I. ¿Tiene todavía el decálogo actualidad?

Presentación del libro «Los mandamientos», de Tihamer Toth.

 

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

Hace veinte años estudiaba yo en la Universidad de Viena. Cierto día en una esquina, una viejecita pordiosera, de cara arrugada, me tendió la mano. Caso frecuentísimo en las grandes ciudades… Pero la vieja mendiga se dirigió a mí en francés: «Avez pitié de moi…» «Tenga lástima de mí…» ¡Vaya!, pensé: no es normal que en Viena te pidan limosnas en francés. Me volví a ella. «Parlez-vous français?» «¿Habla usted francés?» Me contestó con buen acento: «Sí, lo hablo, y también el inglés.»

—Do you speak english? —le pregunto con curiosidad creciente. «¿Habla usted inglés?»
—Yes, I do —es su respuesta. «Sí, lo hablo.»

No pude quedarme callado. Me puse a conversar con ella, y me contó recuerdos de su juventud…, del bienestar de que disfrutaba…, que estudio idiomas extranjeros… «Yo entonces era joven, guapa y tenía mucho dinero…, y ya ve hasta donde he venido a parar…».

Hasta aquí la pequeña historia…

Y ahora veo ante mí a otra mendiga vieja, muy gastada: la sociedad moderna, que también tiende la mano pidiendo limosna. Después de increíbles revoluciones ideológicas, del avance de la ciencia, de la democratización de la educación, y de disfrutar de un gran bienestar, hemos llegado, parece, a nuestro ideal. Vamos a la universidad, sabemos ingles…; tenemos muchos adelantos técnicos, aviones, toda clase de diversiones y fiestas; música de todos los tipos, supermercados… ¿Qué más necesitamos? ¿Qué más? ¿No basta todo esto para la felicidad?

En realidad…, no basta. Porque este hombre moderno, embriagado con la cultura técnica, conquistador del universo, se agita de continuo en su lecho del dolor. Sentimos todos que nuestro mundo está desquiciado: «Fuimos jóvenes y ricos», decimos, como aquella pordiosera al hablar de su juventud; y alucinados por nuestra propia ciencia, por nuestra técnica, hemos creído que la técnica y la ciencia lo es todo, que podíamos fundamentar exclusivamente sobre ellas la vida del hombre, el bienestar de la sociedad. Pero nos hemos llevado una gran decepción

Antiguamente no estábamos tan engreídos. Las cosas de este mundo eran importantes, el trabajo, el bienestar , pero sólo si se cimentaban en Dios, en el respeto de sus leyes, en hacer lo que a El le agrada Hoy notamos con espanto la grave amenaza que se cierne sobre una humanidad a la deriva y descubrimos de nuevo que el fundamento, la piedra angular de la sociedad, no es la máquina, ni la ciencia, ni el dinero, sino la recta conciencia, el hacer el bien y no el mal. Y hemos de reconocer que no nos queda otro remedio que volver a fundamentar la sociedad sobre los cimientos que fueron tildados de superfluos y, con insensatez, abandonados: los diez Mandamientos de la ley de Dios.

 

***

Antes de comenzar el estudio de cada Mandamiento quiero contestar a una pregunta, que tal vez se habrán hecho muchos lectores: El Decálogo, ¿puede ser todavía un tema importante, vital, para la Humanidad? Hace ya tres mil quinientos años que la divina voluntad dio fuerza de ley a estos Mandamientos, ¿es posible ordenar con viejas leyes milenarias la vida moderna, radicalmente cambiada, y que se desarrolla en circunstancias completamente distintas?

O hablando con mayor claridad: El Decálogo, ¿tiene aún actualidad? ¿No es una cosa del todo anticuada? No son pocos los que suelen expresar a cada paso este pensamiento; o si no lo pregonan abiertamente con sus labios, lo afirman implícitamente con su forma de vivir y de comportarse.
«No mentir», manda el Decálogo, y muchos preguntan: ¿Es posible hoy vivir sin mentir? ¿Se puede abrir uno camino en la vida sin recurrir a estratagemas? ¿Puede uno avanzar en ella sin echar mano de la astucia? ¿Cómo gobernar un país sin cierta hipocresía?

«No hurtar», grita el Decálogo. Pero… ¿es dado vivir hoy sin sobornos? ¿Llevar una vida de lujo, conservando las manos limpias? ¿Hacer negocios sin engañar?

«No fornicar», manda el Decálogo. Pero ¿quién puede hoy pasar castamente su juventud? ¿Se puede vivir puro hasta el matrimonio y ser guardar fidelidad hasta la muerte después? ¡No, no!, exclaman muchos; éstas no dejan de ser leyes de hace siglos, anticuadas, inservibles. No pueden obligar al hombre moderno.

Justamente por todo esto que se piensa y se dice y, por desgracia, se practica, me parece que antes de entrar en la explicación del Decálogo es mi deber aclarar este problema. Más aún: no pienso encerrar este pensamiento en un solo capítulo. Lo juzgo tan fundamental e importante, que volveré a él una y otra vez en el estudio detallado de cada Mandamiento.

