Los santos inocentes del siglo XXI

Cada 28 de diciembre la Iglesia celebra la fiesta de los Santos Inocentes para recordar la matanza de niños indefensos. 

El grito de «quiero vivir» alguna vez sonó en Belén, donde Herodes ordenó acabar con la vida de niños menores de 2 años para que, entre ellos, pudiera también asesinar al Salvador, de modo que nada, ni nadie pudiera interponerse ante su sed de poder. La crueldad que movió a Herodes al ordenar aquel infanticidio, es la misma crueldad que hoy mueve al egoísta corazón humano que sólo piensa en sus propios intereses y prefiere manchar sus manos de sangre antes que renunciar a su vida de confort y a los placeres de este mundo.  

Por Raquel Almada

En el Nuevo Testamento, San Mateo relata cómo, cuando nació Jesús, el rey  Herodes ordenó una matanza en Belén para acabar con todos los niños menores de dos años y asegurarse así de que el anunciado Mesías, futuro Rey de Israel, fuera asesinado.

Desde entonces, la Iglesia Católica conmemora cada 28 de diciembre la fiesta de los Santos Inocentes, para recordar ese cruel suceso.

El evangelista menciona que unos Magos llegaron a Jerusalén preguntando dónde había nacido el futuro rey de Israel, pues habían visto aparecer su estrella en el oriente. Tal noticia asustó a Herodes y la ciudad de Jerusalén se conmovió ante el anuncio.

Herodes era terriblemente celoso contra cualquiera que quisiera reemplazarlo en el puesto de gobernante del país, por lo que había asesinado a dos de sus esposas y asesinó también a varios de sus hijos, porque tenía temor de que pudieran tratar de reemplazarlo por otro. Llevaba muchos años gobernando de la manera más cruel y feroz, y estaba dispuesto a matar a todo el que pretendiera ser rey de Israel. Por eso, la noticia sobre el nacimiento de un niñito que iba a ser rey poderosísimo, lo llenó de temor y dispuso tomar medidas para precaverse.

«Un griterío se oye en Ramá (cerca de Belén), es Raquel (la esposa de Israel) que llora a sus hijos, y no se quiere consolar, porque ya no existen» (Jer. 31, 15) aquel fatídico día se cumplió la profecía de Jeremías y se oyeron lamentos por una ciudad bañada en sangre, 2000 años después, la sangre ya no está visible en aquella pequeña ciudad, sino que se encuentra vertida en las entrañas de mujeres que convierten sus vientres en tumbas y sus cuerpos en organismos tóxicos que destilan muerte y destrucción.

Niños inocentes derramaron su sangre debido a la soberbia y la injuria de un hombre que sólo pensaba en sí mismo, con afán de riquezas y poder.

Los santos inocentes del presente tienen acalladas sus voces por hombres y mujeres como Herodes, egoístas y soberbios, prepotentes y lujuriosos, que solo piensan en sus deleites personales y que, dejándose embaucar por las políticas de estado, controlan la natalidad con métodos antinaturales para traer pocos hijos al mundo y aí tener una vida relativamente menos estresante y alcanzar ciertas metas personales como comprar la casa y el auto tan soñado. Son aquellos indefensos niños que por embarazos no deseados son asesinados en el vientre materno.

Los santos inocentes murieron debido a que un hombre tenía sed poder y no quería que nadie se atraviese a ocupar su lugar; niños inocentes hoy mueren a causa de la vida desordenada de hombres y mujeres que pretenden vivir en este mundo como si Dios no existiera, dando rienda suelta a sus placeres desordenados, anteponiendo sus propios gustos antes que traer hijos al mundo y formar familias estables.

Estos son los mártires del Siglo XXI, pequeños e indefensos seres que son asesinados en el vientre materno, una realidad cruda y dura que se vive a diario en muchos países, como España, donde cada 4,8 minutos se produce un aborto y ya se han practicado en torno a 1,7 millones de «interrupciones voluntarias de embarazo» al amparo de la ley desde la despenalización del aborto de 1985, esto frente a EE.UU donde 56 millones de abortos ya se realizaron desde que en el citado país el aborto fue sentenciado sin restricciones en 1973. Entre el 2010– 2014, se estima que ocurrieron 6.5 millones de abortos inducidos por año en América Latina y el Caribe.

«La vida humana es sagrada e inviolable. Todo derecho civil se asienta en el reconocimiento del primero y fundamental de los derechos, el derecho a la vida, que no está subordinado a condición alguna, ni cualitativa, ni económica, ni tanto menos ideológica», manifestó enérgicamente el Papa Francisco en su discurso a los miembros del Movimiento por la Vida en el Vaticano.

Natalia Sanmartín nos dirá: «Nosotros, los hombres modernos (…)  no somos ya como los hombres y las mujeres de antaño. No tenemos sus cuerpos, domados y endurecidos por la enfermedad, la vida austera, el dolor, y el trabajo físico; no tenemos su capacidad de resignación ante los reveses y las desgracias, tampoco tenemos su resistencia. No tenemos siquiera sus corazones, su disposición, hecha de perseverancia y esfuerzo, para sufrir, para padecer y compadecer, para amar, para doblegar los sentimientos, para curar las heridas propias y ajenas, para caer y levantarse», es necesario una reingeniería social, con el espíritu de nuestros antepasados, abuelos y tatarabuelos, que valoraban la vida y la familia y no se desvelaban en la búsqueda incansable de la felicidad terrenal, como Herodes en el pasado, sino que aspiraban a riquezas mayores que solo se palpan en la vida eterna.☐

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