Carta a los Amigos de la Cruz

El verdadero Amigo de la Cruz es un verdadero portacristo o mejor, un Cristo viviente, que puede decir con toda verdad: Ya no vivo yo: Cristo vive en mí (Gál 2,20).

Extracto de la primera parte de la
Carta a los Amigos de la Cruz 

En la literatura espiritual sobre la cruz de Cristo, que es muy abundante –ya desde San Pablo o San Juan, pasando por los Padres y los autores medievales y renacentistas–, no es fácil hallar una síntesis tan perfecta de la espiritualidad de la cruz, como lo es «Carta a los Amigos de la Cruz» de San Luis María Grignion de Montfort. Aquí les dejamos un extracto de esta brillante obra que transmite la verdadera esencia del cristiano, fundamentada en la Cruz de Cristo.

¡Queridos amigos de la Cruz! La Cruz del Señor me mantiene oculto y me prohíbe dirigirles la palabra. Por ello, no puedo ni quiero hablarles de viva voz para comunicarles los sentimientos de mi corazón acerca de la excelencia de la Cruz y de las prácticas maravillosas de su Asociación en la Cruz admirable de Jesucristo. Sin embargo, hoy, último día de mis ejercicios espirituales, salgo, por decirlo así, del delicioso retiro de mi alma, para trazar sobre el papel algunos dardos de la Cruz, que penetren hasta el fondo de sus almas. ¡Ojalá para afilarlos sólo hiciera falta la sangre de mis venas, en lugar de la tinta de mi pluma! Pero, ¡ay!, aunque mi sangre fuera necesaria, es demasiado criminal. ¡Que el Espíritu de Dios vivo sea, entonces, el aliento, la fuerza y el contenido de estas líneas! ¡Que la unción divina del Espíritu sea la tinta con que escribo; la Cruz adorable, mi pluma; sus corazones, el papel!

Excelencia de la Asociación de Amigos de la Cruz

Ustedes se hallan vigorosamente unidos como verdaderos cruzados, para combatir al pecado. No huyen cobardemente del mundo por temor a la derrota. Más bien, se comprometen como intrépidos y valerosos soldados en el campo de batalla, sin retroceder un solo paso ni huir cobardemente. ¡Ánimo! ¡Luchen con valor! Únanse fuertemente en espíritu y de corazón. Pues su Asociación es mil veces más sólida y terrible contra el pecado y contra el infierno de lo que serían los ejércitos de un reino fuertemente unido contra los enemigos del estado. Los demonios se conjuran para arrastrarlos a ustedes a la perdición: ¡únanse para derrotarlos! Los avaros se juntan para negociar y amontonar oro y plata: ¡unan ustedes sus esfuerzos para conquistar los tesoros de la eternidad, ocultos en la Cruz! Los libertinos se asocian para divertirse: ¡únanse ustedes para caminar en pos de Jesús crucificado!

Grandeza del nombre de Amigos de la Cruz

Su nombre es AMIGOS DE LA CRUZ. ¡Qué nombre tan glorioso! Les confieso que me encanta y me cautiva: es más brillante que el sol, más encumbrado que los mayores títulos de reyes y emperadores. Es el nombre excelso de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Es el verdadero nombre de un cristiano de verdad (Gál 6,14).

Pero, si su excelencia me cautiva, también su grandeza me anonada. ¡Qué compromiso tan serio y difícil conlleva este nombre! Bien lo expresa el Espíritu Santo, al decir: Ustedes son una raza elegida, un reino sacerdotal, una nación consagrada, un pueblo al que Dios eligió… (1Pe 2,9).

Un Amigo de la Cruz es alguien a quien Dios elige entre diez mil personas que viven conforme a sus sentidos y caprichos. Es alguien a quien Dios hace partícipe de su misma vida y que, superándose a sí mismo y luchando contra los intereses terrenos, vive su existencia a la luz de una fe viva y con amor ardiente a la Cruz. El Amigo de la Cruz es un rey poderoso, un héroe que triunfa sobre el demonio, el mundo y la carne en sus tres concupiscencias (1Jn 2,16). Efectivamente, al amar las humillaciones arrolla el orgullo de Satanás; al amar la pobreza, triunfa sobre la avaricia; al amar el sufrimiento, domina la sensualidad.

El Amigo de la Cruz es un ser humano santo que trasciende todo lo visible. Su corazón se eleva sobre lo caduco y perecedero. Su conversación está en los cielos (Flp 3,20). Vive en esta tierra como extranjero y peregrino (1Pe 2,11), y, sin apegarse a ella, la mira con indiferencia y la pisotea con desdén.

