Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús
Dijo Nuestro Señor: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón». Y aunque era Señor de todos, estaba en medio de ellos como siervo. De todas partes acudían a él con confianza los desgraciados, porque sabían que nada le era tan familiar como la humildad, la mansedumbre y la caridad. Su ternura con los niños fue dulcísimo; su humildad y paciencia con los ignorantes, extrema; su constancia y generosidad con los caracteres difíciles, sorprendentes; su celo con los pecadores, ardentísimo; más bien maternal; su amor para los buenos, sin límites, y su humilde caridad para con todos era la Caridad de Dios.
Y aquella caridad, virtud esencial de su corazón, de tal manera arrastraba los corazones que, a pesar de los tiros de la envidia, todo el mundo corría tras él y corría de tal manera que con aquella humilde caridad de su Corazón triunfó en el triunfo del mundo entero.
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