En cada uno de ellos quisiera subrayar que debemos cumplir el Decálogo, no solamente porque su infracción es un pecado contra Dios, sino también porque su infracción es, además, un pecado contra la naturaleza humana, contra una vida terrena feliz, contra la sociedad. Quiero destacar el importante pensamiento de que si bien estas leyes son antiguas, no por ello resultan anticuadas; que estas leyes no tienen solamente tres mil años, sino seis…, ¿qué sé yo cuántos miles? Porque son tan antiguas como la misma humanidad. Cierto que las codificó el Señor hace todo ese tiempo que sabemos, dándolas escritas en las tablas de piedra del Sinaí; pero miles de años antes, cuando creó al hombre, las grabó en lo íntimo del corazón humano, en lo más hondo de su naturaleza, y por ello, aunque pasen miles y decenas de miles de años sobre la humanidad, y por mucho que progrese con prodigiosos inventos de la técnica, estas leyes, las palabras majestuosas y al mismo tiempo sencillas del Decálogo, desafiaran inconmovibles, todos los tiempos.

El Decálogo no fue impuesto tan sólo a los judíos o al hombre antiguo. Porque la prohibición de jurar falsamente, robar, engañar, matar, llevar una vida licenciosa , es piedra fundamental inamovible de todas las sociedades y de todas las épocas.

Si en el firmamento las estrellas de vertiginoso curso se desviaran de la órbita que les trazó la sabia voluntad del Creador, ¿sabéis cuál seria la consecuencia? Sería la catástrofe, de un choque que aniquilaría el mundo.

No tememos tal contingencia, porque los cuerpos siderales, inanimados, faltos de voluntad, no pueden salirse de las leyes por las que se rigen.

Pero el hombre, que obra con libre voluntad, sí que tiene la triste prerrogativa de poderse desviar de la órbita que le trazó Dios, del camino del bien. Puede desviarse, cierto; pero no sin promover una terrible catástrofe. Del cumplimiento del Decálogo depende, no solamente nuestra vida eterna, sino también nuestra felicidad temporal. O la humanidad permanece fiel a los Mandamientos de Dios, o tendrá que resignarse a no gozar nunca una vida humana tranquila y feliz. Porque aquellas diez frases breve, inscritas en antiguas tablas de piedra, se dirigen a todos los hombres.

En el curso de la presente obra demostraré una y otra vez la verdad de mi afirmación: el cumplimiento del Decálogo o su infracción es de capital interés para nosotros, para nuestra felicidad y no tanto para Dios.

Y ya desde ahora quisiera —¿cómo decirlo?— persuadir a todos para que los preceptos del Decálogo penetren toda nuestra vida cotidiana. Me imagino qué tal sería, cómo cambiaría esta vida terrena, tan triste y tan llena de luchas, si todos los hombres se decidiesen tomarlos en serio. Imagínense como sería un día si todos se decidiesen a vivirlos y cumplirlos; que todos de común acuerdo se hiciesen el mismo propósito: Desde hoy en adelante tomaremos en serio el Decálogo.

Soltemos las riendas de nuestra fantasía: esta noche los hombres deciden cumplir, en adelante, los Mandamientos con toda puntualidad. ¿Qué sucedería?

Viene la aurora…, los hombres se levantan aquí, allá…, después de un tranquilo reposo; y, ¡qué sorpresa!, no piden lo primerito el café de la mañana, sino que todos hincan sus rodillas delante de su cama, y con una breve y ferviente oración saludan al Señor. Todos oran…; hoy está en vigor el Decálogo.
Llega el desayuno y aprovechan para ojear el diario matutino. Pero ¡qué raro! El café con leche no ha sido nunca tan sabroso; en las páginas del diario hay grandes espacios en blanco, principalmente allí donde antes tenían su puesto las murmuraciones y los escándalos. ¡Ah, sí!, está en vigor el Decálogo. Está prohibido engañar, y por esto es tan buena y pura la leche; y está prohibido mentir, y por esto vienen tan vacías las páginas del periódico…

Termina el desayuno. Cada cual se apresura para ir a su trabajo. Los estudiantes van a clase, y todos están de buen humor, porque no van cavilando las mentiras que piensan decir a sus profesores como excusa por no saber la lección —¡hoy no está permitido mentir!—, sino que repasan para sus adentros lo que ya llevan bien aprendido, ya que hoy todo el mundo cumple con su deber.

Los padres de familia se dirigen a la oficina. ¡Qué interesante! Hoy, a las ocho, todo el mundo está en su puesto; y los asuntos de los clientes son despachados con presteza e interés… Pero… ¿qué les pasa hoy a todos?

Los obreros se encaminan hacia las fábricas; todos empuñan con vigor y satisfacción sus herramientas y máquinas. No hay uno que se atreva hoy a indignarse. No maldicen del empresario, del rico, del patrono. ¡Ah, sí!, está en vigor el Decálogo.