El Amigo de la Cruz es una conquista excepcional de Jesús crucificado y de su Madre santísima. Es un Benjamín hijo del dolor y de la diestra (Gén 35,18), concebido en el corazón doliente de Jesús, nacido de su costado lacerado y empapado en la púrpura de su sangre (Jn 19,34). Hace honor a su origen sangriento y por ello sólo respira cruz, sangre y muerte a lo mundano, a lo carnal y pecaminoso (Rom 6,2.20; 1Pe 2,24…), a fin de vivir en la tierra oculto en Dios con Jesucristo (Ver Col 3,3).

Finalmente, el verdadero Amigo de la Cruz es un verdadero portacristo o mejor, un Cristo viviente, que puede decir con toda verdad: Ya no vivo yo: Cristo vive en mí (Gál 2,20).

¿Corresponden sus obras, queridos Amigos de la Cruz, a lo que significa su grandioso nombre? ¿Tienen, al menos, deseo sincero y voluntad resuelta de lograr ese ideal con la gracia de Dios a la sombra de la Cruz del Calvario y de la Virgen Dolorosa? ¿Utilizan los medios para lograrlo? ¿Avanzan por la verdadera senda de la vida (Prov 6,23; 10,17; Jer 21,8), que es la estrecha y espinosa senda del Calvario? ¿No estarán caminando sin darse cuenta por el sendero ancho del mundo, que conduce a la perdición? (Mt 7,13-14). ¿Se acuerdan que hay un camino que le parece recto a uno, pero en fin de cuentas conduce a la muerte? (Prov 14,12).

¿Saben discernir con claridad entre la voz de Dios y de su gracia y la voz del mundo y de la naturaleza? ¿Perciben con nitidez la voz de Dios, Padre cariñoso, que luego de lanzar una triple maldición contra quienes siguen las concupiscencias pecaminosas: ¡Ay, ay, ay! ¡Pobres los habitantes de la tierra! (Apoc 8,13), les dice a ustedes mientras les tiende los brazos con amor: “¡Pueblo mío… Aléjese, apártense, escogidos míos, Amigos de la Cruz de mi Hijo. Apártense de los mundanos a quienes mi Majestad detesta, a quienes mi Hijo rechaza (Jn 16,8-11) y mi Espíritu Santo condena!?” (Ver Jn 16,8-11).

¡Cuidado con sentarse en su trono de perdición, con participar en sus asambleas y hasta con detenerse en sus caminos! (Sal 1,1). ¡Huyan de la populosa e infame Babilonia! (Is 48,20; Jr 50,18; 51,6.9.45….) ¡Escuchen solamente la voz de mi querido Hijo y sigan sus huellas! Se lo he dado a ustedes para que sea su Camino, Verdad, Vida (Ver Jn 14,6) y Modelo: ¡Escúchenlo! (Mc 9,7; ver Mt 17,5; Lc 9,35; 1 Pe 1,17). Oigan la voz del amable Jesús que cargado con su cruz, les dice: ¡Síganme! (Mt 4,19; Mc 1,17). El que me sigue no camina en tinieblas (Jn 8,12). ¡Ánimo, yo he vencido al mundo! (Jn 16,33).

Nada tan útil ni tan dulce como padecer por Jesucristo…

Por el contrario, si sufren como conviene, la cruz se convertirá para ustedes en un yugo suave (Mt 11,30), porque Jesucristo la llevará con ustedes. Y la cruz vendrá a ser como las dos alas del alma que se eleva al cielo o como el mástil de la nave que les conducirá alegre y fácilmente al puerto de salvación.

Lleven la cruz con paciencia. Que esta cruz, bien llevada, les iluminará en las tinieblas espirituales, pues, quien no ha sido probado por la tentación sabe muy poco (BenS 34,10).

Lleven su cruz con alegría y se sentirán inflamados de amor divino, porque “sin cruz y sin dolor, no se vive en el amor”. No hay rosas sin espinas.

La cruz alimenta el amor de Dios, como la leña el fuego. Recuerden la preciosa sentencia de la Imitación de Cristo: “Cuanto más violencia te hagas, sufriendo pacientemente, tanto más progresarás en el amor divino”. Nada importante puede esperarse de esos cristianos delicados y perezosos que huyen de la cruz cuando la ven cerca y no buscan discretamente ninguna. Son tierra inculta, que sólo producirá espinas pues no ha sido arada, desmenuzada ni removida por un labrador experto. Son como el agua estancada que no sirve ni para lavar ni para beber.

Lleven su cruz con alegría. Hallarán en ella una fuerza a la cual no podrá resistir ninguno de sus adversarios (Lc 21,15) y saborearán una dulzura tan encantadora que no hay nada semejante a ella. Sí, hermanos carísimos, convénzanse de que el verdadero paraíso terrestre consiste en padecer por Jesucristo.

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