VI. 1er. mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas

¿Sabéis quién ama de veras a Dios? El que, llamado por Dios en cualquier momento del día, en medio de cualquier ocupación, está preparado.

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

En Atenas, entre los numerosos altares levantados a los dioses paganos, había un altar sencillo. No lo adornaba ninguna estatua de mármol; apenas le rendían culto; ninguno de los que paseaban se paraba delante de él para ofrecer sacrificios.

Y sin embargo, un día San Pablo, después de llevar en Atenas viviendo unos días, se paró delante de él… Leyó la inscripción que tenía grabada: «Al Dios desconocido», y no dejaba de pensar en qué acababa de contemplar: estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos (Hechos 17,16).

¡Cuántas aberraciones religiosas y morales! Por todas partes frivolidad, lujuria, desenfreno, idolatría: calles, casas y templos llenos de dioses esculpidos. Dioses mudos. Dioses libertinos. Dioses falsos, que no son dioses, sino ídolos. Sintió oprimírsele el corazón. Subió al Areópago, a donde los curiosos acudían a oír las últimas novedades.

Y los que le rodeaban, al ver que era extranjero, le dijeron: ¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Aprovechó entonces Pablo para hablar del Dios desconocido, de nuestro Señor Jesucristo.

«Ciudadanos atenienses…—les dijo—, al pasar, mirando yo las estatuas de vuestros dioses, he encontrado también un altar con esta inscripción: Al Dios desconocido. Pues ese Dios que vosotros adoráis sin conocerle es el que yo vengo a anunciaros» (Hechos 22,28). Y con gran ardor, anunció a todos los presentes al único y verdadero Dios.

También hoy necesitaríamos el celo ardiente de San Pablo, para poder predicar el Decálogo a un mundo que se ha olvidado de Dios, y que hace caso omiso de su primer Mandamiento: «Yo soy el Señor Dios tuyo… No tendrás otros dioses delante de mí» (Éxodo 20,2-3).

Nunca como hoy se ha perdido el respeto sagrado que se le debe a Dios. Y apenas nos preocupa que la gente no rinda culto al Dios verdadero, al Dios desconocido, y sin embargo, se incline sumisa ante los nuevos ídolos de la sociedad moderna

Consagraremos el presente capítulo y el siguiente a este pensamiento. El tema del presente capítulo será: ¿Cómo debería pesar el hombre respecto de Dios? El del siguiente: ¿Cómo piensa gran parte de los hombres respecto de Dios?

Yo soy el Señor Dios tuyo, dice Dios en el primer Mandamiento; y con esto se presentan las cuestiones:

  • ¿Cómo hemos de entender que Dios es nuestro Señor? ¿Cuáles han de ser las relaciones entre Dios y el hombre?
  • ¿Qué energías infunde el pensamiento de que Dios es nuestro Señor y Padre?

I

«Yo soy el Señor Dios tuyo.» La voz del Dios eterno resuena con fuerza en medio de los truenos del monte Sinaí.

¡Qué pequeños y débiles nos sentimos ante semejante anuncio! Antes de la creación, no había nada fuera de Dios. La majestad del Creador dio vida a este mundo con una sola palabra: fiat, «hágase». Mi nacimiento en esta tierra: la llegada de una diminuta hormiga a este globo terráqueo… Mi muerte: un grano de arena que se separa de esta tierra; y más allá, mi alma llamada a una vida eterna, mi alma, que salió de las manos de Dios y que a Dios vuelve.

Yo soy el Señor Dios tuyo. Oigo la voz Señor, y con todo mi corazón quiero acoger esta verdad esencial: «soy completamente de Dios». De aquí surgen dos consecuencias: 1º Amar a Dios; y  2º Vivir en Dios.
Amar a Dios. Amamos a Dios… ¡Qué fácilmente pronunciamos estas palabras! Pero atención, deben ser coherentes con nuestra vida.

Nuestra alma espiritual está cercada por nuestro cuerpo material. De ahí que queramos sentirlo todo, es decir, verlo, oírlo, palparlo; y lo que se escapa a nuestros sentidos no queda sino, a lo más, como concepto abstracto, oscuro, nebuloso en nuestra alma.

