La familia en llamas

«Nuestra casa está en llamas y nosotros miramos para otro lado». Esta famosa frase pronunciada por el Presidente Chirac  al inicio de un discurso en Johannesburgo en 2002 revino a mi mente en estos días, pues ella reflexiona bien, según mi parecer, sobre la situación a la cual estamos confrontados hoy en la Iglesia al respecto de la familia.

 

Carta abierta de un ex-rabino converso al catolicismo.

Por Jean-Marie Élie Setbon

Sí, querido Papa Francisco, queridos cardenales, queridos obispos, queridos sacerdotes y todos nosotros, queridos laicos; dejemos de mirar para otro lado, abramos los ojos a la realidad: ¡La familia está por arder! Y nosotros, ¿Qué hacemos? Nosotros nos ocupamos de otras cosas. Nosotros nos ocupamos de lo que preocupa al mundo, de lo que el espíritu del mundo desea saber: ¿La Iglesia, reconocerá o no la legitimidad del matrimonio homosexual? Ciertamente, la cuestión de la homosexualidad  es importante, pero ¿La Iglesia debe dar la impresión de que ella podría modificar su doctrina y poner en contradicción la Palabra de Dios, a fin de responder a las expectativas del mundo? Nosotros no tenemos porqué padecer en la sociedad ni  estar influenciados por ella. San Juan escribe, en su primera carta : «Ellos, son del mundo, por eso hablan el lenguaje del mundo; y el mundo los escucha. Pero nosotros, nosotros somos de Dios.» (1Jn 4,5). La Iglesia está fundada sobre Cristo, sobre Jesús, y si nosotros leemos los Evangelios con atención, nos daremos cuenta de que el discurso de Jesús, su comportamiento, cada uno de sus actos, van más allá de la razón humana y son inaceptables para la sociedad de la época. ¡Él no busca agradar al mundo!  Cuando Él anuncia el Pan de Vida y cuando declara: «El que coma mi carne y beba mi sangre tendrá vida eterna (…) Pues mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (Jn 6, 54-56), no adapta su discurso en función de lo que dicen o piensan los que lo escuchan; estos judíos que murmuran respecto de Él y se exclaman : «¿Cómo puede éste darnos de comer su carne?» (Jn 6, 52). ¿Acaso Él intenta recuperar a sus discípulos que lo abandonan, luego de haber escuchado estas palabras?

“No es el momento de discusiones; hay que encontrar soluciones”

La vocación de la Iglesia es la de llevar la Luz al mundo, ser una madre, una educadora para todos los pueblos. Esa es su misión hoy día, y esa será su misión mañana. También, la pregunta que yo le hago, Santo Padre, y a todos ustedes, queridos obispos, que participan del Sínodo sobre la familia es la siguiente: ¿Cómo creen que podrán salvar a nuestros niños de la teoría de género que va a impregnar cada vez más en nuestra sociedad, así como las enseñanzas dadas en las escuelas, comprendidas las maternales y elementales, a la edad en la que, tales como esponjas, ellos lo absorben todo?

¿Dónde, en qué escuelas, vamos nosotros inscribir a nuestros hijos en los siguientes años? Yo pienso notablemente en las familias de las periferias parisinas, del 93, del 94, o del 95, en las familias obreras, y en todas aquellas, del resto de Francia, que no poseen los medios para enviar a sus hijos a escuelas en donde estos puedan encontrar refugio ante esta ideología. ¿Cómo la inteligencia de un niño que escucha un discurso en la escuela  puede estructurarse? ¿Cómo puede el niño crecer con este total disfuncionamiento? No es el momento de discusiones, ni de experimentos; hay que encontrar soluciones concretas.

“El ghetto ya existe, ¡Pues la teoría de género es una ideología que nos es impuesta en todas partes!”

Yo pienso, desde mi perspectiva de judío converso, que se vuelve necesario construir  escuelas, maternales y elementales, accesibles a todos, tanto geográfica como económicamente. Constantemente se escucha que favorecer el desarrollo de escuelas católicas sin contrato se convertiría en un ghetto. Pero el ghetto ya existe, ¡Pues la teoría de género es una ideología que nos es impuesta en todas partes! ¿Cómo encontrar dinero?, me dirán ustedes. Vayan y vean qué hacen los judíos para construir sus escuelas. ¡Encontrar dinero nunca fue un problema para ellos cuando se trata de salvar a sus niños! ¿Por qué lo sería para nosotros, católicos? Discutamos, reflexionemos, hagamos funcionar nuestras redes, nuestras influencias… Confiémonos también a San José y a Dios nuestro Padre que nunca abandonará a sus hijos.

