y los dos le aseguraron que su hijo era serio y reposado y que su vocación no era fruto de un entusiasmo momentáneo, sino que era un verdadero llamamiento de Dios.

Pero la buena señora no se paró allí, sino que puso a su hijo bajo el régimen y dirección de su confesor, el cual le dio libros para leer y le exigió que en días alternos tuviese con él largos coloquios. Y eso durante quince días. El sacerdote al final, le aconsejó que esperase (tenía terminado el Bachiller), pero el joven se opuso. Entonces le condujeron a otro Monseñor y éste de nuevo, vuelta con los exámenes, preguntas, interrogatorios… ¡El pobre muchacho ya no podía más!

Además quería hacerse jesuita y nosotros a nuestros candidatos los solemos hacer examinar por cuatro Padres experimentados. Y, claro está, cuatro nuevos examinadores. ¡Imaginémonos como estaría al final!.

«Nadie debe estar tan seguro de tu vocación como lo estás después de tantos exámenes»

 

Le dije riendo: «Nadie debe estar tan seguro de tu vocación como lo estás después de tantos exámenes». Aquella madre cumplió con su deber pero no era necesario tanto, con la mitad bastaba y sobraba.

4)  Y si el joven se retira y después de alguna tentación o sugestión o miedo u otras causas, decide no continuar su vocación, ¿qué hemos de hacer? ¡Entendámonos! Si solamente se trata de una tentación más fuerte de lo ordinario y el joven viene en busca de luz y ayuda porque de ninguna manera quiere desistir de su propósito de hacerse religioso, entonces es preciso ayudarle seriamente y descubrirle los engaños del demonio y darle a entender que lo que le pasa no es otra cosa que una simple tentación y no una señal de falta de vocación.

Si, por el contrario, el muchacho da a entender que cree de veras que el Padre espiritual le ha querido atraer por fuerza, se aleja de él, empieza a buscar las diversiones del mundo, a rehuir los coloquios sobre la vocación…, quiere decir que, o no tenía vocación, o que la ha perdido.

Dios no quiere gente a la fuerza

 

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Con estos sujetos es inútil insistir. Dios no quiere gente a la fuerza. Dejémoslos en paz y no perdamos el tiempo en querer atraerlos de nuevo hacia el camino de la vocación.

«Pero es que es un joven de grandes dotes; hasta hace poco tenía mucho entusiasmo; conseguiré convencerle de nuevo». ¡Déjalo estar! Si llegas a convencerle, después saldrá del Noviciado. No es cuestión de ofrecer a Dios corazones envejecidos que ya tienen la idea y el propósito de traicionar la vocación. Perderás el tiempo inútilmente. Busca otros corazones más generosos y voluntades más serias.

Un joven al cabo de seis meses de vocación me decía:

— He cambiado de parecer.

— ¿Por qué?

— Porque también puedo ser bueno en el mundo.

¡Jamás! No podía ser esa la verdadera razón de aquel cambio. Indagué y di con la causa. Había nacido una simpatía con una muchacha. Cosa natural; tentación contra la vocación. Le dije que estaba contento de que hubiese probado tal cosa, así comprendería mejor lo que dejaba.

Al día siguiente me dijo que volvía al primer propósito, o sea, el de continuar con la vocación y considerar el incidente como una simple tentación del demonio. «Demasiado aprisa cambias de idea», me dije para mis adentros. Y la cosa no duró. No se sentía con ánimos. ¡Basta! Siguió perteneciendo a mi Asociación; amigo como al principio, pero jamás ni una palabra de vocación.

Otro volvió de vacaciones. Comulgaba menos; poca oración; descuidado.

— ¿Y la vocación?—le pregunté.

No respondió, sino que arqueó las cejas como diciéndome:—«Cosa de otros tiempos».

— ¡Ya! y sin que me lo pidiese, ya no le hablé más de vocación ni le consideré como un futuro religioso.

Si en cambio se trata de alguna tentación, no ha de apagarse aquella vela indecisa, sino que hemos de sostenerla aunque todo parezca perdido.

— ¿No sabe, Padre? Me han dicho que N… ya no tiene vocación.

— ¿Cómo?—pregunté sorprendido.

—Sí: ha dicho en su casa que esperará todavía un año más. No quiere hablar con los que tenemos vocación; tiene miedo de sí mismo.

— ¡Imposible! ¡Eso es alguna tentación! Me lo has de traer aquí, sea como sea.

—Probaré. los pocos días vino. Parecía que le habían dado una paliza. Le di la mano.