Por esto doy la voz de alerta. A Dios no le vemos, no le oímos, no le palpamos…, y, no obstante, hemos de quererle sobre todas las cosas. ¿Cómo es posible? ¿Cuándo puedo decir que amo a Dios sobre todas las cosas? ¿Quizá cuando al pensar en Él, siento un calor sobrenatural, una tierna emoción, una alegría mística, dándome la sensación de que Él inunda mi alma? De ninguna manera. Nuestro Señor Jesucristo lo enseña claramente: No todo aquel que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos (Mat 7,21).

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas, es la columna donde se apoya toda la ética cristiana. Pero ¿sabéis quién ama a Dios? ¿Sabéis lo que significa mi corazón, mi alma, mi inteligencia, mi fuerza? Significa al hombre total, significa la vida entera.

Y con ello llegamos al segundo postulado: saturar toda nuestra vida de Dios, llenarla del pensamiento del Dios que todo lo ve y está en todas partes. Estoy con Dios los domingos y los días laborables, estoy con Dios en la fábrica y en la tienda, en la oficina y en la escuela, estoy con Dios junto al escritorio, en el templo, en los lugares de diversión, estoy con Dios en la noche silenciosa. ¿Sabéis quién ama de veras a Dios? El que, llamado por Dios en cualquier momento del día, en medio de cualquier ocupación, está preparado. El que, llamado de cualquier parte para recibir la sagrada comunión, puede ir en seguida y no tiene que lavar antes su alma.

¡Somos de la raza de Dios! Podemos decirlo con tranquilidad. Hay en nosotros una chispa divina, un rayo de luz, una vena de Dios; y esta chispa desea volver al origen eterno de todo fuego; esta luz desea unirse con la fuente inagotable de toda claridad; este arroyo se dirige sin que le pueda detener, hacia el océano infinito de toda vida. El gran conocedor de las profundidades del corazón humano, SAN AGUSTÍN, escribe en sus Confesiones: Señor, nos hiciste para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti».

Sí. Señor mío, Tú eres nuestro Señor, Tú eres nuestro Dios.

II

De este hecho brota toda la fuerza que necesitamos para vivir. Porque si Dios es nuestro Señor, Él tiene derecho de mandarnos. Pero además tiene derecho de mandarnos sin condiciones. Si Dios es nuestro Señor, yo he de obedecer sin réplica, he de cumplir sin demora sus mandatos. Es otra consecuencia. Pero además, Dios es mi Padre celestial, en quien puedo confiar siempre, por muy oscuro que se ponga el panorama.

Sí; justamente porque algunos creen que la fe puesta en Dios sólo da intereses que se pagan en el otro mundo, quiero yo ahora subrayar que la fe puesta en Dios tiene una fuerza y una influencia incomparable para esta vida.

Recordemos aquella escena sublime del Evangelio: el Salvador, cansado de la jornada, sube a una barca con sus discípulos, al entrar la noche, el cielo está sereno, sin nubes, el lago está en calma. La barca se desliza suavemente, movida por los golpes rítmicos que dan los remos de los apóstoles, Jesucristo está cansado y se duerme. De repente se levanta una leve brisa, aparecen algunas nubes, la brisa se convierte en fuerte viento. Más tarde se desencadena la tempestad, crujen las cuadernas de la barca, las olas la envuelven, los apóstoles luchan, achican el agua, pero en vano. Por fin despiertan al Señor: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! (Mt 8,25). El Señor se despierta y les dice: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? (Mt 8,26).

¡Hombres de poca fe! Es todo cuanto el Señor dice cuando en torno nuestro se desata la más furiosa tempestad. ¡Hombres de poca fe! ¿Qué pensaría en esos momentos? Acaso reflexionaría en su interior: ¿Y estos hombres van a ser mis apóstoles? ¿A este Pedro enviaré yo a Roma, a este Santiago y a España; a este Andrés, a Tracia? ¿Serán éstos los que se arrojen voluntarios a las garras de las fieras?