La familia cristiana, en su primer rol, es el lugar en donde Cristo se da y en donde se efectúa la transmisión de la Palabra por la Iglesia y por el mundo. ¿Qué ayudas concretas nos proponen ustedes a nosotros, padres, que vamos a educar a nuestros hijos en el contexto actual? ¿Cómo proponen ayudar a los laicos a transmitir de manera inteligente lo que ellos creen a sus hijos? Formar a los padres y madres a transmitir la Palabra de Dios, las enseñanzas de la Iglesia así como los elementos de la filosofía y la teología a sus hijos me parece esencial en el combate que tenemos que librar. Hoy en día, a menudo escuchamos que los católicos deben volver a encontrar sus raíces judías. Y bien, justamente, observamos a las familias judías: ellas no ocupan solamente a las escuelas, a la sinagoga y al rabino para educar a sus hijos. La transmisión primera es obrada por el padre de familia. ¿Los obispos de Francia, volverán del Sínodo con proyectos concretos que podamos todos juntos, sacerdotes y laicos, poner en su lugar con el objeto de salvar a nuestras familias? No podemos contentarnos, para formar laicos, con el hecho de proponerles a participar de retiros organizados por tal o cual comunidad. Estos son muy enriquecedores, pero ya no constituyen armas suficientes. Habría que, según mi parecer, organizar seminarios para laicos, compatibles con su empleo del tiempo, que les permitiría no solamente recibir un saber, sino también poder transmitir lo aprendido en la casa.

“La transmisión primera es obrada por el padre de familia”

Me gustaría, para terminar, llamar su atención sobre la cuestión de los catequistas y de los responsables de la Pastoral. Me parece igualmente primordial que estos últimos puedan beneficiarse de una verdadera formación y que los programas a abordar sean redefinidos en el objeto de asegurar a nuestros niños un bagaje sólido y no solamente una simple «cultura religiosa» como lo escuchamos hoy en día. Además de que la tendencia en la Iglesia sea la de privilegiar el voluntariado por falta de medios, permítanme lamentar el hecho de que los catequistas no sean remunerados por su tan precioso trabajo. En efecto, «todo obrero merece su salario» nos lo dice Jesús (Lc 10, 7) y una medida tal permitiría valorizar aún más la labor que cumplen para con nuestros niños. Una vez más, si nosotros invocamos a San José para estas necesidades, no nos dejará faltos de ayuda para encontrar los fondos necesarios.

“No podemos contentarnos, para formar laicos, con proponerles participar de retiros”

Mis proposiciones les parecerán probablemente radicales, pero estoy convencido de que, en el contexto actual, no tomar medidas fuertes sería como construir nuestra casa sobre la arena. Yo le he escuchado decir, querido Papa Francisco, que cada uno podría dar su palabra sobre el tema de la familia. También, tengo la esperanza de que me perdonará por haber expuesto mi parecer; que eso no se vuelva contra mí. Espero que mi carta sea leída y comprendida por la mayor cantidad posible de fieles de la Iglesia Católica. Agradezco por ello a cada persona que la difundirá en su alrededor.

 

El autor

jean marie elie setbonEl autor de esta carta tiene una historia conmovedora contenida en su libro «De la kipá a la cruz» (Rialp), que cuenta la historia de un judío (él mismo) que se convierte al catolicismo después de un proceso largo, complicado, casi agotador, sin duda, un camino de pura coherencia. Desde los 8 años, Jean Marc –que cambiaría después su nombre al bautizarse- es atraído ardientemente por el crucificado. Era un niño judío francés, rodeado de amigos cristianos y de iglesias, y con una familia judía que apenas practicaba. Pero él es un hombre muy religioso y, a pesar de sus inclinaciones cristianas, decide seguir una de las sociedades judías más radicales, actuando como rabino muy convencido.

El año 2004, su esposa fallece de cáncer y Setbon se queda de «padre en el hogar» con siete hijos. Fueron años de auténtica precariedad material: el rabino y sus hijos tuvieron que esperar tres años para disfrutar de su primer día, solo uno, de vacaciones. Fue el 6 de agosto de 2007 en una playa normanda.

La visión del mar le produjo extrañas sensaciones. Se atreve a relacionarlo con la muerte, ese mismo día, del cardenal Jean-Marie Lustiger, que también emprendió el camino del judaísmo al catolicismo. De vuelta a París, las sensaciones se intensifican. Setbon no para de hacerse la señal de la Cruz. Esta vez sí, su conversión va a ser definitiva.

Inicia una preparación al catecumenado en las Hermanitas de Belén en París. No fue fácil. Según declaró a la revista Famille Chrétienne, él quería conocer a Cristo pero le contestaban: «Sí, pero la Iglesia piensa esto, esto y esto…». Elaboró entonces una lista de objeciones que presentó a Cristo: «Señor, el rabino está harto: o me ayudas o lo dejo todo». La respuesta vino poco después, cuando se topó con una imagen de la Sábana Santa. Le dijo al Señor: «Deja de jugar al escondite o estallo. No me muevo de aquí hasta que no me hagas una señal». En ese mismo instante, el rostro de Cristo le volvió a mirar y… «Llegó la Luz: creí todo, acepté todo, incluida la Iglesia: el Señor me abrió a la inteligencia de las Escrituras». El 14 de septiembre de 2008, Setbon fue admitido en la Iglesia mediante el sacramento del bautismo.

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