Y el ama de casa se dirige al mercado… ¡Qué contento, qué seguridad! Compra un litro de nata y ni siquiera la prueba de antemano; es bien seguro que no habrá yeso en ella. Compra pimentón, y éste no está mezclado con ladrillo molido. Compra miel, y no hay en ella jarabe de sabe Dios qué composición. Compra embutido y no está falsificado con harina de patata. Compra mantequilla y no hay margarina en ella. Y al cambiar un billete de Banco ni siquiera cuenta la vuelta. Y nadie regatea porque hoy está prohibido engañar. El carnicero compra un buey, y tiene la seguridad de que no le dieron antes de beber para que pese más atiborrado de agua. Y, lo que vale más todavía, cuando se va con su compra, el vendedor corre tras él, diciendo: «Perdone usted, me he equivocado y le he devuelto una moneda menos.» ¿Tendré que continuar todavía contando lo que sería el mundo si tomásemos en serio el Decálogo?

Regresa el marido de un largo viaje, y su esposa le recibe con aquella alegría verdadera que sólo es capaz de comunicar una conciencia completamente tranquila y una felicidad conyugal guardada con fidelidad. Llega el niño de la escuela, y ¡qué felicidad para los padres saber que su hijo no les miente!

Por la tarde hay un mitin; pero los oradores, que antes hablaban durante horas con la cara contorsionada, con espumarajos de ira, no pueden hablar ni dos minutos, porque hoy sólo les está permitido decir la verdad.

¿He de seguir aún? Por la tarde, un grupo de amigas se reúne para el té de las cinco. Hace años que tienen esa costumbre; mas ¡hoy la conversación tarda tanto en animarse! Y, sin embargo, faltan todavía algunas por llegar, de quien es se podría tranquilamente murmurar durante su ausencia; pero es verdad, hoy no está permitido murmurar de nadie.

De las calles desaparecen los guardias; nada tienen que hacer; hoy no hay criminales. De los paneles publicitarios se quitan los grabados y carteles licenciosos; y los jóvenes pueden pasear tranquilos esta noche por las calles de las grandes ciudades: hoy está prohibido seducir a nadie y empujarle al pecado. Abren las prisiones: ¡no hay criminales! En la oficina de Contribuciones…, ¡Oh!, ¡cuántos hombres se apiñan allí!: «Le ruego que corrija mi hoja; mis ingresos son justamente diez veces mayores de lo que había manifestado…»

Así sería si cumpliésemos seriamente los diez Mandamientos. ¿Y si en vez de un día fuese toda una semana? ¿Y si, en vez de semanas, una vida entera? ¡Qué paraíso terrenal florecería en este valle de lágrimas!

¡Ilusiones! Fantasías de un idealista —se me dice—. No, no. No es fantasía, sino la voluntad de Dios. Es voluntad de Dios que cumplamos el Decálogo, para que así aseguremos nuestra felicidad en esta vida terrena. Ya lo creo; la vida temporal así sería un cielo anticipado. Quedarían todavía el sufrimiento, la enfermedad, la muerte. Pero desaparecerían de nuestra existencia aquella infinidad de tormentos cuya causa somos únicamente nosotros. Desaparecerían, y entonces la vida humana sería mucho más soportable y tranquila —¿qué más voy a decir?—, sería todo lo feliz que se puede ser en este mundo.

Porque no hemos de olvidar que nuestro Señor Jesucristo no es nuestro Redentor solamente por haber librado nuestras almas del pecado, sino también por haber señalado al hombre las leyes más a propósito para dignificar su vida terrena y ennoblecerla.

***

El hombre moderno, ciego de orgullo, intentó romper en pedazos aquellas tablas de piedra en que está inscrita la Ley de Dios. «¡Ah, no necesito yo una ley tan trasnochada!…» Pero hoy vamos dándonos cuenta, cada vez con mayor claridad, de que aquellos trozos de piedra tiraron por tierra los fundamentos de dignidad y felicidad del hombre. Cuanto menos influye el Decálogo en la vida, tanto más necesitamos de leyes y policías; pero estas medidas serán infructuosas; y se hará patente la verdad de que, para la seguridad de la vida terrena, vale más un pequeño Catecismo que un destacamento de guardias.

No hace mucho, alguien sacó la cuenta de las leyes que hay en los Estados Unidos. ¿Sabéis cuántas? ¡Diez millones! ¡Diez millones de leyes! No hay en el mundo quien haya podido leerlas una vez siquiera en su vida; quizá, ni sus títulos; pero tampoco hay país en el mundo en que se cometan diariamente tantos crímenes, tantos asesinatos, robos tan espantosos como en los Estados Unidos, donde hay decenas de miles de asesinatos y robos al año.

Ahí tenéis el gran contraste: diez millones de leyes, diez millones de mandatos humanos, y crímenes horrorosos; diez frases breves, los diez Mandamientos de la Ley de Dios, y una vida feliz, digna del hombre.

De esto tratará el presente libro.

¡Señor! Ayúdanos, te rogamos, para que, por el cumplimiento de tus mandatos, podamos participar, no sólo de una dichosa vida eterna, sino también de una vida terrena mucho más digna del hombre.


 

 

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