Pues bien, para que quede bien grabado lo que significa estar con Cristo, lo que significa el que Dios esté con nosotros, seguid la escena. El Señor se levanta, se coloca en la proa de la barca, y manda al mar, y el mar tempestuoso se inclina vencido a los pies de Cristo, así como lo hace juguetón el perro de caza que ha corrido demasiado y vuelve al silbido de su dueño… Solo un momento, y el terso espejo del agua brilla de nuevo resplandeciente y en calma.

¿Habré de seguir explicando lo que significa: Yo soy el Señor Dios tuyo? ¿La fuerza que me comunica el sentir que Dios está conmigo? ¿La confianza y valentía que me infunde el Señor cuando en medio de la más recia tentación, me dice: ¿Por qué temes, hombre de poca fe? No te he dejado. ¡Estoy contigo! ¿Qué significa saber que en la tentación conmigo está el Señor? Bien lo sabían los primeros mártires de la fe cristiana, cuando sus cuerpos eran desgarrados por las fieras en el coliseo romano, ¿qué es lo que les daba fuerza? Conmigo está el Señor.

Hermano, tú, que en esta sociedad corrompida permaneces inquebrantablemente fiel a tu ser de cristiano, mientras en torno de ti muchos claudican, no titubees, persevera firme: Contigo está el Señor.

Hermano, tú que trabajas de obrero en una fábrica, en medio de compañeros que blasfeman y maldicen a Dios, no vaciles: Contigo está el Señor.

Demos un paso más.

Sabéis que un profeta del Antiguo Testamento deseó que cayera fuego sobre la pecadora Nínive. Y conocéis también la leyenda de Quo Vadis. Cuando San Pedro se desalentó al ver tanta maldad en la Roma pagana, quiso huir de la ciudad. Pero al salir de ella vio venir a su encuentro a Cristo todo ensangrentado, cargado con una pesada cruz. “Quo vadis, Domine?”, preguntó San Pedro con un grito de sorpresa. «¿Adónde vas, Señor?» «Voy a Roma, para que me crucifiquen por segunda vez.» No necesitó más, la lección fue clara, San Pedro volvió a la ciudad.

¡Cuántas veces el desaliento también nos detiene! A nosotros, los apóstoles, cuando tratamos de llevar a los demás a Jesucristo!¡Cuántas veces, llevados por la sensación de fracaso, nos entra unas ganas tremendas de decirle al Señor: «Señor, envía fuego, fuego de azufre a este horrible y depravado mundo.» Pero entonces nos acordamos de que «con nosotros está el Señor», el que manda a las olas y a los vientos. Nos acordamos de que con nosotros está Cristo. Sí…, ¡sí, con nosotros está Dios!

¿Te das cuenta ya lo que significa, que en medio de tentaciones, cuando la lucha arrecia, cuando la sequedad espiritual y el desánimo se quieren apoderar de nuestra alma, el saber que el Señor está conmigo?

¿Te das cuenta de lo que significa para un cristiano la muerte? Un día nos encontramos con el corazón oprimido junto a la tumba de un ser querido, y la tristeza nos embarga…

¡No, no hermanos! ¡Arriba los corazones! ¿Sabéis lo que significa el tener a Dios? Significa que tengo vida aun más allá de la tumba. Todo perecerá en torno de mí, todo caerá, todo se deshará en polvo, pero hay una vida eterna; si hay Dios, ¡tiene que haber una vida eterna!

Comunica este pensamiento al cristianismo una sublime dignidad y fuerza moral. Quítaselo, y ¿qué quedará? Un hermosa doctrina de amor, de paz, de suavidad; pero le falta el armazón que lo sostiene. Sin la resurrección, la religión cristiana no es sino sentimentalismo, pura poesía; pero no una vida en abundancia que comunica vigor moral para triunfar de las tentaciones.