—Levanta esos ojos. Los quiero ver.

Y cuando me miró, una sonrisa cordial disipó todas las nubes.

—Ya entiendo—empecé—, ha sido una tentación. Por una parte quizá has hecho bien.

Me miró sorprendido.

— ¡Claro! Tú ahora necesitas calma, para hacer bien los exámenes ya que con aquellas luchas diarias no podías seguir adelante.

—Precisamente fue por eso. Ya no podía más; no podía estudiar y estoy en peligro de que me suspendan. No me gustaría después de tanto estudiar.

Comenzaba a soltársele la lengua.

—Pero ¿por qué no venías a verme ni querías hablar con tus compañeros?

—Porque me daba vergüenza.

—Ahora dinos con toda sinceridad; no me ofenderé si me dices la verdad. ¿Has cambiado de idea?

¿Ya no quieres hacerte religioso? Porque si es así ya no insistiré más sobre ese punto y no vayas a creer que por eso ya no seremos amigos.

Se puso a llorar. Esperé; después insistí.

—No—me dijo entre lágrimas—, no he perdido la vocación; si supiese qué remordimientos sentía por haberle prometido a papá esperar un año más… ¡Pero yo quiero todavía ser religioso!

—Ciertamente que has hecho un… pastel. Pero todo se puede remediar.

— ¿Cómo?

—Tú dirás a papá que le prometiste aquello porque querías que te dejasen en paz y así poder dar los exámenes. Pero ahora que los has terminado, insiste de nuevo para marcharte este mismo año.

Respiró. Después sonrió. Le volvió todo el entusiasmo de antes. Más aún, apenas llegó a casa sintió la necesidad de escribirme una carta rebosante de alegría y gratitud.

Por si acaso (cosa que rarísima vez sucederá) uno de estos jóvenes ha perdido la vocación y al poco tiempo vuelve espontáneamente sobre sus pasos e insiste de nuevo en que quiere hacerse religioso, será prudente hacerle hacer de nuevo la elección como si no la hubiese hecho nunca y tratarle como cuando se habla a uno que tiene la vocación por primera vez. Estaría también bien tratarle como si no hubiese existido nunca la idea de vocación; no se trata de reparar sino de reconstruir, de empezar de nuevo.

5) La otra norma práctica que quisiera dar es de gran importancia.
Pocas semanas antes de que el joven entre en el Seminario o vaya al Noviciado es muy bueno darle una idea realista del ambiente en que se va a encontrar.

“Mira, tú crees que el Noviciado es un paraíso terrenal. Lo es, pero los novicios no todos son

ángeles. No has de creer que todos los que están allí tienen la formación que tú tienes. Algunos no saben ni siquiera si tienen vocación y van allí solamente para “probar”. Por eso no te vas a maravillar si ves a alguno que hace el tonto o que al poco tiempo vuelve a su casa. Más aún, si tienes un poco de “ojo clínico” en seguida te darás cuenta de quiénes son los que no tienen vocación.

“Además has de pensar que todos los jóvenes que hay allí se encuentran poco más o menos en las mismas condiciones que tú. No son aún verdaderos religiosos sino jóvenes que acaban de llegar del mundo y que quizá aún llevan alguna que otra herida espiritual. Son jóvenes que buscan su formación; por eso, aunque siempre pienses que todos son mejores que tú, con todo no te has de fiar del primero que te encuentres y no has de creer que todas sus maneras de obrar son cosas que se han de imitar, sino busca el formarte tú personalmente ayudado del Padre maestro.

“Piensa también que has de ayudar al Padre maestro en la educación de los otros novicios y tiende a ser un espejo con tu ejemplo: uno de los mejores y si te es posible el primero de todos.

“Por lo tanto, no te maravilles de cualquier defecto que veas; no tomes todo lo que veas como oro espiritual; procura dar buen ejemplo e influenciar tu ambiente con tu fervor.

“Pero también después del Noviciado, aunque te encuentres en un ambiente más escogido y formado, encontrarás alguno que será infiel al Señor y que poco a poco perderá su vocación. Dios soporta a estos tales para prueba y santificación de los buenos. Porque si todos fuesen santos, ¿quién nos haría sufrir? ¿Quién se opondría a nuestro apostolado? Es preciso que existan estos sufrimientos si queremos que nuestro trabajo sea fecundo. Y entonces verás cómo éstos se te opondrán por envidia de tu buen ejemplo, por incomprensión, por antipatía. Todo es posible. Sin embargo, estos sujetos acabarán por marcharse definitivamente de la Orden.