Los hijos del mundo, los pecadores, si viven alegres, mueren desesperados. Los cristianos, en cambio: si viven con sufrimientos, mueren alegres y en paz. Y esto lo deben a la esperanza de la vida eterna. Allí donde no ayuda la ciencia, ni el arte, ni el médico, ni la farmacia, ni el abogado, ni los parientes, ni los amigos; allí, junto al lecho de la agonía; allí donde el dinero, la belleza y el poder, la fama y la honra, abandonan al moribundo; allí no hay otra cosa, no hay otro pensamiento que pueda confortar, sino éste: ¡Dios existe! Conmigo está el Señor.

Para el que ha tenido al Señor por Dios, la muerte no es el fin, sino el principio; no espanto, sino puerta por la cual ha de pasar. Después de la patria terrenal él espera la patria eterna; al prólogo le sigue el libro; al perecer terreno, el nacimiento a una vida mejor.

Hace poco nos enteramos de la espantosa catástrofe que sufrió, junto a las costas brasileñas, el trasatlántico italiano, el Principesa Mafalda. En una noche oscura, se abre una grieta en el buque, explota la caldera, y los mil doscientos pasajeros miran espantados la muerte que se acerca. El transatlántico se va hundiendo lentamente durante unas horas…; y cuando el pánico ya llega a su punto máximo, de repente rompe la oscuridad una luz: es el reflector del buque Formosa, que llega para prestar ayuda. Los náufragos suspiran aliviados. La mole del gran buque es engullida poco después por el mar oscuro, pero la mayor parte de los pasajeros han podido salvarse.

¿No sucede algo parecido con la vida humana? ¿No experimenta el moribundo durante horas el mismo pavor? Pero la esperanza cristiana brilla como una luz al final de nuestra vista. El cuerpo se muere y es enterrado, y el alma espera la resurrección si ha sabido vivir dignamente, acorde con el primer Mandamiento: Yo soy el Señor Dios tuyo.

***

En los Estados Unidos de América apenas hay familia que no tenga uno o dos autos por lo menos, Allí lo que cuesta no es comprar un auto, sino pararse con el auto en alguna parte. Porque es tan crecido el número de coches, que si se parasen todos a la vez en el centro de la ciudad no podría ya circularse por la calle. A cada paso se leen anuncios como éste: «No parking here», «Está prohibido pararse aquí». Para poder aparcar, muchas veces es menester dar unas cuantas vueltas por las calles adyacentes buscando un sitio vacío.

«No parking here». «Está prohibido pararse aquí». También lo dice sin cesar la Iglesia. Aunque tu vida parezca que va viento en popa, por mucho que disfrutes en una vida de lujo y de placeres, «No parking here», «está prohibido pararse aquí»; no descuides tu alma. ¡Cuidado! No sea que no disfrutes de la vida eterna, del Cielo que Dios tiene prometido a sus hijos.

«¡Entonces mejor es no saber nada de la vida y de la cultura moderna!»

No: no es esto lo que digo.

La cultura religiosa de la Edad Media prosperó a la sombra de las catedrales góticas; y entonces esto era lo normal. ¿Hemos de retroceder a la Edad Media? No. Nuestro deber es desarrollar una nueva cultura religiosa en este mundo que nos ha tocado vivir.

No hemos de ser pesimistas ni fatalistas. No podemos afirmar el ateísmo sea imparable, que nuestra época sea la peor de todas. Cuando Cristo dijo que estaría con nosotros «hasta la consumación de los siglos», esto lo dijo para todas las épocas, también para la nuestra.

Seamos hombres modernos, ¡enhorabuena!; aprovechémonos de los adelantos técnicos, de la ciencia, amemos el arte, todo esto está muy bien; pero nunca olvidemos una cosa: «no parking here»; no hemos llegado al término; nuestro dios no es la técnica, ni la ciencia, ni el arte, sino Dios. Tenemos que demostrar con nuestra conducta que somos a la vez hombres modernos y buenos católicos; que en nuestra vida los Mandamientos de Dios se compaginan con el progreso de este mundo; en una palabra: que amamos a Dios y que nuestra dignidad queda enaltecida porque nos ha dicho: Yo soy el Señor Dios tuyo


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