“Tal vez el Señor permitirá que el mismo Superior no te comprenda o te tenga entre cejas. Tú lo has de sufrir todo con paciencia.

“Sé siempre sincero; no sigas el ejemplo de los que no te parece que son buenos religiosos, especialmente de los que te hablan mal de los demás”.

Y se puede seguir así. Siempre les he hecho este coloquio a mis jóvenes, y una vez que han entrado en el Noviciado me recomendaban de modo especial: “Padre, no se olvide darles a los que quieran venir aquí el último coloquio, que es el más importante. A nosotros no nos extraña nada y nos sentimos preparados para todo”. Ven salir algunos novicios, ven hacer algunas tonterías y siempre siguen firmes y tranquilos.

Sin embargo, todo esto hay que hacerlo al final, cuando ya el joven tiene conciencia cierta de su vocación. Si se dice al principio de la vocación, puede estorbar el fervor y desilusionar un poco el ideal que habían concebido con los colores más paradisíacos. En cambio, hacia el fin, después de las pruebas y cuando la poesía ya se ha mezclado con tanta prosa y razonamientos, estas revelaciones se comprenden con toda su exactitud y le dan la importancia que tiene. De hecho ninguno de mis jóvenes se ha desanimado por esto, sino que después del primer momento de sorpresa han comprendido que todo era natural y que tenía que ser así.

De esta forma no se dejarán arrastrar en el Noviciado del primero que ven, sino que seguirán solamente al Padre maestro y sus enseñanzas y se esforzarán por superar a los otros convirtiéndose en ayudas magníficas de los superiores para la buena marcha de todo el ambiente.

6) Y cuando finalmente el joven entra en el Noviciado es de todo punto necesario que nosotros no nos entrometamos en su formación o en el juicio acerca de su vocación. Podemos escribirle de vez en cuando, pero sin pretender que sus superiores tengan ni sombra de sumisión a nuestro juicio o que se les concedan privilegios o una cuasi-paternidad espiritual sobre nuestro candidato. Mucho menos hemos de pretender que se nos concedan ciertos proteccionismos que perjudicarían a la formación integral del joven y pondrían de mal temple a sus compañeros, además de que con frecuencia acaban haciendo perder la vocación.

Nuestro trabajo llega hasta el umbral del Noviciado; pasado éste, hay otros superiores que han recibido de Dios la gracia de estado para formar religiosamente al candidato.

 

Y dejémoslos a ellos en completa libertad para juzgar sobre la genuinidad y veracidad de la vocación del joven. Ni nos desanimemos por nuestro trabajo si acaso algún joven de aquellos a quienes hemos ayudado acaba yéndose a su casa. Puede ocurrir que no haya tenido vocación y puede darse también que teniéndola no haya correspondido y por su culpa merezca ser descartado por el Señor. Muchos son los llamados pero pocos los escogidos.

Después de todo lo que hemos dicho y narrado, alguno podrá pensar que le van a pasar los mismos hechos y ejemplos. Que se desengañe pronto. Cada alma es un mundo. Cada alma se encontrará en tales y tan diversas circunstancias que formará un nuevo problema y requerirá un trato del todo especial. También es erróneo el pensar que se haya descrito aquí un cierto método o haya trazado las líneas de un código de normas seguras que hayan de seguirse so pena de fracaso en el trabajo de las vocaciones.

Aquí estamos ante el mundo de la gracia y del libre albedrío. El Espíritu Santo tiene mil maneras de obrar con sus almas y no podemos pretender que se restrinja a nuestros pobres métodos. La libertad humana es un misterio que confunde y muchas veces reacciona de las maneras más dispares e inesperadas.

Así pues, nada de métodos precisos. Nuestro intento era el de hacer simples consideraciones, aptas para introducirnos en el clima de las vocaciones y llenarnos de respeto por la acción de la gracia a la que nunca nos atreveremos a sustituirla con nuestras pequeñas miras.

Hemos puesto delante del lector, con sencillez y claridad, ideas, cosas y juicios sin pretensión alguna de hacer un texto, sino con el sincero deseo de que estos apuntes puedan ayudar al incremento de las vocaciones y hacer felices a tantos buenos jóvenes que son llamados por Dios a cosas más grandes y sublimes.

 

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Fuente: «LAS VOCACIONES. Encontrarlas, Examinarlas y Probarlas»
Del Padre Emvin Busuttil, S.I. Editado por Formación Católica.

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